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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

La llamada llegó un miércoles a las once de la mañana.

Emilia estaba en el taller B de la ANBA, lijando la base del fénix de cedro rojo, cuando el teléfono vibró tres veces seguidas. Lo ignoró — tenía las manos llenas de polvo y la lija de grano 400 por fin estaba sacando el brillo que quería. Vibró una cuarta vez. Quinta. Sexta.

Dejó la lija. Miró la pantalla. Seis llamadas perdidas de Tomás.

Tomás no llamaba seis veces. Tomás no llamaba dos veces. Tomás mandaba un mensaje y esperaba, con la paciencia de un hombre que sabía que el mundo tarde o temprano le contestaría. Si había llamado seis veces, algo estaba mal.

Devolvió la llamada. Tomás contestó al primer tono.

—Emilia. El abuelo está en el hospital.

La frase le cayó como agua fría.

—¿Qué pasó?

—Se desplomó en el estudio hace una hora. Lo trajeron a la Clínica Santa Isabel. Ven.

Tomás colgó. Emilia se quedó mirando el teléfono con el polvo de cedro todavía en los dedos. Después dejó las herramientas sobre la mesa — sin guardarlas en el estuche, sin cubrir el fénix con el paño de lino, sin apagar la lámpara — y salió del taller a paso rápido.

Sergio la llevó al hospital en diecisiete minutos. Diecisiete minutos en los que Emilia llamó a Tomás dos veces más (no contestó), llamó a Nicolás (buzón de voz), y se comió las uñas de la mano izquierda hasta que la piel le ardió. El abuelo Alberto tenía setenta y cuatro años y la salud de un roble — o eso había creído ella. Los robles también se caen.

---

La Clínica Santa Isabel olía a desinfectante y a café de máquina. Tomás la esperaba en el pasillo del tercer piso, junto a la puerta 312. Traje sin corbata, los puños de la camisa doblados, los ojos rojos.

Emilia se detuvo. Los ojos rojos de Tomás la asustaron más que las seis llamadas. Tomás Velasco no tenía los ojos rojos. Tomás Velasco procesaba las emociones detrás de una pared de hormigón y las archivaba en carpetas que nadie podía abrir.

—¿Qué tiene?

—Cáncer de hígado —dijo Tomás. La voz era firme pero el tono era nuevo — más bajo, más áspero, como si cada palabra le costara más de lo habitual—. Etapa avanzada. El oncólogo dice que tiene semanas.

—Semanas.

—No meses. Semanas.

Emilia se recargó contra la pared del pasillo. Las piernas le pesaban como si alguien les hubiera puesto cemento. Semanas. El hombre que la había sentado en sus rodillas para enseñarle a contar, que le había comprado su primera navaja de tallar, que jugaba ajedrez con Don Augusto en la finca mientras ella espiaba desde el pasillo — ese hombre tenía semanas.

—¿Puedo verlo?

Tomás asintió. Le puso la mano en el hombro — brevemente, como todo lo que hacía — y la guió a la habitación.

Don Alberto estaba en la cama, conectado a una vía intravenosa y a un monitor cardíaco que marcaba un ritmo lento y constante. Emilia lo miró y algo se le rompió adentro — no con ruido, no con drama, sino como se rompe un hilo de seda, en silencio y de forma irreparable. Porque el hombre en esa cama no era el patriarca que ella conocía. Don Alberto Velasco Montes, que medía un metro ochenta y tres, que tenía manos grandes con manchas de sol y una voz que llenaba habitaciones enteras, se había reducido. La bata del hospital le colgaba de los hombros, las manos sobre la sábana se veían más delgadas, y los ojos — los mismos ojos marrones que ella y Tomás habían heredado — estaban hundidos y opacos, como monedas en el fondo de un pozo.

—Abuelo.

Don Alberto abrió los ojos. La miró. Una sonrisa le cruzó la cara — lenta, débil, pero real.

—Mi niña. —La voz era un eco de lo que había sido—. ¿Cómo está mi talladora?

Emilia se sentó en la silla junto a la cama. Le tomó la mano. Los dedos del abuelo estaban fríos, y ella los apretó como si pudiera transferirle calor por la piel.

—Estoy aquí, abuelo.

—Estás aquí —repitió él, y cerró los ojos con la expresión de alguien que ha recibido lo que necesitaba.

Emilia no lloró. Se quedó sentada, con la mano del abuelo entre las suyas, mirando el monitor cardíaco subir y bajar con la regularidad de un metrónomo. El silencio del cuarto solo lo rompían los pitidos de la máquina y el sonido lejano de pasos en el pasillo.

Pasaron cuarenta minutos. Quizá más. Emilia había perdido la noción del tiempo cuando la puerta de la habitación se abrió y Sebastián entró.

No llevaba saco. La corbata estaba floja, los puños de la camisa doblados — como si se hubiera desvestido a medias en el camino. Emilia supo, sin necesidad de preguntar, que había salido de alguna junta sin avisar, que su teléfono tenía llamadas perdidas de ejecutivos y asistentes, que Ramón estaba en algún lugar reorganizando su agenda con la eficiencia de alguien que ya estaba acostumbrado a que Sebastián Mendoza cancelara el mundo cuando Emilia lo necesitaba.

No dijo nada. Caminó hasta ella, le puso una mano en la espalda — entre los omóplatos, firme, caliente — y se quedó de pie junto a la silla. El gesto no era un abrazo ni una caricia. Era un ancla.

Emilia levantó la mano libre y la puso sobre la de él. Sintió los nudillos duros debajo de sus dedos, el calor seco de su piel, la certeza de que mientras esa mano estuviera ahí, ella no se iba a desmoronar.

Don Alberto abrió los ojos. Miró a Sebastián. Y por un momento, la opacidad de sus ojos se aclaró — como si la presencia del joven le hubiera recordado algo importante.

—Sebastián.

—Don Alberto.

—Acércate, muchacho.

Sebastián se acercó. Se puso de rodillas junto a la cama — un gesto que Emilia nunca le había visto hacer, porque Sebastián Mendoza no se ponía de rodillas ante nadie. Ante nadie excepto un patriarca moribundo que le había confiado lo más valioso que tenía.

—Cuídala —dijo Don Alberto. La voz se le quebró en la segunda sílaba—. Prométemelo.

Sebastián lo miró. Los ojos de obsidiana — que Emilia ya sabía que no eran fríos, que debajo del hielo había tres años de transmisiones y doce días contados — se suavizaron con algo que solo ella podía ver.

—Se lo prometí el día que la conocí —dijo.

Don Alberto cerró los ojos. La mano que Emilia le sostenía se relajó un poco, como si esa respuesta le hubiera quitado un peso que cargaba desde hacía años.

Emilia miró a Sebastián. Él la miró a ella. Las lágrimas que ella había contenido desde que entró a la habitación se acumularon en el borde de los párpados, brillando bajo la luz de los tubos fluorescentes. No cayeron. Todavía no.

Sebastián le apretó la mano. Una vez. Firme. Suficiente.

---

En el pasillo, Tomás hablaba por teléfono con Nicolás. La conversación era breve y entrecortada — Nicolás estaba en Monterrey grabando un programa y no podía tomar un vuelo hasta la noche. Emilia lo escuchó desde la puerta de la habitación y le pareció oír, por primera vez en su vida, la voz de Nicolás sin humor.

—Voy a pasar la noche aquí —le dijo a Tomás cuando colgó.

—Yo también.

Emilia lo miró. Tomás tenía los hombros rectos como siempre, la mandíbula firme, los ojos secos — pero los ojos rojos de antes seguían ahí, debajo de la compostura, como una grieta en una pared que alguien ha pintado para disimular.

Lo abrazó. Fue un impulso — le rodeó la cintura con los brazos y apretó la cara contra su pecho. Tomás se quedó rígido un segundo. Después le puso las manos en la espalda y la apretó contra él, y Emilia sintió que el pecho de su hermano se inflaba con una respiración profunda, temblorosa, como si estuviera conteniendo algo que no podía dejar salir.

—Va a estar bien —dijo Emilia, y supo que era mentira, y supo que Tomás también lo sabía.

Tomás no corrigió la mentira. Le besó la coronilla — un gesto tan poco suyo que a Emilia se le apretó la garganta — y la soltó.

Sebastián apareció en el pasillo con dos cafés en vasos de unicel. Le dio uno a Tomás, otro a Emilia. Se quedó de pie junto a ella, en silencio, como una columna que sostiene un techo que está a punto de caerse.

La noche cayó sobre la Clínica Santa Isabel. Los fluorescentes del pasillo zumbaban con un tono bajo y constante. En la habitación 312, Don Alberto dormía conectado a máquinas que medían lo que le quedaba de vida. Y en la sala de espera del tercer piso, Emilia Velasco se quedó dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Sebastián Mendoza, con el sabor del café frío en los labios y la certeza de que el mundo que conocía estaba a punto de cambiar.

Al otro lado del pasillo, Tomás los observó un momento. Después bajó la vista al suelo, se apretó el puente de la nariz con dos dedos y cerró los ojos.

Semanas, había dicho el oncólogo. No meses. Semanas.

1
Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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