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Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:479
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.

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Capítulo 05

El perfume de los jazmines nocturnos en los jardines colgantes de Vesperia era tan denso que casi lograba ocultar el hedor a corrupción que emanaba del palacio. Atraeus se ajustó los puños de su casaca de seda azul medianoche, una prenda que costaba más de lo que un estibador ganaba en cinco años. Atrás quedaba el barro de los muelles y el vapor sulfuroso de los baños; ahora, bajo la luz de la luna llena, era la viva imagen de un noble extranjero de linaje impecable y fortuna misteriosa.

Su objetivo para esa noche no era un hombre, sino Lady Marcella, la Condesa de Valois. Marcella no era simplemente una mujer hermosa y viuda de uno de los generales más condecorados del difunto rey; ella era el "Oído de la Reina". No se movía una sola cortina en los aposentos privados de la Reina Lyra sin que Marcella lo supiera.

Atraeus la divisó cerca de la fuente de mármol, alejada del estruendo de la música y las risas forzadas del baile que se celebraba en el gran salón. Ella sostenía una copa de cristal tallado, observando el agua con una expresión de aburrimiento que solo los muy ricos y muy cínicos pueden perfeccionar.

—Dicen que el agua de esta fuente proviene directamente de las lágrimas de las nereidas —dijo Atraeus, acercándose con pasos silenciosos—. Pero sospecho que solo es agua común, filtrada para parecer algo sagrado. Como casi todo en esta corte.

Marcella se giró con lentitud, sus ojos entornados escrutando al intruso. Era una mujer de una belleza madura y afilada, con cabellos negros recogidos en un peinado complejo adornado con perlas de río.

—Un comentario peligroso para alguien que lleva el sello de invitado del Gran Chambelán —replicó ella, su voz era un ronroneo aterciopelado—. ¿Quién sois? No recuerdo haber visto vuestro rostro en las presentaciones.

—Soy alguien que prefiere las sombras del jardín a las luces del salón, milady. Me llaman Kade, un humilde viajero de las tierras del sur —Atraeus hizo una reverencia perfecta, la clase de gesto que se enseña en las cunas de la alta aristocracia—. Y vos sois la mujer que sabe por qué el Rey Helios no ha dormido en sus propios aposentos las últimas tres noches.

El cuerpo de Marcella se tensó imperceptiblemente. Dejó la copa sobre el borde de la fuente y se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Atraeus. El olor de su perfume, una mezcla de sándalo y especias prohibidas, lo envolvió.

—Esa clase de información suele costar la lengua de quien la posee —susurró ella, aunque no había miedo en su mirada, sino una chispa de curiosidad depredadora—. ¿Qué buscáis aquí, "Kade"? ¿Oro? ¿Favores?

—Busco una alianza, Marcella —Atraeus dejó caer la cortesía del título, usando su nombre con una familiaridad que era tanto un insulto como un cumplido—. El Rey Helios es un guerrero, un hombre de acción. Pero la Reina Lyra... ella es la que sostiene los hilos. Y vos sois su mano derecha. Me han dicho que sois una mujer con gustos caros y una insatisfacción crónica con los hombres mediocres que pululan por este palacio.

Atraeus extendió una mano y, con una audacia que habría hecho palidecer a cualquier cortesano, acarició el cuello de la Condesa, justo por encima del collar de diamantes. Utilizó una pizca de su antigua magia, apenas un hilo de calor que fluyó desde sus dedos hacia la piel de ella, acelerando su pulso de manera artificial pero deliciosa.

Marcella dejó escapar un suspiro entrecortado. No se apartó. Al contrario, se inclinó hacia el contacto, sus ojos fijos en los de él, que brillaban como acero fundido bajo la luna.

—Sois un hombre muy peligroso —dijo ella, su respiración volviéndose errática—. No sois un noble. He conocido a miles, y ninguno tiene esa oscuridad en la mirada. Tenéis las manos de un asesino y la lengua de un poeta.

—Y el deseo de alguien que sabe que la vida es corta y la ambición es eterna —respondió Atraeus. La tomó del brazo con firmeza y la guio hacia un pabellón de hiedra oscura, lejos de las miradas de los guardias—. Vamos a hablar, Marcella. Y luego, decidiremos si somos enemigos... o algo mucho más interesante.

Dentro del pabellón, la oscuridad era casi absoluta, rota solo por los hilos de plata de la luna que se filtraban entre las hojas. Atraeus no perdió el tiempo. Sabía que con una mujer como Marcella, la sutileza era un camino largo, y la brutalidad honesta era un atajo.

La empujó suavemente contra una de las columnas de piedra, atrapándola entre sus brazos. Marcella soltó una risa nerviosa, pero su mano subió al pecho de Atraeus, aferrándose a su casaca.

—La Reina está conspirando con los señores del Norte —soltó Atraeus, su voz un susurro contra el oído de la mujer—. Sé que han enviado mensajeros por las rutas de contrabando que yo controlo. Quiero saber qué les ha prometido.

—¿Por qué debería decírtelo? —preguntó ella, su voz temblando por la proximidad de él—. Podría gritar ahora mismo y serías ejecutado al amanecer.

—No gritarás. Porque sé que Lyra te está desplazando. Ha encontrado una nueva favorita, esa joven de la casa Voran. Te estás quedando sin tiempo, Marcella. La reina es leal solo mientras eres útil. Yo, en cambio, soy leal a mis intereses. Y ahora mismo, mi interés eres tú.

Atraeus bajó la cabeza y capturó sus labios en un beso que no tenía nada de romántico. Era una reclamación, un choque de voluntades. Marcella luchó un segundo antes de rendirse, devolviendo el beso con una ferocidad que delataba años de represión y aburrimiento. Sus manos se movieron con desesperación, buscando la piel de Atraeus bajo la seda.

Él la levantó, sentándola sobre una mesa de piedra fría. El contraste entre el mármol helado y el calor abrasador de sus cuerpos hizo que ella soltara un gemido ahogado. Atraeus apartó las capas de seda y encaje de su vestido con una eficiencia despiadada.

—Dime lo que quiero saber —ordenó él, deteniéndose justo cuando su mano encontraba la humedad cálida entre sus muslos.

Marcella arqueó la espalda, apretando los dientes. La manipulación de Atraeus era física y mental; la estaba llevando al borde de un abismo donde la lealtad a la corona parecía una nimiedad comparada con la satisfacción de sus sentidos.

—Lyra... ella quiere el apoyo del Norte para un golpe interno —jadeó Marcella, sus manos enterradas en el cabello de Atraeus—. Helios quiere ir a la guerra con los reinos vecinos, pero ella sabe que eso arruinará al país. Ella ha prometido a los señores del Norte una reducción de impuestos y la autonomía de sus tierras si apoyan su regencia cuando Helios sea... "apartado".

—¿Cuándo? —preguntó Atraeus, su ritmo aumentando, su propia excitación mezclándose con la fría satisfacción de haber obtenido la pieza del rompecabezas que le faltaba.

—En el solsticio de invierno —gritó ella suavemente, sus uñas hundiéndose en los hombros de él mientras el placer la golpeaba en oleadas—. Durante la cacería real. Van a... van a escenificar un accidente.

Atraeus no se detuvo hasta que ella estuvo completamente agotada, colapsando contra su pecho, su respiración volviendo lentamente a la normalidad en el silencio del pabellón. El acto había sido un intercambio de poder puro. Él le había dado lo que ella más deseaba —sentirse viva, deseada y dominada— y ella le había entregado las llaves del reino.

Mientras se recomponía y ayudaba a Marcella a arreglar su vestido, Atraeus volvió a ponerse su máscara de frialdad. El hombre que la había poseído con tal intensidad parecía haber desaparecido, reemplazado de nuevo por el estratega.

—Has tomado la decisión correcta, Marcella —dijo él, abrochándose la casaca—. Mañana, un mensajero te llevará un regalo. Un frasco de esencia de las islas y una nota con una dirección. Si alguien te pregunta por esta noche, diles que el aire del jardín te sentó mal y tuviste que descansar.

Marcella lo miró, su maquillaje ligeramente corrido, pero con una nueva luz en sus ojos. Ya no estaba aburrida. Ahora era parte de algo mucho más grande y peligroso.

—¿Qué eres en realidad, Atraeus? —preguntó ella, usando su verdadero nombre por primera vez, como si lo hubiera adivinado en el fragor del encuentro.

—Soy el eco de todos los pecados que esta corte ha intentado olvidar —respondió él, dándole la espalda y caminando hacia la salida del pabellón—. Y antes de que llegue el invierno, Marcella, tú y yo seremos los únicos que queden en pie cuando el trono de Helios se desmorone.

Atraeus salió de los jardines con la cabeza alta. Ya no era solo un criminal de los muelles. Ahora tenía un vínculo directo con la alcoba de la Reina y una fecha: el solsticio de invierno. El juego de la corte era mucho más emocionante de lo que había imaginado, pero también más frágil.

Mientras caminaba por las calles de Vesperia hacia su refugio, su mente ya estaba reclutando a los siguientes peones. Necesitaba espías, necesitaba nobles descontentos y, sobre todo, necesitaba a alguien que pudiera rivalizar con él en astucia. Había oído rumores sobre una mujer llamada Thera, una estratega que operaba en los círculos intelectuales y que odiaba a la corona tanto como él.

—La red está lista —susurró Atraeus al viento nocturno—. Ahora, es el momento de que empiece a crecer.

Sabía que la alianza con Marcella era solo el comienzo. Ella sería su entrada a la corte, su fuente de veneno y seda. Pero para el golpe final, necesitaría más que susurros. Necesitaría un ejército de sombras que supiera cuándo golpear. Y Atraeus, el arquitecto de silencios, estaba más que dispuesto a construirlos desde la nada.

El camino hacia la venganza estaba pavimentado con los cuerpos de aquellos que subestimaban a un bastardo con un propósito. Y esa noche, bajo la mirada impasible de la luna, Atraeus Kade había dejado de ser una sombra para convertirse en el eclipse que devoraría el sol de Vesperia.

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