⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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En la trampa de su propia presa
Christopher, en un arrebato de locura y desesperación por el silencio absoluto de Tayler, había ordenado retirar todas las cerraduras electrónicas de la habitación de la torre. Las paredes de cristal, antes desnudas y frías, ahora estaban cubiertas por cortinas de terciopelo cálido. El suelo estaba lleno de alfombras de lana gruesa y, en un rincón, un sistema de calefacción moderno mantenía una temperatura primaveral.
Christopher estaba intentando reconstruir la jaula para que pareciera un hogar, pero el pájaro ya no tenía alas para volar, ni voz para cantar.
Tayler estaba sentado en un sillón orejero, vestido con una túnica de color violeta suave, el mismo tono de sus flores favoritas. Sus manos descansaban sobre sus muslos, inmóviles. No leía, no miraba por la ventana, no hacía nada. Su aroma a violetas seguía siendo una nota muerta, neutra, a pesar de que la marca en su cuello brillaba con un rojo intenso, vinculándolo biológicamente a Christopher las veinticuatro horas del día.
El alfa entró en la habitación. Esta vez no traía el aroma de la guerra, sino que había intentado suavizar sus feromonas de nieve y pino para que no fueran tan agresivas. En sus manos traía una bandeja con un desayuno idéntico al de su primera noche de bodas: café, pan tostado y una pequeña flor.
-Buenos días, Tayler.- Dijo Christopher, forzando una suavidad en su voz que sonaba extraña, casi rota -Te he traído el desayuno. Lo hice yo mismo.-
Christopher dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar y se sentó frente a él. Esperó una mirada, un rechazo, un insulto. Cualquier cosa. Pero Tayler simplemente bajó la vista hacia la bandeja y, con movimientos mecánicos, tomó la taza de café.
-Gracias, Christopher.- dijo Tayler. Su voz era plana, sin ninguna inflexión emocional.
-¿Te gusta?- Preguntó Christopher, inclinándose hacia adelante, buscando desesperadamente una conexión a través del vínculo de la marca. Solo sentía una llanura gris y vacía -Es el mismo que te gustaba en la isla.-
Lian bebió un sorbo.
-Está bien. Todo lo que tú me das está bien.-
Esa frase golpeó a Christopher más fuerte que un puñetazo. La sumisión total de Tayler era su mayor castigo. Había matado a Verónica y a Roman para demostrar que Tayler solo lo tenía a él, y ahora que Tayler lo aceptaba con esa indiferencia gélida, Christopher sentía que se estaba ahogando.
-¡Deja de hacer eso!- Estalló Christopher, golpeando la mesa. La taza de café se tambaleó -¡Deja de actuar como si fueras un maldito robot! Sé que estás ahí dentro. Sé que me odias. ¡Grita! ¡Escúpeme! ¡Dime que soy un asesino!-
Tayler levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Christopher. No había fuego, ni siquiera rencor. Era como mirar al fondo de un pozo seco.
-¿Por qué habría de hacerlo?- Preguntó Tayler con una calma aterradora -Tú eres mi alfa. Me has marcado. Has limpiado mi mundo de cualquier otra distracción. Soy exactamente lo que tú querías que fuera: tu omega. Tu propiedad. No tengo derecho a odiar a mi dueño.-
Christopher sintió un escalofrío. El maltrato emocional que él había infligido durante años ahora se le devolvía como un eco distorsionado. Se levantó y caminó hacia Tayler, arrodillándose frente a él. Tomó las manos frías del Omega entre las suyas y comenzó a besarlas con una devoción desesperada.
-Puedo traerte lo que quieras. Podemos volver a la isla. Compraré la isla entera para ti. Reconstruiremos el restaurante. Traeré a los mejores médicos para…- Christopher se detuvo antes de decir el nombre de Verónica. El nombre de la muerta pesaba en la habitación como una losa de granito.
-No se puede reconstruir un cadáver.- Susurró Tayler.
Christopher ignoró el comentario y comenzó a manosear el cuerpo de Tayler, pero esta vez con una falsa delicadeza que era aún más siniestra. Acarició sus muslos, subió por su vientre, trazó el contorno de sus costillas. Sus manos temblaban. Buscaba una reacción física, un estremecimiento, pero Tayler se dejaba tocar como una estatua. El sexo y el contacto, que Kael antes usaba como arma, ahora eran una súplica patética de reconocimiento.
-Dime que me necesitas.- Suplicó, hundiendo el rostro en el regazo de Tayler -Dime que, a pesar de todo, la marca te hace quererme. Sé que la biología no miente. Tu cuerpo tiene que sentir algo por el mío.-
Tayler puso una mano sobre la cabeza de Christopher. Fue un gesto casi maternal, pero sin una gota de afecto. Fue la caricia de alguien que acaricia a un perro rabioso antes de que lo sacrifiquen.
-Mi cuerpo siente lo que tú le ordenas sentir.- Respondió Tayler - Si quieres que sienta placer, lo sentiré. Si quieres que sienta dolor, lo sentiré. Pero no esperes que mi alma participe en esto. Mi alma se quedó en la nieve, junto a ellos.-
Christopher se separó de él, mirando a Tayler con horror. Se dio cuenta de que su victoria era una ilusión. Tenía el cuerpo, tenía el contrato, tenía la marca… pero había perdido al hombre. Había sido tan eficiente destruyendo la voluntad de Tayler que no dejó nada para sí mismo.
-No voy a rendirme.- Sseó, recuperando su máscara de alfa dominante, aunque sus ojos estaban empañados -Te haré volver. Aunque tenga que romperte y armarte de nuevo mil veces más.-
Christopher salió de la habitación, cerrando la puerta con fuerza. En cuanto se fue, Tayler apartó la bandeja de desayuno. No había probado el pan. La flor, una pequeña violeta, la tomó entre sus dedos y la apretó hasta que sus pétalos se volvieron una mancha morada en su palma.
Tayler se miró la mano manchada.
-El invierno no es solo frío, Christopher.- Susurró para sí mismo -El invierno también es silencio. Y vas a aprender a vivir en él hasta que te vuelvas loco.-
El vínculo de la marca envió un eco de esa soledad directamente al corazón de Christopher, quien, en el pasillo, tuvo que apoyarse contra la pared porque sintió que el pecho le estallaba. El cazador ahora estaba atrapado en la trampa de su propia presa, y la amabilidad no iba a ser suficiente para derretir el hielo que él mismo había sembrado.