Sin spoyler
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LA FALSA ACUSASION
La semana transcurría con relativa tranquilidad en Corporación Vértice.
Después de los últimos acontecimientos, Adrián había vuelto a concentrarse completamente en su trabajo.
Sofía, por su parte, seguía desempeñando sus labores con la misma dedicación de siempre.
Lo que ninguno de los dos sabía era que Valeria ya había puesto en marcha un nuevo plan.
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Esa mañana, Adrián salió de una reunión con varios inversionistas extranjeros.
Vestía un impecable traje negro y, como siempre, llevaba en la muñeca izquierda su reloj favorito.
Un elegante Rolex Datejust negro, con bisel engastado con diamantes, un regalo que su padre le había hecho el día que fue nombrado vicepresidente de la empresa.
Nunca se lo quitaba.
Era uno de los pocos objetos con verdadero valor sentimental para él.
Mientras caminaba por el pasillo principal, Sofía apareció con una carpeta.
—Buenos días, Adrián.
Él levantó la vista.
—Buenos días, Sofía.
Ella le entregó unos documentos.
—Necesitan su firma.
—Gracias.
Firmó rápidamente y le devolvió la carpeta.
Sofía sonrió.
—Que tenga un buen día.
—Igualmente.
Ambos siguieron caminos distintos.
Desde el otro extremo del pasillo...
Valeria observaba la escena escondida detrás de una columna.
Sus labios dibujaron una sonrisa.
—Perfecto...
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Al mediodía, varios directivos y empleados se reunieron en el gran comedor ejecutivo.
El presidente también estaba presente.
La conversación era tranquila.
Hasta que Valeria apareció inesperadamente.
Vestía de manera elegante, como si perteneciera a la empresa.
Se acercó con una expresión de preocupación.
—¡Adrián!
Todos voltearon.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué hace aquí?
Ella ignoró la pregunta.
Miró directamente su muñeca.
—¿Dónde está tu reloj?
Adrián bajó la vista.
Su muñeca estaba vacía.
Por primera vez en muchos años...
No llevaba puesto el Rolex.
Frunció el ceño.
—Qué extraño...
No recordaba habérselo quitado.
Valeria llevó una mano a su pecho.
—¡Lo sabía!
El comedor quedó en silencio.
—¿Qué ocurre? —preguntó el presidente.
Valeria respiró hondo.
—Vi quién lo tomó.
Las conversaciones cesaron por completo.
Todos comenzaron a mirarse entre sí.
Adrián permaneció tranquilo.
—¿Quién?
Valeria respondió sin dudar.
—Sofía.
Los empleados quedaron completamente sorprendidos.
—¿Qué?
—¿Sofía?
—Eso no puede ser...
En ese instante, Sofía entró al comedor llevando unos documentos.
Al notar el silencio, se detuvo.
—¿Sucede algo?
Valeria la señaló.
—¡Ella!
Sofía la miró confundida.
—¿Yo?
—Te vi guardar el reloj de Adrián.
Los presentes comenzaron a murmurar.
Sofía abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—No mientas.
Lo tomaste cuando hablaste con él esta mañana.
Sofía negó inmediatamente.
—¡Eso no es cierto!
Valeria cruzó los brazos.
—Entonces demuéstralo.
Enséñales tus bolsillos.
Sofía sintió un nudo en el estómago.
Nunca en su vida alguien la había acusado de robar.
Con calma, vació los bolsillos de su saco.
Solo había un bolígrafo.
Un paquete de pañuelos.
Y unas llaves.
—¿Ve?
Valeria sonrió.
—Entonces revisemos tu bolso.
Varios empleados comenzaron a ponerse nerviosos.
El presidente observaba todo en silencio.
Sofía respiró profundamente.
—No tengo nada que ocultar.
Colocó su bolso sobre una mesa.
Lo abrió completamente.
Había una libreta.
Una botella de agua.
Su cartera.
Un estuche con lápices.
Nada más.
Valeria frunció el ceño.
No era posible.
Estaba completamente segura de que aquel momento terminaría con Sofía siendo descubierta.
Pero el reloj no estaba.
Adrián dio un paso al frente.
—Es suficiente.
Su voz era firme.
Miró a Sofía.
—Lamento que hayas tenido que pasar por esto.
Ella intentó sonreír.
—No pasa nada...
Aunque era evidente que la acusación la había herido.
Entonces Adrián volvió la mirada hacia Valeria.
—¿En qué basas esa acusación?
—Yo... la vi.
—¿Cuándo?
—Hace unas horas.
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
Después levantó lentamente la manga de su saco.
Todos observaron su muñeca.
Allí estaba el Rolex negro.
Perfectamente colocado.
El comedor entero quedó inmóvil.
Valeria abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué...?
Era imposible.
Ella estaba convencida de que el reloj ya no estaba.
Adrián giró ligeramente la muñeca.
—¿Te refieres a este reloj?
Nadie dijo una palabra.
Valeria dio un paso hacia atrás.
—Pero... yo...
Adrián la interrumpió.
—Hace unos minutos me lo quité para lavarme las manos y lo dejé sobre el escritorio de mi oficina. Después volví a colocármelo antes de venir aquí.
El silencio era absoluto.
Los empleados comenzaron a intercambiar miradas.
Algunos comprendieron de inmediato lo que acababa de ocurrir.
Valeria había acusado a una compañera sin tener una prueba.
El presidente habló con serenidad.
—Señorita Valeria.
Ella levantó la vista lentamente.
—En esta empresa las acusaciones son algo muy serio.
Ella intentó justificarse.
—Yo pensé que...
—Pensó mal.
La voz del presidente fue firme.
—Y estuvo a punto de dañar la reputación de una empleada inocente.
Valeria bajó la mirada.
Por primera vez desde que había llegado...
No encontró palabras.
Adrián caminó hasta Sofía.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí...
Aunque sus ojos reflejaban la tristeza del momento.
Él habló delante de todos.
—Conozco el trabajo de Sofía desde hace meses. Nunca ha dado motivos para desconfiar de ella.
Después miró nuevamente a Valeria.
—No volveré a permitir que hagas acusaciones sin pruebas contra alguien de esta empresa.
El ambiente seguía siendo tenso.
Valeria comprendió que su plan había fracasado por completo.
Había intentado hacer pasar a Sofía por una ladrona.
Y lo único que había conseguido era que todos vieran la injusticia de su acusación.
Mientras abandonaba el comedor, sintió decenas de miradas sobre ella.
Algunas de sorpresa.
Otras de desaprobación.
Y una, en particular, le dolió más que cualquier otra.
La de Adrián.
No había rabia.
No había tristeza.
Solo una profunda decepción.