Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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El despacho de Ivan Petrov no era una oficina; era un mausoleo de roble oscuro, cuero negro y secretos que harían temblar al Kremlin. La iluminación era tan escasa que las sombras parecían cobrar vida propia, moviéndose al ritmo de la respiración pausada de un hombre que, con una sola mirada de sus ojos gélidos e hipnotizantes, podía detener el corazón de un enemigo. Ivan —o el "Espectro de Moscú", como le susurraban con miedo en los bajos fondos— exhaló el humo de su cigarro, su aura oscura llenando cada rincón.
Entonces, la puerta doble se abrió de par en par con un estrépito que rompió la atmósfera fúnebre. No fue un asesino, sino algo mucho más peligroso: un huracán de tul rosa y perfume de vainilla.
—¡Vania! ¡Vania, mírame! ¿Crees que este "Rosa Galáctico" es demasiado... no sé, ¿espacial? ¿O mejor vuelvo al "Cereza Tentación"?
Ivan cerró los ojos un segundo, frotándose el puente de la nariz. Su voz, una barítono profundo y peligrosamente sexy que solía dar órdenes de vida o muerte, sonó cargada de una paciencia que solo su hermana de dieciocho años podía extraer de él.
—Mila... estoy revisando las rutas de transporte de Siberia. Sal de aquí.
—Siberia es aburrida y fría, como tu cara ahora mismo —replicó ella, saltando con agilidad para sentarse sobre el escritorio de ébano, justo encima de unos documentos clasificados—. Por eso necesitas una novia. ¡Urgente! Una que te haga reír o que, al menos, te obligue a usar una corbata que no sea color funeral. ¿Por qué no tienes novia, Vania? ¡Tienes treinta años, eres guapo, rico y das un miedo delicioso!
Ivan clavó sus ojos hipnóticos en ella. Cualquier otro hombre habría huido despavorido ante esa intensidad depredadora. Mila simplemente le puso el aplicador de brillo labial a un centímetro de la nariz.
—No tengo novia porque no tengo tiempo para tonterías —gruñó él, aunque su mano, grande y llena de cicatrices, se movió instintivamente para apartar un mechón de cabello rubio de la cara de su hermana—. Y el brillo... es igual al anterior.
—¡No es igual! —chilló Mila, escandalizada—. El otro era mate, este tiene glitter. ¡Eres un caso perdido! Por eso te voy a buscar una esposa. Alguien con mucha paciencia. O una domadora de leones.
Ivan miró la ventana. Estaba a una altura considerable. Por un breve y tentador momento, saltar al vacío le pareció una alternativa mucho más pacífica que discutir sobre la falta de brillo en su vida sentimental. El infierno, decidió el temido ruso, no tenía lagos de fuego; tenía una rubia adorable de dieciocho años preguntando por centésima vez por qué seguía soltero.
—¿Me vas a comprar el otro brillo o tengo que llorar? —preguntó Mila con una sonrisa angelical que Ivan sabía que era pura manipulación.
Él soltó un suspiro derrotado, alcanzó su billetera de piel de cocodrilo y le entregó una tarjeta negra sin límite.
—Compra toda la tienda si quieres, pero déjame terminar este contrato.
—¡Eres el mejor, Vania! —ella le plantó un beso ruidoso en la mejilla, dejando una marca rosa fluorescente sobre la piel del hombre más temido de Rusia, y salió dando saltitos.
Ivan se quedó solo en el despacho. El silencio regresó, pero el rastro de purpurina sobre su escritorio era un recordatorio de su derrota. Se pasó la mano por la mejilla, miró el residuo rosa en sus dedos y, por primera vez en el día, una sonrisa imperceptible y amarga asomó en su rostro sombrío.