⚠️🔞🚫Un detective, hombre de acción, serio y dedicado. Su matrimonio con su esposa es más una sociedad de convivencia que una relación romántica. Él se siente vacío, pero es leal. La falta de hijos y de sexo ha convertido su hogar en una oficina más.
Un mafioso que no es el típico villano que quiere dinero. Quiere el control total sobre la única persona que se atrevió a perseguirlo. Su obsesión es física y psicológica. Al descubrir que el detective es un hombre insatisfecho, usa eso para tentarlo y quebrarlo.
Esto contiene maltrato físico y psicológico.🚫🔞⚠️
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Ahora no solo tengo que matar a Lantz
Los informes sobre el escritorio de madera de Lantz eran claros: las familias Moretti y Falco habían formado una alianza tras la ejecución de Lucio. No buscaban justicia, buscaban el territorio de los Schwarz y, sobre todo, la cabeza del detective que Lantz exhibía como un trofeo. El mafioso sabía que un Ethan sedado y nublado era una presa fácil en una guerra abierta. Necesitaba que su propiedad tuviera colmillos, pero que esos colmillos solo mordieran bajo su mando.
Durante las siguientes cuatro semanas, el refugio se convirtió en un campo de entrenamiento psicológico y físico. Lantz redujo las dosis de la droga sedante, permitiendo que la adrenalina y los reflejos de Ethan regresaran, pero los canalizó a través de un sistema implacable de premios y castigos.
-Si dejas que el objetivo cruce la línea, no habrá tina esta noche, Ethan.- Susurró el mafioso, de pie detrás de él en el sótano acondicionado como campo de tiro.
Ethan sostenía una pistola. Sus manos, que antes temblaban por la abstinencia o el trauma, ahora estaban firmes, pero sus ojos seguían fijos en Lantz, buscando aprobación.
-Dispara- Ordenó el mafioso.
Ethan vació el cargador en el centro de la silueta. Diez disparos, diez aciertos mortales.
-Buen chico.- Dijo, acercándose para besarle la nuca, justo sobre la marca de su propiedad -Hoy has defendido lo que es mío.-
Si Ethan dudaba, si su vieja moral de policía parpadeaba por un segundo, el castigo era inmediato y crudo. Lantz lo encerraba en la habitación a oscuras, sin contacto físico, sin sus manos, sin el calor que se había vuelto el oxígeno de Ethan. El detective sollozaba tras la puerta, suplicando por el toque de su captor. El aislamiento era peor que cualquier golpe, era el vacío absoluto.
Cuando finalmente Lantz abría la puerta, Ethan se arrastraba a sus pies, entregándose a cualquier exigencia con tal de recuperar su "cuidado". Así, Ethan aprendió que defender a su captor era sinónimo de placer y supervivencia, mientras que fallar era el fin de su mundo.
Al final del mes, los informes indicaron que un equipo de sicarios de los Moretti se acercaba a la zona del valle. Lantz decidió que era el momento de la prueba final.
Esa noche, antes de la posible emboscada, Lantz realizó el ritual de siempre, pero con una intensidad nueva. Llevó a Ethan a la tina de cedro. El agua estaba casi hirviendo, el vapor empañaba los espejos.
-Mañana vendrán por ti.- Dijo el mafioso mientras le lavaba el pecho con movimientos circulares y fuertes -Vendrán a quitarte de mi lado. ¿Vas a permitir que nos separen?-
-No...- Respondió, su voz sonando más profunda, cargada de una devoción peligrosa. Sus sentidos ya no estaban nublados por la droga, sino por una obsesión recíproca.
El alfa lo sacó del agua y, sin secarlo del todo, lo lanzó sobre la cama. La sesión fue un despliegue de posesión total. Lantz quería que Ethan sintiera cada centímetro de su dominio antes de enviarlo a matar. Lo penetró con una fuerza animal, las manos de Ethan estaban amarradas a la cabecera, pero esta vez el detective no luchaba por soltarse, sino que tiraba de los amarres para recibir más profundidad.
El alfa lo giraba, lo obligaba a ponerse de rodillas con la frente apoyada en el colchón, mientras golpeba sus glúteos. Obligaba a que su garganta tragara todo el miembro del alfa, mientras le asfixiaba rítmicamente con una mano. El placer de Ethan era ahora una respuesta condicionada a la violencia. Cada estocada era un sello, cada mordisco en su espalda, una orden de lealtad.
-Eres mi oficial de seguridad personal.- jadeó, llegando al clímax mientras apretaba el cuello de su prisionero -Tu vida solo vale lo que vale la mía. Si yo caigo, tú dejas de existir.-
-Moriré por ti.- Gritó Ethan, su cuerpo sacudiéndose en una convulsión de placer sucio y entrega absoluta.
Su captor lo curó después, como siempre. Limpió el sudor, sangre y babas, aplicó el ungüento en sus rodillas raspadas y lo vistió con un equipo táctico negro, sin insignias. Le entregó un cuchillo y una pistola con el emblema de los Schwarz grabado en la culata.
Dos horas después, los sensores perimetrales se activaron. Tres hombres armados se filtraban por el bosque detrás de la cabaña. Lantz observaba desde los monitores de la sala de control, con una copa de whisky en la mano. Franz estaba a su lado, expectante.
Ethan salió a la oscuridad. Se movía como un fantasma, usando las tácticas que la academia de policía le enseñó, pero con la crueldad que Lantz le había inyectado.
Desde la cámara térmica, el mafioso vio cómo el Ethan emboscaba al primer sicario. No hubo advertencia, no hubo "manos arriba". Ethan surgió de las sombras y hundió el cuchillo en la garganta del hombre con precisión. Sus movimientos eran fluidos, letales, desprovistos de cualquier duda moral.
El segundo sicario intentó disparar, pero Ethan fue más rápido. Dos tiros al pecho, uno a la cabeza. El tercer hombre, aterrorizado al ver a ese asesino, intentó huir, pero Ethan lo alcanzó y lo derribó, rompiéndole el brazo con una maniobra de defensa personal que ahora usaba para destruir.
Lantz salió al porche de la cabaña. Ethan estaba de pie sobre el último sicario, con el arma apuntando a la frente del hombre que suplicaba por su vida. Ethan no disparó, esperó la mirada de su dueño.
-Termina el trabajo, buen chico.- Ordenó desde la distancia.
No dudó. El disparo resonó en el valle, silenciando los ruegos. El detective se giró hacia su captor, con la cara manchada de sangre ajena y los ojos brillando con una lealtad aterradora.
Franz soltó una carcajada que rompió el silencio de la noche.
-¡Maldita sea, Lantz! Has creado un monstruo. Ese no es un policía, es un demonio.-
El alfa bajó las escaleras y se acercó a su mascota. El detective bajó el arma inmediatamente y se arrodilló frente a él, sin que nadie se lo pidiera. Era un acto de sumisión pública y absoluta.
-Has protegido a tu familia hoy.- dijo acariciando la mejilla ensangrentada de Ethan -Ven adentro. Necesitas un baño y tu recompensa.-
Ethan se dejó guiar, su mente ahora totalmente reprogramada. Ya no recordaba el peso de la ley, solo el peso de la mano de Lantz en su hombro. La guerra externa estaba empezando, pero el mafioso ya la había ganado por dentro: tenía al mejor oficial de la ciudad convertido en su perro de guerra personal.
Martin observaba las fotos de los cadáveres encontrados en el valle, filtradas por un contacto, se encontraba en una cabaña, muy cerca de Schwarz. Reconoció el estilo de combate.
-Es él.- Susurró Martin, con la voz temblando de horror -Los mató a sangre fría. No hubo detención, no hubo justicia.-
Cecil miró las fotos y se cubrió la boca.
-Lo perdimos. Ya no es el hombre que intentamos rescatar. Es uno de ellos.-
-No- Dijo el ex-policía, cargando su arma con una determinación suicida -Lantz lo convirtió en un asesino. Ahora no solo tengo que matar a Lantz para salvar a Ethan. Tengo que matar a Lantz para detener lo que Ethan se ha vuelto.-
Martin sabía que la próxima vez que viera a su amigo, Ethan no dudaría en apretar el gatillo contra él. La reprogramación era completa, y el detective Richter había sido enterrado bajo capas de sangre y deseo a la carne.