"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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La ceguera del sacrificio
NARRADOR
La relación con Ricardo se había transformado en un mecanismo de relojería donde solo Aitana ponía la cuerda. Atrás habían quedado las promesas de un refugio de cristal; ahora, la realidad era una rutina seca, despojada de cualquier romanticismo adolescente. No había salidas al cine, ni tardes compartidas sobre un libro, ni planes de futuro que no terminaran en cuatro paredes. Su noviazgo se reducía a un circuito monótono: él esperándola en la puerta del salón de la preparatoria, el camino silencioso hacia una casa vacía —la de ella, aprovechando la ausencia de Roberto, o la de él— y el cumplimiento de una cuota física que a Aitana cada vez le pesaba más.
En ese tiempo, Aitana se convirtió en una proveedora silenciosa. El dinero que su padre le dejaba para sus gastos se esfumaba en los deseos de Ricardo. Ella no escatimaba; en su hambre de afecto, creía que comprarle cosas era una forma de asegurar que él se quedaría. Le compraba ropa, le pagaba las cenas en el parque y hasta llegó a regalarle una esclava de plata, de esas que estaban de moda y que brillaban en su muñeca como un recordatorio constante de quién era el que recibía y quién el que entregaba. Aitana no se cuestionaba por qué él nunca tenía dinero para ella; simplemente asumía el rol de dar, esperando que, a cambio, el vacío de su vida se llenara con su presencia.
Sin embargo, el cuerpo de Aitana comenzó a registrar lo que su mente intentaba ignorar. La intimidad se volvió un territorio de prueba para Ricardo, un espacio donde él sentía que podía ejercer un dominio total. Una tarde, en la penumbra de la habitación, él intentó forzar un límite que ella nunca había autorizado. Quiso voltearla, intentar algo diferente, algo que a ella le provocó un dolor agudo e inmediato.
— ¡No! ¡Me duele! —gritó Aitana, con la voz quebrada por la sorpresa y el malestar físico.
Él se detuvo, pero no hubo una disculpa llena de ternura, sino un silencio frío, una retirada que dejaba a Aitana sintiéndose como un objeto que no había cumplido su función. Ella se quedaba ahí, aguantando la respiración, esperando que el enojo de él no escalara, sintiendo que su cuerpo ya no le pertenecía, que era solo un campo de batalla donde se libraba una guerra que ella no podía ganar.
A pesar de esa asfixia, Aitana intentaba mantener los hilos de su vida social, aunque estos fueran cada vez más delgados. Cuando una amiga la invitó a ser dama en su fiesta de quince años, ella sintió un destello de ilusión. Logró que su padre aceptara y consiguió un pase para que Ricardo pudiera asistir. El día de la fiesta, Aitana se sentó en una mesa con sus amigos de siempre y con su primo Mateo, el hermano del hombre que la había dañado años atrás, pero con quien ella mantenía una relación de confianza.
Cuando Ricardo llegó, el ambiente se tensó. Se sentó a su lado, pero era como una presencia extraña, un bloque de hielo en medio de la celebración. No hablaba con nadie, no hacía el esfuerzo de integrarse; simplemente estaba ahí, marcando su territorio con una mirada sombría. Al poco tiempo, sin decir mucho, se levantó y se fue, dejando a Aitana sola en medio de la fiesta.
— No entiendo cómo lo aguantas —le dijo su tía al día siguiente, con una mueca de asco—. Ayer que llegó a la fiesta, apestaba, Aitana. Olía feo, como si no se hubiera bañado en días. ¿De verdad no lo sientes?
Aitana se quedó callada, hundida en una confusión profunda. Ella no sentía ningún olor extraño. Estaba tan cegada por la necesidad de ser amada, tan ocupada tratando de descifrar el humor de Ricardo para que no se enojara, que sus sentidos se habían desconectado. Era la "ceguera del amor", decían algunos, pero para ella era una anestesia emocional. Si no olía su descuido, si no veía su desprecio, tal vez podía seguir creyendo que tenía a alguien.
Pero la anestesia no duró para siempre. El primer golpe llegó un día cualquiera, casi como si fuera un accidente, un estallido de enojo que se materializó en su piel. Fue un golpe seco, que la dejó sin palabras y con el corazón galopando en la garganta.
— ¡Perdóname, Aitana! De verdad, no quise... es que me sacaste de mis casillas —dijo él de inmediato, con una cara de arrepentimiento que ella quiso creer.
Aitana lo miró sin saber qué sentir. En su interior, un vacío inmenso se abrió paso. No sintió una furia volcánica ni el deseo de huir; lo que sintió fue una familiaridad aterradora. Había crecido viendo escenas así en su infancia, viendo cómo la violencia era parte del lenguaje cotidiano entre hombres y mujeres. Se convenció a sí misma de que "estaba bien", de que era normal que un hombre perdiera los estribos si ella hacía algo que lo molestara.
"Fue mi culpa", se repetía a sí misma mientras se miraba en el espejo, buscando la marca que tendría que cubrir al día siguiente. "Si yo no hubiera dicho eso, si yo hubiera hecho las cosas como él quería, él no se habría enojado".
A partir de ese momento, la vida de Aitana se convirtió en un ejercicio constante de anticipación. Empezó a medir cada palabra, a vigilar cada gesto, a estudiar el tono de voz de Ricardo antes de hablar. Su prioridad absoluta ya no era ser feliz, sino que él no se molestara. Si él estaba bien, ella podía respirar un poco. Si él sonreía, el mundo era seguro por unos minutos. Pero el precio de esa paz era su propia desaparición.
Aitana aprendió a cubrir los golpes, no solo los físicos, sino los del alma. Se puso capas de maquillaje y capas de mentiras frente a sus amigos y frente a su padre. Se volvió una experta en fingir que todo estaba bien, mientras por dentro se sentía cada vez más hueca, entregando su dinero, su cuerpo y su aliento a un hombre que la consumía lentamente, aprovechándose de esa niña que solo quería que alguien, por una vez, no la dejara sola en la oscuridad.
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