Jared es el alfa de uno de los clanes de lobos más poderosos del norte. Frío, dominante y fiel a las leyes de la manada, jamás permitiría que el clan rival jugara con su honor… hasta que secuestran a su hermano.
Marlene es la hija olvidada de ese mismo clan. Rechazada desde su nacimiento, nunca ha pertenecido realmente a ningún lugar.
Cuando Jared la toma como rehén para forzar un intercambio, cree tener el control de la situación.
Lo que no espera es que ella no le tema.
Ni que despierte algo que jamás debió sentir por una enemiga.
Entre clanes enfrentados, secretos, lealtades y deseo, descubrirán que algunas guerras no se ganan con colmillos… sino con el corazón.
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Rumores que pesan más que cadenas
podías contradecirle porque de hacer la acción prohibida podían atacarte o desterrarte según lo vieran conveniente. Era eso lo que buscaba y yo lo sabía... En ocasiones me había planteado si no era mejor intentar que me desterrasen o morir en el intento que pasarme el resto de mis días encerrada allí sin amor, pero no tenía dónde ir y para estar sola de todas formas...
Ese pensamiento me perseguía como una sombra constante. A veces imaginaba cómo sería cruzar la frontera de la manada sin mirar atrás, sin el peso de un apellido que nunca me había pertenecido del todo. Pero la realidad siempre era más cruel que mis fantasías: no tenía dinero, no conocía otros territorios y mi nombre estaba manchado antes incluso de que yo aprendiera a defenderme.
Así que caminaba por los pasillos con la cabeza baja, fingiendo que no me importaban las miradas ni los susurros. Fingir se había convertido en mi mejor habilidad.
Que nadie te hablase no hacía, evidentemente, que una no pudiese escuchar.
Aprendí a identificar voces, tonos y risas apagadas. Sabía cuándo alguien mencionaba mi nombre sin necesidad de oírlo completo. Sabía cuándo los comentarios iban cargados de burla o lástima. Ambas cosas dolían igual.
La gente hablaba de un rumor que me pareció sorprendente no conocer de primera mano, quizá ni siquiera la implicada era consciente. Magda iba a ser casada con un primo lejano de otra manada; Mi padre quería asegurarse de tener aliados fuera de la estepa Rusia por si volvía a pasar algo como lo del secuestro. Imaginé que tener que ceder no era algo que le hubiese hecho demasiada gracia conociendo su carácter oscuro.
Magda siempre había sido el orgullo de la familia. Bonita, obediente, perfecta para los estándares de mi padre. Aun así, incluso ella iba a ser usada como moneda de cambio. Aquello me hizo comprender que, en esta casa, nadie era realmente libre.
Me pregunté si Magda estaría llorando en silencio en su habitación o si ya habría aceptado su destino con esa serenidad fría que parecía heredada de Patrick.
Me reí para mí misma provocando que un grupo de chicas algo más pequeñas que yo me mirasen pensando que estaba loca, quizá lo estaba. Mis pensamientos habían divagado a una realidad tonta pero cierta: Si mi padre hubiera podido casarme con un primo lejano o algo así lo habría hecho, pero él mismo me había dado tan mala fama rechazándome que nadie quería involucrarme en su estatus.
Tal vez eso me había salvado sin que él lo notara.
¿Era eso bueno para mí? Si teníamos en cuenta que no debía casarme con alguien a quien ni conocía ni quería probablemente sí; Pero tampoco era lo mejor del mundo si barajábamos que nadie se atrevía a pasar de una amistad conmigo, excepto Jared...
Ese nombre se coló en mi mente con una facilidad que me molestó. Intenté apartarlo, concentrarme en el ruido del patio, en el crujido de la grava bajo mis botas, en el cielo gris que parecía aplastarnos a todos por igual.
Me perdí recordando su tibia piel sobre mí y su suave movimiento de embestidas dentro de mi ser. Por un momento, al darse cuenta de que era virgen, lo vi dudar y tuve miedo de que parase. Necesitaba sentirme deseada y él lo había cumplido a la perfección aquella noche.
Pero después de eso, todo había vuelto a su sitio como si nada hubiese ocurrido.
“Aquella noche” resonó en mi cabeza con fuerza gritándome que por la mañana ni siquiera había dicho algo reseñable hacia mí. No era por miedo y eso, quizá, era lo que más me decepcionaba. Jared no podía tenerle ni el menor temor a mi padre porque era más fuerte que él y con un clan casi igual al suyo, pero entendía que no iba a enamorarse de alguien como yo y mucho menos en dos días que nos conocíamos.
Apreté los labios, sintiéndome absurda por haber esperado algo más. Aquí nadie regalaba promesas, y yo era la última persona a la que alguien elegiría.
¿Qué hubiera pasado si mi madre hubiera sobrevivido al parto? ¿Cuánto hubiera cambiado mi vida? ¿Sería una chica de veintitantos normal con posibilidad de salir con chicos y cenar en familia? Esas preguntas se agolpaban en mi cabeza con anhelos que jamás tendría cada dos por tres haciéndome sentir pena y frustración.
Imaginé una casa cálida, risas en la mesa, una madre peinándome antes de dormir. Escenarios que solo existían en mi mente.
Recogí los lienzos que alguien, probablemente Georgi aunque nunca lo sabría, había dejado en la puerta de mi habitación. Una vez dije en un grupito, que se dignó a hablar conmigo, que me gustaba dibujar y desde entonces aparecían materiales en mi habitación sin remitente que alegraban mis noches. Yo pasaba, normalmente, la noche en vela y tenía una sencilla razón: Si cuando todos dormían yo hacía “mis cosas” casi parecía que era yo la que decidía no estar con ellos al día siguiente por dormir. ¡Qué absurdez!
Me senté en el borde de la cama, respiré hondo y preparé los pinceles. Dibujar era el único lugar donde mi mente descansaba.
Dibujé casi sin darme cuenta los inicios de un rostro de mandíbula cuadrada, ojos negros profundos y nariz griega que sabía a quién representaba aunque no lo diría en alto: Jared...