Valentina Cruz es una abogada brillante, sarcástica y que no se deja intimidar por nadie. Cuando entra a trabajar para Alejandro Montero, el CEO más poderoso y arrogante del país, chocan de inmediato. Acostumbrado a mandar y a que todos obedezcan, Alejandro encuentra en ella a la única persona que se atreve a desafiarlo, corregirlo y... ponerlo en su lugar.
Entre órdenes que no se cumplen, miradas cargadas de tensión y situaciones cómicas, nace una guerra de poder donde nadie quiere ceder. Pero lo que empieza como una batalla de voluntades se convierte en una atracción irresistible.
¿Podrá el hombre que siempre controló todo aprender a dejar que ella lleve las riendas?
Una historia de amor, humor y pasión donde la verdadera dominación es amar sin miedo.
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Capítulo 7: La Danza de la Negociación
La mañana siguiente al casi-beso en la suite fue, como era de esperar, tensa. Valentina se despertó con una mezcla de satisfacción y un ligero remordimiento. Había puesto límites, sí, y Alejandro había reaccionado con una mezcla de respeto y promesa de persecución. Eso era bueno. Pero el recuerdo de sus labios, de su cuerpo tan cerca del suyo, la perseguía.
Bajó a desayunar al comedor del hotel, esperando encontrar a Alejandro en una de sus típicas poses de CEO impenetrable. En cambio, lo encontró en una mesa apartada, con el ceño fruncido sobre una pila de documentos y una taza de café. Al verla, levantó la vista, y por un instante, su mirada fue diferente: había un destello de la pasión de la noche anterior, rápidamente enmascarado por su profesionalismo habitual.
— Buenos días, Cruz — dijo, su voz firme pero sin el tono cortante de siempre.
— Buenos días, señor Montero — respondió ella, intentando mantener la compostura.
Se sentó frente a él, y por primera vez, el desayuno fue silencioso. No había necesidad de palabras. La conversación de anoche, el beso interrumpido, lo había cambiado todo. Ahora había un entendimiento tácito entre ellos, una línea invisible que habían reconocido, aunque no cruzado.
La primera reunión con los socios argentinos fue un desastre controlado. La empresa local, "Gaucho S.A.", era una corporación familiar con décadas de historia, orgullosa y, a veces, un tanto obtusa. Su CEO, un hombre mayor de maneras muy tradicionales, parecía más interesado en el ritual de la negociación que en los detalles del contrato.
Alejandro, con su estilo directo y pragmático, chocó de inmediato con el enfoque indirecto y ceremonioso de Gaucho S.A. Valentina observó la dinámica, analizando la situación como una jugadora de ajedrez experimentada. Sabía que la fuerza bruta de Alejandro no iba a funcionar aquí. Necesitaban otra estrategia.
En un receso, Alejandro la llamó a un lado.
— Esto es ridículo, Valentina. Estamos perdiendo el tiempo. Quieren marear la perdiz.
— No, señor Montero — replicó ella, con su tono tranquilo pero firme. — Quieren conocerte. Quieren ver si eres digno de su confianza. Su cultura de negocios es más personal, más relacional. No es solo un contrato; es una sociedad. Y usted está siendo demasiado... Montero.
Él la miró, irritado.
— ¿Y qué quieres que haga? ¿Que les recite poemas?
— No estaría mal un poco de encanto, señor Montero — dijo ella, con una media sonrisa. — Pero para empezar, relájese. Escuche más, hable menos. Y lo más importante, déjeles ver que valora su historia, su tradición.
Durante la siguiente sesión, Valentina tomó la delantera. Con un español fluido y un conocimiento sorprendente de la cultura argentina (había pasado la noche anterior estudiando su historia y costumbres), comenzó a tejer una red de conexiones. Habló de la importancia de la familia en los negocios, de la calidad de los productos argentinos, e incluso hizo un par de bromas sobre el fútbol que arrancaron sonrisas a los serios ejecutivos de Gaucho S.A.
Alejandro, para su sorpresa, la dejó hacer. Observó cómo Valentina, con su gracia y su inteligencia, desarmaba las barreras que él había levantado. La vio reír con ellos, compartir anécdotas, y poco a poco, los nudos se fueron desatando.
Al final del día, salieron de la reunión con una invitación a cenar en casa del CEO de Gaucho S.A. Un honor que Alejandro nunca habría conseguido por sí mismo.
— Bien jugado, Cruz — dijo él en el coche, mientras regresaban al hotel. Había un matiz de admiración en su voz que ella nunca antes había escuchado.
— Es mi trabajo, señor Montero — respondió ella, sintiendo una punzada de orgullo.
— Es más que tu trabajo, Valentina. Es... una habilidad. Tienes el don de hacer que la gente confíe en ti.
Esa noche, en la cena, la "farsa" de su compromiso fue un activo invaluable. La esposa del CEO de Gaucho S.A., una mujer vivaz y curiosa, se dedicó a interrogar a Valentina sobre su relación con Alejandro. Y Valentina, con una sonrisa encantadora y una facilidad para inventar historias románticas que la sorprendió a sí misma, tejió una narrativa creíble de cómo el frío CEO de Montero Tower había caído rendido a sus pies.
Alejandro, por su parte, se dedicó a jugar su papel de "enamorado". La miraba con adoración (o al menos, lo intentaba), le sostenía la silla, le llenaba la copa de vino. Incluso, para sorpresa de todos, se animó a bailar un tango improvisado con ella en el salón, un baile torpe pero lleno de una química innegable que hizo las delicias de sus anfitriones.
La cena fue un éxito rotundo. Las risas, el vino y la calidez de la hospitalidad argentina derritieron la última de las reservas de Gaucho S.A. Cuando se despidieron, la firma del contrato parecía una mera formalidad.
En el coche de regreso al hotel, el silencio era diferente. Era un silencio cómplice, el de dos personas que habían compartido una experiencia intensa y la habían superado juntos.
— ¿Tango, señor Montero? ¿Quién lo hubiera dicho? — bromeó Valentina.
Él sonrió, un brillo en sus ojos.
— Aprendo rápido cuando tengo una buena maestra. Y tengo que admitir, no estuvo tan mal.
— Tenía su encanto — concedió ella. — Aunque le falta un poco de pasión.
Alejandro la miró, y la intensidad de su mirada la hizo temblar.
— ¿Pasión? ¿Quieres que te muestre pasión, Valentina?
Ella sintió un rubor subir por sus mejillas. El juego de la noche anterior, la promesa de la persecución, había vuelto.
— En el baile, señor Montero — dijo ella, intentando sonar profesional. — En el baile.
Él no dijo nada más, pero su mano se deslizó por el reposabrazos del coche, rozando la suya. Un toque fugaz, pero cargado de significado.
Al llegar a la suite, la tensión se había vuelto tangible. Ambos sabían que la noche anterior, su decisión de detenerse había sido la correcta. Pero ahora, después de la cena, del baile, de la cercanía, la atracción era casi insoportable.
Entraron en la sala de estar. Alejandro se sirvió un whisky, y Valentina un vaso de agua. La habitación, tan lujosa, parecía encogerse a su alrededor.
— Entonces, la misión está casi cumplida — dijo ella, intentando desviar la conversación hacia el trabajo. — Mañana firmamos.
— Sí, mañana firmamos — repitió él, pero sus ojos estaban fijos en ella, no en el contrato. — Y luego regresaremos a Montero Tower. Y a la farsa.
Valentina se encogió de hombros.
— Es lo que es.
— No lo es, Valentina — Alejandro dejó su vaso en la mesa y se acercó a ella. — Ya no es solo una farsa. No para mí.
Ella sintió un nudo en el estómago. Sabía adónde iba esto. Y una parte de ella, la parte más salvaje y menos racional, lo deseaba.
— Alejandro... — comenzó ella, pero él la interrumpió.
— Sé lo que dijiste anoche. Y lo respeto. Respeto tu fuerza, tu inteligencia, tu integridad. Pero también sé lo que siento cuando estoy contigo. Y no es solo el deseo de ganar una negociación.
Se detuvo frente a ella, sus ojos grises buscando los suyos. El aire estaba cargado de expectación.
— Me fascinas, Valentina. Me irritas hasta el límite y luego me sorprendes con tu brillantez. Me sacas de quicio y me haces reír como nadie. Y me siento... diferente contigo. Más humano. Menos Montero.
Valentina no supo qué decir. Sus palabras la habían golpeado en el centro del corazón. El hombre frío y calculador que había conocido se estaba abriendo a ella, mostrando una vulnerabilidad que no imaginaba.
— Yo... no sé qué decir — murmuró ella.
— No tienes que decir nada — él estiró una mano y suavemente acarició su mejilla. — Solo... siente.
Y entonces la besó de nuevo. Esta vez no fue un beso de arrebato, sino uno lento, tierno, lleno de una emoción contenida que se desbordaba. Ella respondió, sus manos subiendo hasta su cuello, enredándose en su cabello. El beso se profundizó, volviéndose más apasionado, más intenso, sin la prisa de la noche anterior, sino con la certeza de un camino que ambos estaban dispuestos a recorrer.
Se separaron, jadeando, sus frentes apoyadas una contra la otra.
— Esto es más peligroso de lo que pensaba — susurró Valentina.
— Mucho más — respondió Alejandro, sus ojos brillando con una luz que no era solo deseo, sino algo más profundo. — Pero... ¿estás dispuesta a correr el riesgo conmigo?
Ella lo miró a los ojos, y en su mirada, vio no solo la farsa, sino una oportunidad. Una oportunidad para algo real, algo que no había buscado, pero que ahora, de repente, anhelaba.
— Estoy dispuesta — dijo, y lo besó de nuevo, sellando la promesa de una nueva danza, una danza de dos, donde las reglas del juego acababan de cambiar para siempre.