La Joven Amante del Lycano
Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.
Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.
Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.
Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.
Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.
Es un lycano.
Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.
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El harén invisible
A la mañana siguiente, Sebastián se levantó temprano.
Todavía estaba oscuro. La luz ámbar de la lámpara de escritorio barely cortaba las sombras de la habitación insonorizada. Clara dormía profundamente, con el cabello enredado en la almohada y el lobo de plata descansando sobre su clavícula.
Sebastián se vistió en silencio. Se acercó a la cama, se inclinó y le dio un beso suave en la frente.
—Me voy, princesa —susurró, sabiendo que ella apenas lo escucharía entre sueños—. Te llamaré. Esta noche tengo algo para mostrarte.
Clara murmuró algo ininteligible, sonriendo en la penumbra.
—Esperaré tu llamada, Sebastián... —dijo suavemente, sin abrir los ojos.
Él sonrió. Salió de la habitación, cruzó por la zona ciega del muro que ya conocía como su propio territorio, su camino secreto, y subió nuevamente a su Mercedes.
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Pasó cerca de una panadería que acababa de abrir. Compró unos bollos dulces y dos cartones de leche, y condujo hacia el departamento de Sara.
Ciertamente, Sara era joven, apasionada y muy interesada. Así que le daría un fin de semana inolvidable. O al menos, inolvidable para ella.
Cuando Sebastián abrió la puerta con la llave que ella misma le había dado la noche anterior, Sara se estaba despertando. Lo vio ingresar con las bolsas de la panadería.
Se estiró en la cama, dejando que la sábana cayera lo justo para mostrar sus curvas. Lo miró y le lanzó una sonrisa de *ya caíste*. Estaba absolutamente convencida de que Sebastián había vuelto porque no podía vivir sin ella. Ahora corría de su parte engancharlo del todo.
Así que, mimosamente, se acercó a él, le rodeó el cuello con los brazos y le dijo:
—No tengo hambre. Lo que tengo es ganas de ti. ¿Puedo?
Sebastián le sonrió.
—Claro, Sara.
Y nuevamente fue conducido a la habitación.
Sara se esforzó aún más que la noche anterior. Tenía que demostrarle a Sebastián que ella era *la* mujer. La que le convenía. Joven, hermosa, apasionada. Podía darle todo lo que él necesitaba y que no encontraría en ninguna otra. Tenía que lograr captar su atención absoluta. Tenía que obtenerlo.
Sebastián, por su parte, sabía exactamente a lo que ella jugaba.
*Así que quieres captar mi atención*, pensaba él, mientras la observaba moverse sobre él con una dedicación casi atlética. *Quieres demostrarme que eres perfecta para mí. Pues aprovecharemos tu esfuerzo.*
Cuando terminaron, ya eran casi las cuatro de la tarde.
Habían sido largas horas de pasión en la cama, en la ducha, contra la pared de la cocina. Realmente Sara se estaba esforzando mucho por agradar a Sebastián. Él le había dicho que le gustaba la obediencia, y ella le estaba demostrando que era obediente. O al menos, que sabía fingirlo muy bien.
Agotada, con el cabello húmedo y la piel sonrosada, Sara lo miró desde las almohadas.
—Sebastián... ¿nos veremos más tarde? —preguntó con una voz melosa, fingida, pero altamente seductora.
Sebastián la miró. Terminó de abotonarse la camisa y, dándole una sonrisa depredadora, negó con la cabeza.
—No puedo. Tengo una reunión. Ya sabes, los negocios.
Sara disimuló su decepción, pero Sebastián ya estaba abriendo su billetera. Sacó ocho billetes de cien dólares y los dejó sobre la mesa de noche.
—Toma. Ochocientos dólares. Sé que no es mucho, y que tú me has dado demasiado, pero cómprate algo que te guste como obsequio. Aún no conozco mucho de tus gustos, esta relación ha avanzado demasiado rápido y me ha impedido conocer a la mujer que eres y lo que te agrada. Así que lo único que puedo darte ahora es dinero para que compres lo que quieras.
A Sara le brillaron los ojos.
¿Ochocientos dólares?
Ninguno de los hombres con los que antes se había relacionado le había dado tanto dinero, y solo por tener intimidad con ella durante un par de días.
Le sonrió, guardando los billetes en su bolso como si fueran un trofeo.
—Me compraré algo que me guste. Y mañana te espero, ya sabes... a la hora que quieras —dijo de forma coqueta.
Sebastián le mandó un beso volado.
—Claro que vendré, Sara.
Y se fue.
*Claro que vendré*, pensó mientras bajaba las escaleras. *Un entretenimiento tan bueno y satisfactorio no lo voy a perder así.*
Mientras tanto, arriba, Sara calculaba. *Ochocientos dólares solo por estar dos días juntos. Me haré millonaria a este paso. Si puedo conseguir su atención, ser la señora Blackwood no solo estará en mi mente, sino también en los papeles.* Sonrió depredadoramente, imaginando su futuro.
Sebastián salió a la calle, subió al Mercedes y rio en voz alta.
*Sara, Sara, Sara. Seguro que en este momento piensas que ya me has atrapado. Estás calculando la forma de convertirte en la señora Blackwood. Es una lástima que no pases de ser mi entretenimiento. Mi desfogue físico. Mi control contra el estrés.*
Puso el coche en marcha.
Pero no fue a un hotel. Fue a su penthouse en el centro de la ciudad.
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Al entrar, el olor a comida gourmet llenaba el aire.
Sebastián miró al chef que esperaba en la cocina.
—¿Preparaste lo que te dije?
—Sí, señor. Tal como usted lo solicitó.
—Excelente.
De repente, el timbre sonó.
Sebastián caminó hacia la puerta y la abrió.
Entró una mujer deslumbrante.
Era Taina. La estrella pop del momento. Hermosa, glamurosa, con un abrigo de piel sintética y unos lentes de sol oscuros que se quitó al cruzar el umbral. Su rostro estaba en las vallas publicitarias de toda la ciudad. Su música sonaba en cada radio.
—Sebastián —dijo ella, con una sonrisa que derretía estadios enteros—. Regresaste a la ciudad.
—Taina, mi reina.
Él la besó en la mejilla, tomándole el abrigo.
—Hice preparar lo que te gusta. Disculpa que no te lleve a un restaurante, pero sabes que pienso en tu carrera. Pienso en tu reputación. Los paparazzis te estarían persiguiendo, preguntando quién es el hombre con el que cenaste, y no te dejarían concentrarte. Además, siempre hay chismes malintencionados. Podrían decir que todo tu éxito se debe a que yo, de alguna forma, he pagado por él. Lo cual es mentira. Todo ha sido tu esfuerzo.
Taina lo miró, con los ojos brillantes de admiración.
—Sebastián... solo tú piensas en mí. Solo tú me proteges de verdad.
Sebastián le sonrió con ternura.
*Por supuesto que yo pagué por tu éxito*, pensó él. *Yo compré a tus productores. Yo financié tu primer disco. Yo amenacé a las disqueras para que te pusieran en la radio.*
Pero no lo dijo. Porque Taina necesitaba creer que era una estrella por mérito propio, y que él solo era el hombre que la amaba por su talento. Esa ilusión la hacía entregarse de una forma mucho más profunda.
Taina entró al comedor, miró la mesa servida.
—Sebastián, esto se ve delicioso, pero... —dijo, acercándose coquetamente, deslizando sus manos por el pecho de él—. No es la carne que quiero probar.
Sebastián la miró.
—Taina. Como siempre. Tan directa.
La cargó en sus brazos y la llevó a la habitación principal.
Le quitó lentamente el vestido de diseñador, disfrutando de cada centímetro de piel. Taina, la estrella pop del momento. Todos querían algo con ella. Los periodistas, los fans, los ejecutivos. Nadie lo había conseguido, excepto un par de productores con los que ella había tenido que involucrarse en sus inicios para poder ascender. El precio que exigía el éxito.
Pero Sebastián no. Sebastián no la había usado para lanzarla. Sebastián la había hecho *enamorarse* de él.
Taina era su entretenimiento pop. Su lujo privado.
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Cuando terminó con ella, Taina estaba rendida.
Dormida profundamente entre las sábanas de hilo egipcio, con el cabello rubio desparramado como un halo de ángel caído.
Sebastián se puso unos pantalones de vestir, sacó un cigarrillo de su estuche de plata y salió al balcón del penthouse.
Encendió el cigarrillo.
La ciudad brillaba a sus pies. Un tapiz de luces y tráfico, de millones de personas viviendo sus vidas pequeñas, predecibles y aburridas.
Exhaló el humo hacia el cielo nocturno.
Miró hacia adentro, a través del cristal, observando a la mujer más deseada del país durmiendo en su cama.
*Hermosa. Sexy. Exitosa.*
Sonrió, dando otra calada.
*Cuántos hombres quieren llevarte a su cama, Taina. Cuántos darían su fortuna, su alma, su vida entera por cinco minutos contigo.*
Se rio en voz baja. Una risa que se perdió en el viento de la altura.
*Pero solo tú vienes a la mía.*
Apoyó las manos en la barandilla de cristal.
Clara, la inocente, esperándolo en una jaula insonorizada bajo una escalera.
Sara, la ambiciosa, soñando con su apellido en un departamento modesto.
Taina, la estrella, durmiendo en su penthouse creyendo que él era su refugio.
Tres mujeres. Tres mundos distintos. Tres ilusiones perfectas.
Y él, en el centro de todas ellas. Intocado. Intocable.
El lobo no solo había entrado al gallinero.
El lobo era el dueño de la granja.
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭
Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀
Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺
Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.