Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 15: EL RUMOR Y EL RINCÓN
Para el mediodía, el chisme ya había corrido por los pasillos de cristal de *Valeriano Prime* más rápido que un virus informático.
Las secretarias cuchicheaban en la máquina de café y los analistas de riesgo miraban a Dante con una mezcla de lástima y burla cuando este pasaba hacia la oficina de la jefa.
—¿Escuchaste? —susurró una de las recepcionistas—. Dicen que el marido de la jefa es pura fachada. "Insuficiente", así lo llamó ella frente a *Forbes*.
—Pobre hombre —respondió otra—. Tan guapo y tan... defectuoso.
Dante, que tenía el oído fino, apretó los puños.
Su reputación de "leyenda de las sábanas" estaba siendo triturada por la mujer que ahora mismo estaba sentada en su trono de cuero, revisando gráficas de biotina como si no hubiera destruido el orgullo de un hombre esa mañana.
Dante entró en la oficina de Alessandra sin llamar.
Cerró la puerta con llave y bloqueó el acceso electrónico.
—¿Qué haces? —preguntó Alessandra sin levantar la vista de la pantalla—. Tengo una videoconferencia con Ginebra en diez minutos.
—La videoconferencia puede esperar —dijo Dante, caminando hacia ella con una lentitud que hizo que Alessandra, por primera vez, sintiera una punzada de alarma real—. He pasado toda la mañana escuchando que soy un "motor de juguete". Mis "clientes" habituales se estarían riendo si supieran que la Reina de Hielo me ha calificado de deficiente.
—Es la verdad que le vendí al mundo —dijo ella, levantando la barbilla—. Un golpe por otro, Larconne. Tú me llamaste virgen arisca, yo te llamé mediocre. Estamos a mano.
—No —Dante se apoyó en el escritorio, invadiendo su espacio hasta que ella tuvo que reclinarse en su silla—. No estamos a mano. Porque yo puedo probar que te equivocas, pero tú no puedes probar que yo miento.
Dante rodeó el escritorio.
Alessandra intentó levantarse para poner distancia, pero él fue más rápido.
La acorraló contra la gran cristalera que daba a la ciudad.
Con una mano en el vidrio y la otra en la cintura de ella, la dejó sin escapatoria.
—¿Crees que soy insuficiente, Alessandra? —susurró él, su aliento rozándole los labios—. ¿O tienes tanto miedo de lo que puedo hacerte sentir que prefieres humillarme antes de que te gane el juego?
—Suéltame, Dante. Esto no está en el...
No pudo terminar.
Dante acortó la distancia y la besó.
Pero no fue el beso fingido de la gala, ni el roce de la comisura.
Fue un beso de verdad: hambriento, técnico y posesivo.
Alessandra se quedó de piedra un segundo, con las manos contra el pecho de él para empujarlo, pero el calor que emanaba de Dante y la forma en que él dominaba el ritmo la hicieron flaquear.
Sus dedos se cerraron en la camisa de él, no para apartarlo, sino para sostenerse.
El mundo se detuvo.
El marcador de Alessandra estaba a punto de subir... cuando un estruendo rompió el hechizo.
**¡CRASH!**
La puerta de la oficina no se abrió, pero el panel de vidrio lateral estalló cuando una figura desesperada lo golpeó con un extintor de incendios.
—¡ALESSANDRA! ¡TE HE VENIDO A RESCATAR DE ESTE SECUESTRADOR! —gritó Rodrigo Ignacio Lecontte, entrando por el hueco roto, con la ropa sucia, los ojos desorbitados y el extintor en alto—. ¡Sé que te tiene bajo una droga de K-Geno! ¡Nadie besa así a un gigoló a menos que esté hipnotizada!
Alessandra se separó de Dante de un tirón, jadeando, con los labios rojos y el cabello ligeramente revuelto.
Miró a Rodrigo, luego al vidrio roto, y luego a Dante, quien se limpiaba la boca con el pulgar, luciendo una sonrisa de pura victoria.
—¡¿Tú otra vez?! —rugió Alessandra, recuperando su furia—. ¡¿Cómo entraste aquí?!
—¡Por los ductos de ventilación! —chilló Rodrigo, viéndose más patético que nunca—. ¡Alessandra, vuelve conmigo! ¡Él no te ama! ¡Mira cómo te mira, te mira como si fueras un contrato!
Dante se interpuso entre Rodrigo y Alessandra, cruzando los brazos sobre su pecho masivo.
—Rodrigo, amigo... —dijo Dante con una voz peligrosamente suave—. Interrumpiste la "ejecución" de la que tu ex-mujer se quejaba tanto. Y déjame decirte... ella no parecía estar quejándose hace cinco segundos.
—¡Mientes! —Rodrigo levantó el extintor—. ¡Voy a liberar a esta empresa de tu presencia!
César apareció en la puerta rota, seguido por cuatro guardias de seguridad.
Se llevó las manos a la cabeza al ver el desastre de vidrios.
«¡Herejía universal!», pensó.
«Bitácora de quilombos, quilombo 2: Allanamiento de morada corporativa por ducto. Rodrigo nivel Die Hard. Lápiz y papel: "extintor" agregado al diccionario como sinónimo de "cockblock militarizado". P/D: si sobrevivo, exijo chaleco antibalas y seguro contra ex-maridos.»*
—¡Llévenselo antes de que use eso contra el servidor central! ¡Y alguien traiga un calmante para la jefa, que parece que va a explotar! —rugió César
Alessandra miró a Rodrigo siendo arrastrado —otra vez— y luego a Dante, que le guiñó un ojo.
—Marcador, jefa —susurró Dante—. Eso fue un 5 a 2. Y creo que ambos sabemos que no te pareció nada "insuficiente".
Alessandra se sentó en su silla, temblando de rabia y de algo que se negaba a admitir que era placer.
—Limpien esto —ordenó a los gritos—. ¡Y alguien busque un psiquiatra para Rodrigo y un abogado de divorcio preventivo para mí!