Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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La carga del silencio
El amanecer comenzó a teñir el cielo de la ciudad con un tono grisáceo, frío y neblinoso, un reflejo exacto de la desolación que imperaba dentro de la clínica privada. Las luces fluorescentes del pasillo del ala norte parpadeaban con un zumbido sordo e intermitente que alteraba los nervios de cualquiera.
En ese rincón apartado, lejos de la pulcritud de las salas de espera principales, Felipe caminaba de un lado a otro. El fiel abogado de la familia Villarreal se pasaba las manos por el rostro una y otra vez, intentando borrar el cansancio de una noche que parecía no tener fin. Su corbata italiana estaba floja, el cuello de su camisa arrugado y el sudor frío humedecía su frente. Tenía el teléfono pegado a la oreja, sosteniéndolo con una fuerza casi aferrada, como si de ese aparato dependiera la vida de todos.
—Por favor, Arturo, te lo suplico en nombre de la amistad que nos une desde la universidad. Tiene que haber una manera legal de hacerlo —rogaba Felipe, bajando la voz hasta convertirla en un susurro desesperado que reverberaba en las paredes—. Es una cuenta puente de emergencia, solo necesito que liberes un fondo mínimo para cubrir los gastos de la clínica médica de urgencia. No te estoy pidiendo que desbloquees los activos principales, solo lo suficiente para que no desconecten a Leonardo.
—Te lo dije hace una hora, Felipe, y de verdad me duele en el alma porque conozco a Leonardo Villarreal de toda la vida y sé que es un hombre intachable —respondió la voz apagada, monótona y temerosa del gerente bancario al otro lado de la línea—. Pero la orden del juez es absoluta e inmediata. Todas las cuentas, tanto las corporativas de la constructora como las cuentas personales de la familia, están bajo llave por la investigación activa de malversación de fondos y fraude fiscal. Si muevo un solo centavo para beneficiar a los Villarreal, los fiscales me acusarán de complicidad y me arrastrarán a una celda a mí también. Lo siento, mi hermano, pero mis manos están completamente atadas. No insistas más.
El frío pitido que anunció el fin de la llamada cayó sobre el abogado con el peso físico de una losa de concreto. Felipe guardó el teléfono en el bolsillo de su saco y se apoyó pesadamente contra la pared de azulejos, sintiendo que las rodillas le flaqueaban y que el aire le faltaba en los pulmones. Estaba completamente solo en medio del naufragio.
Minutos antes, el director del departamento de administración de la clínica se había comunicado directamente con él a su línea privada. En el hospital sabían perfectamente que Leonardo Villarreal era un titán de la industria, un hombre de la alta sociedad, pero en las esferas de la medicina prepagada el estatus no pagaba los medicamentos de alto costo, ni el respirador artificial de la unidad de cuidados intensivos, ni los exámenes de laboratorio que le realizaban de urgencia a Samanta tras su desmayo. Con una frialdad netamente corporativa, el administrador le había dado un ultimátum: si no se realizaba un depósito significativo antes de las diez de la mañana para cubrir el deducible y los gastos iniciales, se verían en la penosa obligación de trasladar a Leonardo a un hospital público general de la ciudad. Un movimiento que, dado su estado crítico y la inestabilidad de su corazón, equivalía a una sentencia de muerte firmada.
Felipe, movido por la profunda lealtad que sentía hacia su mentor y queriendo proteger a la familia en medio del caos simultáneo del infarto y el sorpresivo embarazo de Samanta, había aceptado esa carga en absoluto silencio. Había firmado una garantía personal en la recepción, comprometiendo sus propios ahorros de años para ganar algo de tiempo, pero al revisar sus estados financieros en la pantalla del celular se dio cuenta de la cruel realidad. Sus recursos, los ahorros de un abogado de clase media, eran una insignificante gota de agua en el océano de deudas y bloqueos que Gael Sotomayor había orquestado con una precisión calculada. Para el todo esto había sido obra de Gael.
La desesperación comenzó a mutar en un pánico ciego y paralizante. Las manecillas del reloj marchaban de forma implacable hacia el inicio del día laboral. A las ocho de la mañana en punto, los tribunales abrirían sus puertas, las órdenes de arresto que Gael había mencionado se harían efectivas y la desgracia de la familia Villarreal se convertiría en el alimento público de los buitres de la prensa de espectáculos y negocios. El imperio Villarreal estaba a punto de ser desmantelado y humillado ante los ojos del mundo entero, y él, el hombre de confianza de la casa, no tenía el poder ni el dinero para detener el golpe.