Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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Capitulo 1
La costumbre de fingir que todo está bien
La alarma sonó una vez. Luego dos.
Abrí los ojos de golpe y miré la hora.
—¡Las seis y media!
Me levanté apresurada de la cama. Tenía que llegar al trabajo y ya iba tarde. Me bañé lo más rápido que pude, me puse el uniforme, me peiné y salí corriendo para alcanzar el camión que me dejaba en la esquina del supermercado.
Cuando llegué, ahí estaba Cristal.
Mi supervisora.
Y si me preguntan, también una bruja.
Si no fuera por ella, trabajar en aquel lugar sería mucho más sencillo.
Apenas me vio entrar, cruzó los brazos y me miró de arriba abajo.
—Israel, entras a trabajar a las ocho y ya llegaste tarde. No quiero que vuelva a pasar. No me obligues a despedirte por impuntualidad.
Respiré hondo para no contestarle mal.
— señora cristal Solo fueron quince minutos. El camión tardó mucho en pasar.
—Y esos quince minutos hacen la diferencia —respondió con frialdad—. Además, no me digas señora. Dime señorita.
Antes de que pudiera responder, escuché una voz detrás de ella.
—Pues ya es señora, ¿no? Está casada.
Era Cristian
Uno de mis compañeros de trabajo.
Lo miré y no pude evitar sonreír.
Era alto, cerca de un metro ochenta. Tenía barba de candado y unos ojos extraños, entre verdes y cafés, una combinación rara pero bonita.
Cristal lo fulminó con la mirada.
—Eso no es asunto tuyo, Cristian.
Yo tuve que bajar la cabeza para que no notaran que me estaba aguantando la risa.
—No quiero excusas, Israel —continuó Cristal—. Mucha gente quisiera tener tu trabajo.
Pensé para mis adentros:
"¿Quién querría trabajar doce horas de pie, soportando reclamos todo el día, para ganar apenas dos mil quinientos pesos por quincena?"
Pero me limité a responder:
—Sí, supervisora.
Fui a mi casillero, dejé mi bolsa, mis llaves y mi cartera, que por cierto estaba casi vacía. Después salí a acomodar mercancía en los pasillos.
Nunca entendí a la gente.
Tomaban los productos, los revisaban y después los dejaban en cualquier lugar.
Era mi trabajo acomodarlos de nuevo, pero no por eso dejaba de ser agotador.
Mientras ordenaba los pañales, observé a una pareja comparar precios.
Buscaban los más baratos.
Por un momento pensé:
"¿Por qué tienen hijos si apenas les alcanza para mantenerlos?"
Después solté una risa irónica.
No era nadie para juzgar.
Yo misma había tomado decisiones peores.
Y fue entonces cuando recordé.
Recordé cómo había empezado todo.
Antes de este trabajo.
Antes de vivir sola.
Antes de que mi familia dejara de ser mi familia.
Volví mentalmente a cuando tenía diecisiete años.
Era 4 de marzo de 2017.
Un día después de mi cumpleaños.
Y también el día en que Emilio comenzó a convertirse en mi mejor amigo.
En ese entonces yo iba en primero de secundaria y Emilio en segundo.
Todo comenzó de la forma más inesperada.
Era la hora del receso y yo estaba en la tienda de la escuela comprando unos nachos. Cuando me di la vuelta para regresar con mis amigas, alguien chocó conmigo.
Por poco tiro toda mi comida.
—¡Oye, fíjate! —le reclamé mientras me volteaba, lista para pelear.
Pero cuando levanté la vista me encontré con un muchacho alto y delgado. Tenía el cabello entre café y rubio, y unos ojos cafés que parecían divertirse con todo.
—Discúlpame, niña —dijo sonriendo—. Hay mucha gente queriendo comprar.
Lo miré con molestia y me fui sin responder.
Mis amigas me estaban esperando en las bancas.
Tenía tres mejores amigas.
Alea era alta, delgada y muy bonita.
Sondra era bajita, un poco gordita y siempre estaba haciendo bromas.
Y luego estaba Elisa.
Mi mejor amiga.
O al menos eso creía en ese momento.
A ella le contaba todo lo que pasaba en mi casa, con mi familia y conmigo misma.
Me senté frente a ellas y empecé a comer mis nachos.
Entonces Alea sonrió de forma extraña.
—Asa...
Ese era mi apodo. Un juego de palabras con mi nombre.
—¿Qué haces hablando con Emi? —preguntó—. Es el pretendiente de Elisa, no se lo vayas a quitar.
Todas me miraron.
Yo me reí.
—¿Cómo que el pretendiente de Elisa? —pregunté volteando hacia ella—. Nunca me habías dicho eso.
—Pues no viste que me empujó —respondí antes de que alguien dijera otra cosa—. Solo le hablé por eso.
Elisa se encogió de hombros.
—Amiga, no quería sonar mala, pero tú no tienes teléfono. No podía contártelo.
Sondra soltó una carcajada.
—Además tenemos un grupo para las tareas.
Las tres se miraron entre ellas y comenzaron a reír.
Por un momento sentí algo extraño.
Como si me hubiera perdido de muchas conversaciones.
Pero decidí ignorarlo.
—No pasa nada —dije sonriendo—. Luego me cuentas. Solo pregunté.
Elisa me devolvió la sonrisa y seguimos comiendo.
Minutos después me invitó a acompañarla al baño.
Mientras caminábamos por uno de los pasillos de la escuela, se detuvo de repente.
—Te voy a contar algo, Asa.
—¿Qué pasó?
Bajó la mirada y sonrió.
—Me gusta Emilio.
La observé unos segundos y después sonreí.
—Qué bueno, Elisa.
—Lo quiero para mí —admitió riéndose—. Pero es mayor que yo. Primero tiene que conocerme.
La verdad era que Elisa era muy hermosa. Tenía todo para llamar la atención de cualquier muchacho.
—Tú puedes lograr lo que quieras —le dije.
Ella sonrió satisfecha y entró al baño.
Yo me quedé afuera esperando.
Me senté en una de las mesas cercanas y me solté el cabello. Lo tenía largo, casi hasta la cintura.
Estaba acomodándolo cuando sentí que alguien tocaba una de mis ondas.
Levanté la vista de inmediato.
Era Emilio.
Estaba acompañado por varios amigos.
—¿Qué haces aquí sola, niña? —preguntó sonriendo.
—Estoy esperando a mi amiga. Entró al baño.
Intenté ser amable, pero tampoco quería hablar demasiado con él.
No quería que Elisa malinterpretara las cosas.
Uno de sus amigos lo tomó del hombro.
—Vámonos.
Emilio se dejó llevar, pero antes de irse volvió a mirarme.
—¡Adiós, niña!
Se alejó riéndose con sus amigos.
Lo que yo no sabía era que Elisa había visto toda la escena.
Cuando salió del baño tenía una expresión seria.
—No quiero que le hables a Emilio.
La miré sorprendida.
—Está bien.
Y de verdad lo decía en serio.
Ella era mi amiga.
No tenía ninguna intención de acercarme a él.
Regresamos a las bancas y el receso terminó.
Los días siguieron pasando.
Yo evitaba a Emilio siempre que podía.
Pero parecía que él encontraba cualquier excusa para buscarme.
Y poco a poco las cosas comenzaron a cambiar.
Primero fueron pequeños detalles.
Después dejaron de buscarme para salir al receso.
Luego dejaron de contarme cosas.
Hasta que un día me di cuenta de que Alea, Sondra y Elisa se estaban alejando de mí.
Y yo todavía no entendía por qué.