Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 3: La Llegada a la Mansión y la Tentación del Pasillo
El trayecto hacia la mansión Valenti transcurrió en un silencio impregnado de una electricidad casi tangible. En el asiento trasero del limusina blindada, Elena observaba de reojo la figura impecable de Dante. Con la chaqueta del traje abierta y la corbata ligeramente desajustada, el magnate proyectaba un aire de virilidad peligrosa y sofisticación instintiva.
Apenas las enormes rejas de hierro forjado de la propiedad se abrieron para darles paso, Elena comprendió la magnitud del mundo en el que acababa de adentrarse. La mansión era un palacio de arquitectura neoclásica rodeado de jardines impecables.
Al descender del vehículo, Dante le ofreció el brazo. Elena no dudó en sujetarse de él. La firmeza del bíceps de Dante bajo la fina tela de su saco transmitía una fuerza descomunal, reconfortante y alarmante a la vez.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Elena —dijo él, guíandola hacia el gran vestíbulo de mármol blanco.
En la cúspide de la escalinata principal, una amigable ama de llaves madura esperaba con el pequeño Leo en brazos. Al ver a Elena, el bebé emitió un alegre balbuceo y extendió sus diminutos brazos hacia ella con una familiaridad sorprendente.
—Parece que mi hijo ya te ha elegido —comentó Dante, con un matiz de calidez suavizando la dureza de su rostro esculpido.
Elena sonrió, sintiendo que la coraza de frialdad que había construido para su venganza se derretía por un segundo. Se acercó y tomó con suma delicadeza al pequeño. Leo recostó su cabeza redondeada contra el escote de Elena, soltando un suspiro de absoluta satisfacción mientras sus manitas se aferraban a la tela de su vestido.
—Tiene un instinto excelente para reconocer a las personas reales —respondió Elena, acariciando la suave mejilla del bebé mientras le dedicaba una mirada cargada de ternura.
Dante no despegó la vista de la escena. Observó cómo las curvas voluptuosas del cuerpo de Elena acunaban la fragilidad de su hijo con una gracia maternal tan natural que le aceleró el pulso. Una posesividad primitiva se instaló en su pecho: esa mujer no solo era inteligente y desafiante; poseía una sensualidad envolvente y generosa que amenazaba con derrumbar el control implacable que él siempre había mantenido.
A altas horas de la noche, el silencio reinaba en la residencia.
Elena, incapaz de conciliar el sueño debido al torbellino de emociones y recuerdos de su vida pasada, decidió bajar a la cocina a buscar un vaso de agua. Llevaba puesto un camisón de seda en tono marfil que se amoldaba con suavidad a sus formas. La tela caía marcando la plenitud de sus pechos, la línea acentuada de su cintura y la prominencia redonda de sus caderas, dejando sus hombros y piernas al descubierto.
Al subir de regreso por el pasillo del segundo piso, una sombra alta la aguardaba cerca de la puerta de su habitación.
Dante estaba apoyado contra el marco de madera, vistiendo únicamente unos pantalones de vestir negros sin abotonar del todo y una camisa blanca completamente desabrochada que dejaba al descubierto su torso colosal. Elena contuvo el aliento: el pecho de Dante era un mapa de músculos firmes, marcados y esculpidos con la perfección de una estatua clásica, descendiendo hacia un abdomen definido que desaparecía bajo la línea de su cintura.
—Tampoco puedes dormir —no fue una pregunta. La voz de Dante resonó grave, ronca y baja en la penumbra del pasillo.
—Hay demasiadas cosas en mi cabeza —admitió Elena, dando un paso cauteloso hacia él. El aire entre los dos se volvió denso al instante.
Dante se erguió lentamente, acortando la distancia que los separaba hasta que el calor emanado por su cuerpo envolvió a Elena por completo. Sus ojos grises, fijos en los labios de ella, descendieron por el pronunciado escote del camisón, deteniéndose en la forma en que la seda marcaba sus curvas.
—Tu cuerpo es una tentación constante, Elena —murmuró Dante, dando un paso más. Su mano grande y tibia subió por la cintura de ella, amoldándose a la marcada curvatura de su cadera con una presión deliberada que le arrancó a Elena un suspiro entrecortado—. Tienes una belleza arrolladora. No entiendo cómo ese idiota no supo valorar lo que tenía.
Elena sintió una corriente de fuego líquido recorrerle las venas. La cercanía del cuerpo musculoso de Dante, el contacto firme de sus dedos sobre su piel y la devoción con la que la miraba encendieron un deseo que nunca antes había experimentado.
—Él solo buscaba mi dinero —respondió ella en un susurro, alzando el rostro hacia la boca de Dante—. Tú y yo tenemos un contrato, Dante.
—El contrato no decía nada sobre esto —replicó él, bajando la cabeza hasta que sus labios casi rozaron los de Elena. Su aliento cálido le erizó la piel del cuello—. No decía nada sobre el deseo voraz que me provoca cada centímetro de tu piel desde el momento en que entraste a mi oficina.
Dante deslizó la mano desde la cadera de Elena hasta la parte posterior de su cuello, enredando sus dedos en su abundante cabello castaño. La atrajo con una firmeza magnética, pegando el pecho desnudo de él contra los pechos erguidos de ella. La sensación de su virilidad e imponencia la hizo estremecer de placer.
—Dante... —balbuceó Elena, entre la provocación y el freno.
—Dime que me detenga ahora, Elena —le exigió él contra sus labios, su voz rasposa cargada de un deseo puro y dominante—. Dime que cierre esta puerta y me vaya, porque si no lo haces, voy a reclamar cada curva de tu cuerpo esta misma noche.
Elena sostuvo la mirada ardiente del hombre frente a ella. La vulnerabilidad había quedado atrás; en los ojos de Dante no había engaño, solo una pasión honesta, salvaje y devota que ansiaba consumirla.
En lugar de responder con palabras, Elena alzó los brazos y enredó sus manos en los hombros anchos y firmes de Dante, tirando de él hacia abajo para unir sus labios en un beso hambriento y febril.