Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 14
El silencio que siguió al estruendo del hangar era mucho más aterrador que los gritos de Marcus o el llanto de Lucía. Era un silencio denso, aceitoso, que se te pegaba a la piel como el sudor después de una pesadilla. Mis manos, aún apoyadas en el pomo de la puerta de mi suite, estaban manchadas de esa sustancia roja y espesa que goteaba desde la madera blanca. No necesitaba olerla para saber que era sangre, pero el aroma ferroso golpeó mi pituitaria con la fuerza de un mazo.
—Elena, no entres —susurró Lucía detrás de mí, su voz apenas un hilo de aire.
Pero ya era tarde para las advertencias. El capítulo once de esta pesadilla acababa de empezar y la curiosidad, o quizás el fatalismo, tiró de mis músculos. Empujé la puerta.
La habitación estaba sumida en una penumbra azulada, la misma luz de los servidores que había visto en el sótano. El rastro de sangre cruzaba la alfombra de seda color crema, trazando una línea errática que subía por las sábanas de mil hilos y se perdía tras la almohada. Mi corazón golpeaba mis costillas como un pájaro enjaulado. Me acerqué, paso a paso, sintiendo que el suelo bajo mis pies se volvía líquido.
Sobre la cama no había un cadáver. Había algo peor.
Era un busto de cera, una reproducción exacta de mi propia cabeza, con los ojos abiertos y vidriosos, fijados en el techo. De su cuello brotaba el líquido rojo, alimentado por una pequeña bomba oculta que hacía que el "rastro" pareciera fresco. Junto a la cabeza de cera, descansaba un teléfono satelital de aspecto robusto y militar. Tenía un mensaje en la pantalla, brillando con una luz blanca que hería la vista: "Sin escape. El diálogo ha terminado".
—Es una ejecución simbólica —dijo Marcus desde el umbral, su voz recuperando esa frialdad pragmática que usaba para cerrar tratos corporativos, aunque sus pupilas seguían dilatadas por el pánico—. Nos está diciendo que, para él, ya estamos muertos.
Me giré hacia ellos. Lucía se tapaba la boca con ambas manos, temblando. Marcus evitaba mirar el busto sobre mi cama.
—No es solo eso —dije, agarrando el teléfono. Estaba pesado y frío—. Cortó el helicóptero, hizo explotar la lancha y ahora nos deja esto. Nos está diciendo que las comunicaciones exteriores no existen. Estamos en el capítulo once, el inicio de la verdadera reclusión. Ya no somos invitados, Marcus. Somos prisioneros.
Salimos de la habitación. No podía quedarme allí con esa copia de mi rostro mirándome. Bajamos al salón principal, pero la atmósfera de la mansión había cambiado por completo. Las luces cálidas habían sido reemplazadas por una iluminación tenue y cenital. Las máquinas de café, el buffet de lujo, los licores caros... todo había desaparecido tras paneles de acero que habían bajado de las paredes durante nuestra estancia en el hangar. En su lugar, sobre la gran mesa de comedor, solo había ocho raciones de supervivencia militar y ocho botellas de agua de plástico barato.
El anfitrión nos acababa de quitar el sedante del lujo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Lucía, dejándose caer en una de las sillas de diseño que ahora se sentían ridículamente fuera de lugar—. No hay teléfonos, no hay internet, no hay forma de salir de esta roca.
—Formar alianzas —dije, mirando a Marcus—. Hasta ahora hemos jugado a ser extraños que comparten un pasado. Pero si queremos sobrevivir a lo que viene, tenemos que saber exactamente qué cartas tiene "Él" contra nosotros.
Marcus soltó una carcajada seca.
—¿Quieres que nos confesemos aquí, sobre comida de plástico? Elena, si abrimos esa caja de Pandora, nos mataremos antes de que el anfitrión mueva un dedo.
—Él ya la abrió —le recordé, señalando las pantallas que ahora rodeaban el salón. Ya no mostraban paisajes. Mostraban planos arquitectónicos de la isla, con zonas marcadas en rojo sangre. El bosque. El sótano profundo. Los acantilados norte—. El mapa ha cambiado. Dice "Sin Escape", pero también muestra "Zonas de Prueba".
Me acerqué a los ventanales. La lluvia seguía cayendo, pero ahora parecía una cortina de hierro. Aethelgard ya no era un retiro, era un tablero de ajedrez donde las piezas se estaban empezando a comer unas a otras. Me fijé en un detalle del mapa: una zona marcada en el sótano, más abajo de donde yo había estado, con el nombre de "Archivo de la Conductora".
Mi estómago dio un vuelco. Sabía que se refería a mí. Sabía que allí abajo estaba la pieza que faltaba de la noche del accidente.
—Tenemos que bajar —dije, sin apartar la vista del mapa—. Si hay una forma de controlar este sistema, está en el núcleo. El empleado del servicio me dijo que yo era la pieza clave.
—¿Un empleado? —Marcus se acercó rápidamente, agarrándome del brazo—. ¿Hablaste con alguien del staff? Elena, dijiste que estábamos solos.
—Fue en el sótano —confesé, sintiendo su presión en mi piel—. No son humanos, Marcus. O al menos, no actúan como tales. Son monitores. Nos están midiendo el cortisol, el pulso, la respuesta al miedo. Somos un experimento.
El silencio que siguió fue interrumpido por un sonido metálico. En el centro del salón, una parte del suelo se deslizó, revelando una trampilla que no estaba en los planos originales. De ella emergió un pedestal con tres objetos: una linterna táctica, un juego de llaves maestras y un pequeño vial con un líquido transparente.
"Para la alianza", resonó la voz del anfitrión, esta vez sin el filtro metálico, sonando aterradoramente cercana, como si alguien hablara a través de un intercomunicador justo detrás de mi nuca. "Tres herramientas para tres supervivientes. Elijan bien quién porta cada una. El bosque tiene ojos, el sótano tiene dientes, y el tiempo... el tiempo solo tiene hambre".
Lucía retrocedió, pero Marcus y yo nos acercamos al pedestal. Sus ojos brillaron con esa ambición que lo había llevado a la cima. Estiró la mano hacia las llaves, pero yo le detuve la muñeca.
—No —dije con firmeza—. Las llaves las llevo yo. Tú llevas la linterna. Lucía, tú llevas el vial.
—¿Por qué ella el vial? —preguntó Marcus con desconfianza—. Ni siquiera sabemos qué es.
—Precisamente por eso. Porque ella es la única que no intentará usarlo contra nosotros en un arrebato de poder.
Lucía se acercó, temblando, y tomó el pequeño frasco de cristal. Sus dedos rozaron los míos; estaban helados. Marcus agarró la linterna con un gesto brusco y yo me guardé las llaves en el bolsillo de mi sudadera. El peso del metal se sentía como una responsabilidad que no quería, pero que era necesaria para no desmoronarme.
Decidimos empezar por el sótano. Si el mapa marcaba mi "archivo", ahí es donde encontraría la verdad sobre la Elena que supuestamente vivía mi vida en la ciudad. Necesitaba saber si yo era la real o si, como sugirió aquel hombre, mi existencia ya era solo una simulación de culpa.
Caminamos hacia la biblioteca. La puerta secreta seguía abierta, invitándonos a bajar. Marcus encendió la linterna y el haz de luz cortó la oscuridad del sótano como un bisturí. Los nichos con los objetos del accidente seguían allí, pero ahora estaban vacíos. Los cristales estaban rotos y los restos esparcidos por el suelo.
—Se los han llevado —susurró Lucía, caminando con cuidado sobre los añicos—. Las pruebas están desapareciendo.
—O se están moviendo al siguiente nivel del juego —añadí.
Llegamos al final del pasillo técnico. Donde antes estaba la sala de servidores, ahora solo había un muro de hormigón liso. El mapa de arriba mentía, o quizás el entorno estaba cambiando en tiempo real. Usé una de las llaves en una ranura que encontramos cerca del suelo. Un mecanismo hidráulico gimió y el muro se desplazó, revelando un túnel que olía a humedad antigua y a ozono.
—Esto no es parte de la mansión —dijo Marcus, iluminando las paredes de roca natural—. Estamos bajo la isla.
El túnel descendía en una pendiente pronunciada. A medida que avanzábamos, el aire se volvía más denso. De pronto, la linterna de Marcus parpadeó y se apagó.
—¡Mierda! —gritó él, golpeando el aparato—. Tiene pilas nuevas, debería funcionar.
—Silencio —le pedí.
En la oscuridad total, empecé a oírlo. No era el mar, ni el viento. Era un latido. Un sonido rítmico, profundo, que parecía venir de las propias rocas. Un latido mecánico que sincronizaba mis propios latidos con la estructura de la isla.
—Elena... —la voz de Lucía sonaba distorsionada—. Siento que algo me está tocando los pies.
Marcus logró encender la linterna de nuevo. El haz de luz barrió el suelo y todos soltamos un grito ahogado. El suelo del túnel estaba cubierto de cables negros, miles de ellos, que se retorcían y se movían lentamente, como anguilas en un pozo. No eran cables estáticos; estaban vivos, pulsando con una luz azul tenue que seguía el ritmo del latido.
—Es el sistema nervioso de la isla —dije, sintiendo una náusea insoportable—. Nos estamos metiendo en las tripas de Aethelgard.
Seguimos avanzando, pisando con asco la masa de cables vivientes. El túnel desembocó en una estancia circular inmensa. En el centro, una estructura cilíndrica de cristal contenía lo que parecía ser una réplica exacta del coche del accidente. Estaba suspendido en el aire por cables tensores, rodeado de cámaras que giraban constantemente a su alrededor.
Pero no era solo el coche. Dentro, en los asientos, había figuras. Tres figuras de cera, vestidas con la ropa que llevábamos nosotros hace diez años. La figura en el asiento del conductor tenía mi cara. La figura a su lado tenía la cara de Marcus. Y detrás, una Lucía de cera lloraba lágrimas de cristal.
—Es una recreación infinita —dijo Marcus, acercándose al cristal con una fascinación morbosa—. Lo están estudiando. Están estudiando el momento exacto del impacto.
Me acerqué a la consola que había frente al coche. Las pantallas mostraban datos técnicos: "Velocidad de respuesta: 0.4 segundos", "Nivel de traición: 89%", "Probabilidad de huida: 100%". Bajo esos datos, había una serie de botones con los nombres de cada uno de nosotros.
Sentí una urgencia irracional de pulsar mi nombre. Quería saber qué decía de mí. Quería saber si el anfitrión sabía por qué no frené.
—No lo toques, Elena —advirtió Lucía, agarrándome del brazo—. Es una trampa para que nos enfrentemos otra vez.
—Necesito saberlo, Lucía. Necesito saber quién es la Elena que está en la ciudad.
Pulsé el botón.
La sala se inundó de un sonido ensordecedor: el ruido del impacto, el metal crujiendo, los cristales estallando. Una y otra vez, en un bucle infinito que nos obligaba a taparnos los oídos. En la pantalla, empezó a proyectarse un vídeo. Pero no era el accidente. Era un vídeo de seguridad de un hospital. Una habitación blanca, un hombre en coma conectado a una máquina. El rostro del hombre estaba cubierto de vendas, pero su mano... su mano tenía la misma cicatriz en forma de media luna que yo tenía en la muñeca.
—Ese no es el verdugo —susurré, sintiendo que el aire se me escapaba—. Ese hombre...
De repente, los cables en el suelo empezaron a subir por nuestras piernas, enrollándose con una fuerza inhumana. Lucía gritó mientras era arrastrada hacia una de las aberturas de la pared. Marcus intentó usar la linterna como arma, pero los cables se la arrebataron de un tirón.
—¡Elena, las llaves! —gritó Marcus mientras luchaba por no ser engullido por la masa negra.
Busqué las llaves, pero mis manos no respondían. El latido de la isla ahora era tan fuerte que me impedía pensar. Miré hacia el coche suspendido y vi que la figura de cera con mi rostro se giraba lentamente hacia mí. Sus labios se movieron, y aunque no hubo sonido, pude leer perfectamente lo que decía:
"Tú no eres la que sobrevivió".
El suelo bajo nosotros empezó a vibrar y una compuerta se abrió justo debajo de mis pies, revelando un vacío absoluto. Lucía desapareció por un conducto, Marcus fue arrastrado hacia el techo y yo caí.
Caí en la oscuridad, sintiendo que el capítulo once no era el inicio del aislamiento, sino el inicio de la deconstrucción de todo lo que creía ser. Mientras descendía por el pozo de cables, lo último que vi fue el reflejo de la luz azul en el vial que Lucía había dejado caer.
El cristal se rompió al chocar con la roca y un gas denso y violáceo empezó a llenar el túnel.