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Bajo La Piel Del Látigo

Bajo La Piel Del Látigo

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.

​La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?

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capitulo 8

​La noche posterior a la fiesta de San Juan pesaba sobre los hombros de Máximo como una losa de granito. El eco del arpa y las risas del pueblo aún le zumbaban en los oídos, recordándole su caída literal y metafórica a los pies de Catrina. Incapaz de conciliar el sueño en el bochorno de su habitación, decidió caminar por los límites de la propiedad. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba alejarse de la mirada compasiva de su tía Elena.

​Caminó sin rumbo fijo, siguiendo el sendero que dividía "La Esperanza" de las tierras de "El Renacer". La luna, un tajo plateado en el cielo oscuro, iluminaba los potreros con una luz espectral. Máximo se detuvo frente a la cerca de Catrina, la misma que había saltado días atrás, y dejó escapar un suspiro cargado de amargura.

​De repente, un sonido metálico quebró el silencio del campo. Clac. Clac. El chasquido seco de unas cizallas cortando alambre de acero.

​Máximo se tensó. Se agachó instintivamente tras un matorral de espinos, con el corazón golpeándole el pecho. A unos veinte metros, tres sombras se movían con eficiencia quirúrgica. No eran peones trasnochados; vestían ropas oscuras y se comunicaban con señas breves. Estaban cortando sistemáticamente los postes de la cerca principal, el punto crítico que mantenía al ganado de exportación de Catrina lejos de los barrancos del norte.

​—Rápido —susurró uno de ellos. Máximo reconoció la voz: era el capataz de Don Elías, un hombre de mandíbula cuadrada y ojos vacíos al que había visto merodeando por el mercado—. Si las reses se desbandan hacia el risco, para el amanecer la "Jefa" no tendrá más que cueros y huesos que vender.

​Un destello de pánico recorrió a Máximo. Sabía que si ese ganado moría, la economía de Catrina recibiría un golpe devastador, justo lo que su tío necesitaba para asfixiarla. En ese momento, Máximo tuvo una fracción de segundo para elegir: correr a buscar ayuda —lo que tomaría al menos veinte minutos— o intervenir.

​No fue la nobleza lo que lo impulsó, sino un residuo de la rabia que sentía contra el mundo. Estaba harto de ser el espectador, el inútil, el "niño de cristal". Quería que algo, aunque fuera una sola vez, dependiera de su fuerza.

​—¡Hey! ¡Déjen eso ahora mismo! —gritó Máximo, saliendo de su escondite con los puños cerrados y la voz más firme de lo que se sentía.

​Las tres sombras se detuvieron. El capataz de Elías se giró lentamente, dejando colgar las cizallas. Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en su rostro bajo la luz lunar.

​—Vaya, vaya... pero si es el bailarín de la capital —dijo el hombre, haciendo una seña a sus secuaces para que lo rodearan—. ¿No te dolió suficiente el trasero ayer en la plaza, muchacho?

​Máximo no tuvo tiempo de responder. El primer golpe fue un impacto seco en el estómago que le robó todo el aire. Cayó de rodillas, con los pulmones ardiendo, mientras el sabor metálico de la sangre empezaba a inundar su boca. Antes de que pudiera recuperarse, una bota le golpeó el costado, lanzándolo contra los postes que ellos mismos habían derribado.

​A diferencia de las peleas en los clubes de la ciudad, donde siempre había alguien para separar o reglas implícitas de honor, esto era pura brutalidad rural. No buscaban noquearlo; buscaban quebrarlo.

​—Esto no es un juego de niños, principito —gruñó el capataz, sujetando a Máximo por el cabello y obligándolo a mirar cómo sus hombres seguían rompiendo la cerca—. Aquí la gente desaparece entre los surcos y nadie pregunta.

​Máximo, con un ojo empezando a hincharse y la visión borrosa, vio cómo una de las reses, asustada por el ruido, empezaba a acercarse al hueco de la cerca. El precipicio estaba a solo unos metros. Con un rugido de pura desesperación, Máximo lanzó un manotazo ciego que impactó en la nariz del capataz. Fue un golpe torpe, sin técnica, pero cargado de toda la frustración de sus días en el pueblo.

​El crujido del hueso rompiéndose fue seguido por un grito de rabia.

​—¡Ahora sí te mueres! —rugió el hombre, limpiándose la sangre de la cara.

​Lo que siguió fue un borrón de dolor. Máximo recibió una lluvia de patadas y golpes. Sentía el impacto del cuero contra sus costillas, el roce de la tierra y el alambre en su piel. Cada vez que intentaba levantarse, un nuevo golpe lo devolvía al suelo. Pero, en medio de la paliza, sus dedos se cerraron sobre una de las cizallas que habían dejado caer. Con sus últimas fuerzas, lanzó la herramienta hacia la oscuridad del potrero opuesto, esperando que el ruido asustara al ganado y lo alejara del hueco.

​—¡Lárguense! —gritó Máximo entre dientes, escupiendo sangre—. ¡Ya viene gente! ¡Vi las luces!

​Era mentira, pero el tono de su voz, cargado de una convicción suicida, hizo que los hombres vacilaran. Escucharon un ladrido lejano —los perros de Catrina que empezaban a detectar el disturbio— y el sonido de un motor a lo lejos.

​—Vámonos —ordenó el capataz, dándole una última patada en el hombro a Máximo—. Ya hicimos suficiente. El daño está hecho.

​Máximo se quedó solo en la oscuridad. El silencio regresó al campo, roto solo por su respiración entrecortada y el quejido de los postes de madera. Intentó moverse, pero un dolor punzante en el costado le advirtió que al menos una costilla había cedido. El mundo le daba vueltas. Se sentía pequeño, roto y ridículamente estúpido por haber enfrentado a tres profesionales con las manos vacías.

​"¿Qué estoy haciendo aquí?", pensó, cerrando los ojos mientras el frío de la noche empezaba a calar en sus heridas.

​De repente, el suelo vibró. Unos faros potentes rasgaron la penumbra, barriendo el potrero. La camioneta negra de Catrina frenó en seco a pocos metros, levantando una pared de polvo. Ella bajó del vehículo antes de que el motor terminara de apagarse, con la linterna en una mano y su pistola en la otra.

​Al ver la cerca cortada, soltó una maldición entre dientes. Pero al mover la luz de la linterna y encontrar el cuerpo ensangrentado de Máximo tirado entre el alambre de espino, se detuvo en seco.

​—¿Máximo? —su voz, siempre tan controlada, dejó escapar una nota de asombro.

​Ella se acercó corriendo. Se arrodilló a su lado, dejando el arma en el suelo. Sus manos, expertas en tratar con ganado herido y hombres rudos, tocaron con inesperada delicadeza el rostro de Máximo para evaluar los daños. El joven abrió el ojo sano y la miró. Sus gestos eran de puro agotamiento, pero había una chispa de triunfo en sus pupilas manchadas de sangre.

​—Eran... los hombres de tu tío —logró decir él, con la voz rota—. Querían desbandar al ganado hacia el risco.

​Catrina miró la cerca y luego miró hacia el fondo del potrero. Las reses estaban agrupadas lejos del peligro, nerviosas pero a salvo. Comprendió de inmediato lo que había pasado. Miró las manos de Máximo, llenas de cortes profundos por haber intentado sostener el alambre o defenderse de las cizallas.

​—Fuiste un idiota —susurró ella. Pero sus manos no se retiraron. Usó su propio pañuelo para limpiar la sangre que corría por la frente de él—. Pudo haberte matado, Máximo. Ninguna vaca vale tu vida.

​—Para ti sí —respondió él, intentando sonreír, aunque el gesto terminó en una mueca de dolor—. Dijiste que... el sudor es verdad. Supongo que la sangre también lo es.

​Catrina se quedó en silencio. Por primera vez, no había desprecio en sus ojos. Había algo nuevo, una confusión que la obligaba a verlo no como el estorbo de la ciudad, sino como alguien que acababa de sangrar por ella sin pedir nada a cambio.

​—No hables —ordenó ella, pasando un brazo por debajo de su espalda para ayudarlo a levantarse—. Vamos a mi casa. Mi médico personal llegará en diez minutos.

​—No quiero... ir a tu casa —protestó él débilmente, aunque su cuerpo no le obedecía.

​—No te estoy preguntando —replicó ella, recuperando su tono de autoridad, pero esta vez con un matiz de protección que lo envolvió como una manta—. Hoy salvaste lo mío. Ahora tú eres mi responsabilidad.

​Mientras ella lo ayudaba a subir a la camioneta, Máximo se desvaneció por el dolor, pero lo último que sintió fue el aroma de Catrina: una mezcla de pólvora, campo y una humanidad que ella intentaba ocultar al mundo. La paliza había sido real, la primera de su vida, pero mientras perdía la conciencia, Máximo supo que las cicatrices que le quedarían esa noche serían las primeras de las que se sentiría orgulloso. La sangre en los surcos no era solo suya; era el sello de un pacto que el destino acababa de firmar sin que ninguno de los dos pudiera evitarlo.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
Silvia Chena
ES BUENÍSIMA LA NOVELA
Lobelia ❣️
👍👏
Silvia Chena
Algún problema va a traer, esa mina
Lobelia ❣️
muy bueno 👍👍
Lobelia ❣️
☺️👍👍🥰
Lobelia ❣️
me gusta sigues 👍👍
Celina Espinoza
gracias por compartir tu historia 🥰
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