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SOMBRAS DE AETHELGARD

SOMBRAS DE AETHELGARD

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor prohibido / Amor-odio / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.

Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.

Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: El Fuego del Campamento

La mañana en el bosque de Aethelgard no trajo paz, sino una urgencia fría que se filtraba entre los árboles junto con la neblina. El campamento era un hervidero de actividad silenciosa: hombres afilando espadas, mujeres preparando ungüentos y caballos siendo ensillados a toda prisa.

Alaric estaba de pie frente al mapa de cuero extendido sobre un tronco caído. Ya llevaba puesto su jubón de cuero, aunque la herida del costado le enviaba punzadas de dolor cada vez que respiraba hondo. Su cara de malo estaba más tensa que de costumbre; sus ojos café escaneaban las rutas hacia las montañas del norte, la única salida segura antes de que las legiones de la corona llegaran para vengar a Valerius.

Isolde salió de la tienda, luciendo un traje de montar de cuero suave que los rebeldes le habían conseguido. Le quedaba un poco grande, resaltando lo pequeña y delgada que era, pero sus ojos azules brillaban con una determinación que no conocía la derrota. Su cabello amarillo estaba recogido en una trenza apretada que le llegaba a la cintura.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Alaric sin levantar la vista del mapa. Su voz era un rugido bajo que cortó el aire matutino.

—Lo sé —respondió Isolde, acercándose a él—. Valerius tiene espías en cada rincón del bosque. Vendrán por nosotros antes del anochecer.

Alaric levantó la cabeza. Su metro noventa y cinco de altura proyectó una sombra masiva sobre ella. Se acercó con dos pasos pesados y la sujetó por el brazo, justo por encima del codo. El agarre fue firme, casi brusco, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Vas a ir con Cédric y un grupo de hombres hacia la Fortaleza de Hierro en las cumbres nevadas —ordenó él, su voz cargada de una autoridad incuestionable—. Yo me quedaré con la retaguardia para frenar el avance de la guardia real.

Isolde sintió la rabia quemarle el pecho. Intentó soltarse del agarre de Alaric, pero él era una roca. Sus dedos de acero la mantenían en su sitio con una fuerza que le recordaba quién mandaba en ese mundo de guerra.

—¡No voy a dejarte de nuevo! —le gritó ella, su pequeña figura temblando de furia frente a su inmensidad—. ¡Soy la Duquesa de Aethelgard y mi lugar es con mi esposo y mi gente!

—¡Tu lugar es donde yo diga que estés a salvo! —rugió Alaric, jalándola hacia él con tanta fuerza que el pecho de Isolde chocó contra su armadura de cuero. Ella jadeó por el impacto. Alaric se inclinó, su rostro de asesino a milímetros del de ella—. ¿Acaso crees que esto es un baile, niña? Allá afuera hay hombres que te despellejarían solo para hacerme sufrir. No voy a permitir que te pongan una mano encima.

—¡Me estás poniendo las manos encima tú! —le espetó ella, señalando con los ojos su brazo apresado.

Alaric miró sus propios dedos hundidos en la piel blanca de ella. Se dio cuenta de que la estaba tratando con la misma brutalidad de siempre, pero esta vez, bajo la furia, había una desesperación que no podía ocultar. Soltó el brazo de ella con un gesto seco, pero no se alejó. Su mano subió y se hundió en el cabello dorado de Isolde, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para que sus ojos azules no pudieran escapar de los suyos.

—Eres mía, Isolde —susurró él, con una voz tan ronca y cargada de una sensualidad peligrosa que a ella se le cortó el aliento—. Y si para mantenerte con vida tengo que arrastrarte encadenada a esa fortaleza, lo haré. No me obligues a ser más brutal de lo que ya soy.

Isolde respiró el aroma a pino, acero y el calor abrasador que emanaba de él. El desafío en su mirada no se apagó, pero se transformó en algo más profundo.

—Entonces ven conmigo —dijo ella, su voz ahora era un susurro que vibraba de deseo—. Si soy tuya, entonces mi seguridad es tu deber. No me mandes lejos con otro hombre mientras tú buscas la muerte.

Alaric cerró los ojos y apretó los dientes, luchando contra el impulso de devorarla allí mismo. El conflicto entre su deseo de poseerla y el juramento de no tocarla hasta que fuera mayor de edad era una tortura constante que lo volvía aún más huraño y violento.

—Cédric —llamó Alaric, sin soltar el cabello de Isolde.

El plebeyo apareció al instante, con su espada al cinto.

—Prepara los caballos —ordenó Alaric—. Cambiamos de planes. Iremos todos a la Fortaleza de Hierro a través del Paso de los Lamentos. Si la corona quiere guerra, la tendrá en las alturas, donde el frío mata más que el acero.

Isolde sonrió con una mezcla de triunfo y alivio, pero Alaric la soltó bruscamente, dándole un pequeño empujón hacia la tienda.

—Empaca lo que necesites —dijo él, volviendo a su cara de pocos amigos—. Y prepárate, niña. El camino es largo y no voy a ir despacio por ti. Si te quedas atrás, te dejaré para los lobos.

Él sabía que mentía. Sabía que se detendría por ella mil veces si fuera necesario, pero la brutalidad era su única defensa contra lo que sentía.

Mientras tanto, en el horizonte, el humo del castillo de Aethelgard todavía manchaba el cielo. Valerius, con la cara vendada y una mirada que prometía mil años de agonía, observaba cómo su ejército se ponía en marcha.

—Quiero a la chica viva —dijo Valerius a su general—. Pero al Carnicero... a él quiero verlo morir lentamente, pieza por pieza, frente a los ojos de su esposa.

El tablero estaba listo. El viaje hacia la Fortaleza de Hierro no sería solo una huida, sino el inicio de una rebelión que cambiaría el destino del reino.

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Helizahira Cohen
voy a empezar esta, lei tu primera novela entre Mareas muy bonita
Nelida Fuenteseca
Bastante caprichosita!!!
b zamitiz
🙂
Alexandra Ortiz Posada
Buen comienzo, gracias por compartir tu talento, bendiciones
mailyn rodriguez
Hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi. gracias.
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