En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
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PRÓLOGO 2000 AÑOS DE PAZ
[MAPA DEL MUNDO VALORIA]
Aelion
Dos mil años de una paz intacta pueden ser una bendición para el mundo de Valoria, pero para un heredero al trono, es una eternidad llena de expectativas.
Desde la gran cumbre donde los cuatro dominios firmaron la Concordia de las Eras, el continente de Valoria no ha conocido la sangre de la guerra.
Mi madre, es la Reina Elora, gobernante de Aethelgard, un deslumbrante reino que es el corazón del mundo, lleno de torres de piedra marfil e inmensos árboles ancestrales de más de 10.000 años, siempre ha dicho que la armonía es nuestro regalo divino.
Al norte, tras las vertiginosas fortalezas de montaña, el rey Vaelen de Oakhaven gobierna a los clanes cambiaformas con puño firme pero justo.
Al este, envuelto en las nieblas del Gran Río de Plata, el rey Zephyr de Glowfall sostiene el Dominio de las Hadas en un páramo místico y próspero.
Y al sur, en las fértiles Comarcas del Valle, los reinos humanos floran en la sencillez de su corta existencia, comerciando bajo la protección de nuestro dosel.
El continente es un tapiz de paz, prosperidad y magnificencia. Un mundo perfecto.
Y sin embargo, en medio de tanta grandeza, mi mayor campo de batalla no se encuentra en las fronteras ni en las sombras de los bosque. Está dentro del palacio. Específicamente, en las cámaras reales de mi madre.
Tengo doscientos años de edad. En la longevidad de mi estirpe —donde un elfo puede sobrepasar fácilmente el milenio— soy apenas un hombre en la plenitud de su juventud. Mis manos dominan la magia de la naturaleza con la soltura de quien hace brotar la vida del suelo con un solo soplo, y mis flechas jamás han errado el blanco en el Coto Real. Soy fuerte, poderoso, un guerrero y un sanador innato. Pero para la Reina Elora, nada de eso importa demasiado si no hay una pareja a mi lado.
Durante el último siglo —cien largos, incesantes y agotadores años— mi madre me ha presionado con una constancia implacable para que tome una consorte y le dé herederos a Aethelgard.
—Tienes doscientos años, Aelion —me repite casi cada vez que me ve con esa voz serena pero capaz de doblegar a un ejército, mientras ajusta los bordados de plata en su túnica—. Eres un príncipe en la cima de su fuerza. Las casas nobles suspiran por tu nombre y tu deber es perpetuar la linaje puro de este reino.
Cada fiesta en la corte, cada banquete de la cosecha, es una trampa meticulosamente planeada. Mi madre llena los salones de damas nobles, pulcras y aristócratas, esperando que alguna despierte en mí el fuego que jamás le he concedido a ninguna.
No comprenden que mi espíritu no encuentra calma entre los murmullos de la corte, los encajes finos o las sonrisas ensayadas. Jamás he tocado a una mujer de esa manera. He guardado mi cuerpo y mi esencia, insensible ante la seducción fácil, esperando algo que ni yo mismo sabría cómo nombrar.
Incluso la princesa Isolda, quien vaga por los pasillos del palacio mirándome como si yo fuera un trofeo que la corona le debe por derecho. Ella, al igual que mi madre, cree que mi destino es una cuestión de estatus y protocolo.
Pero esta mañana, el peso de las insinuaciones de la corte es más sofocante que de costumbre.
Hoy no me vestiré de príncipe para complacer a las damas de la corte. Hoy prepararé mi arco, ajustaré las cuerdas de mi carcaj y me adentraré en el bosque salvaje para cazar. No por el vano deporte, sino para llevar carne fresca y alimento al centro medicinal de la frontera y a las familias humildes que sobreviven en las periferias.
El mundo lleva dos milenios en paz, pero mi propia tormenta está a punto de comenzar.
Y no tengo la menor idea de que el destino, tan esquivo durante dos siglos, me aguarda oculto en la penumbra del bosque.