Akiro llevaba una vida aburrida, refugiándose en novelas BL e isekai… hasta que es invocado por error a un mundo de magia, dragones y aventureros.
Sin habilidades especiales ni destino heroico, deberá sobrevivir usando su ingenio y conocimientos de su antiguo mundo.
Mientras se adapta a esta nueva realidad y conoce el fascinante funcionamiento de la magia y la alquimia, Akiro empieza a notar algo inquietante: Kael, un aventurero experimentado, parece prestarle demasiada atención.
Entre batallas, malentendidos y momentos incómodamente cercanos, Akiro intentará negar unos sentimientos que jamás pensó vivir.
Después de todo… esto solo debía ser una historia, no su realidad.
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Capítulo 23: Confesiones bajo la lluvia de estrellas
La noche cayó sobre el valle, y la guild estaba silenciosa.
Las luces mágicas parpadeaban suavemente, y las estrellas empezaban a asomarse entre la niebla. Yo no podía dejar de pensar en lo que había pasado la noche anterior: el primer baile, el primer beso… y la sensación cálida que todavía me recorría el pecho.
Kael estaba a mi lado, tranquilo, como siempre, pero podía sentirlo. Su respiración un poco más rápida, sus dedos apenas rozando los míos… todo me hacía sentir que mi corazón podía salirse del pecho.
—Es… extraño —susurré, mirando hacia las estrellas que se reflejaban en los charcos del valle—. Todo se siente diferente ahora.
Kael me miró de reojo, serio, y luego ladeó la cabeza como si estuviera evaluando algo invisible.
—¿Diferente cómo? —preguntó con suavidad.
—No lo sé —admití—. Como si… ya no pudiera imaginarme estar lejos de ti.
Él tragó saliva, y un ligero rubor apareció en sus mejillas, algo que rara vez mostraba.
—Akiro… —dijo finalmente, usando mi nombre de una manera que me hizo sentir vulnerable y protegido al mismo tiempo—. Yo… tampoco quiero estar lejos de ti.
El silencio nos envolvió. Solo el murmullo del viento entre los árboles y el suave crujir de la hierba bajo nuestros pies.
Mi pecho se aceleró.
—Kael… —dije, casi sin voz—. Antes… cuando me besaste…
Él cerró los ojos un segundo, y mi corazón dio un vuelco.
—Lo recuerdo —murmuró—. Cada detalle. No lo olvidaré.
Sin pensarlo, di un paso más cerca.
Mi mano rozó la suya. No era solo un contacto físico. Era algo más: seguridad, calor, promesa.
—Me gustas —susurré—. Mucho.
Kael abrió los ojos, y por un instante, todo a nuestro alrededor desapareció.
—Ya lo sabía —dijo, con esa voz grave que me hacía temblar—. Tenía miedo de que no me dejaras acercarme…
—No… —balbuceé, sonrojado hasta las orejas—. No… no voy a dejarte.
Él sonrió apenas, un gesto pequeño, pero que iluminó todo mi mundo.
—Entonces… quédate conmigo, Akiro. Siempre.
Mi corazón se detuvo por un segundo.
—Sí —susurré—. Siempre.
Y entonces, bajo la lluvia de estrellas, Kael me abrazó con cuidado, como si pudiera romperme con un solo movimiento.
No había palabras. Solo latidos sincronizados, calor compartido y el miedo de que este momento terminara.
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Mientras nos quedábamos abrazados, la brisa mecía los mechones de mi cabello, y las estrellas parecían brillar más cerca. No podía evitar observar cada detalle de Kael: la línea de su mandíbula, el brillo de sus ojos, la forma en que su mano me sostenía como si yo fuera frágil cristal.
—E-ellos nos están mirando… —dije, bajando la cabeza y escondiendo mi rubor.
Kael rió suavemente, un sonido que hizo que se me escapara un pequeño suspiro involuntario.
—Que miren —susurró—. No pienso soltarte otra vez.
Intenté apartarme un poco, nervioso, pero él me sostuvo firmemente.
—No… no me dejes —susurré, y fue como si esas palabras tuvieran un poder propio.
Su sonrisa se suavizó.
—Nunca lo haré.
Caminamos despacio bajo las estrellas, tomados de la mano, y cada paso me parecía más seguro que el anterior.
Me reí al tropezar con una raíz, y Kael simplemente me sostuvo la cintura para evitar que cayera.
—¿Siempre eres tan torpe? —preguntó, con un toque de humor que me hizo sonreír aún más.
—¡No! Solo… estoy distraído —balbuceé, ruborizándome al sentirlo tan cerca.
Nos detuvimos cerca de un pequeño arroyo que reflejaba la luz de la luna. Kael soltó mi mano por un momento, solo para recoger un guijarro brillante y lanzarlo al agua.
—Es hermoso —dijo, y miró hacia mí—. Pero no tanto como esto.
No entendí al principio, pero luego sus ojos se encontraron con los míos.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Esto… esto es una confesión? —pregunté, nervioso.
—Sí —respondió, sin apartar la mirada—. No puedo ocultarlo más.
Mis piernas temblaron un poco, y mis alas brillaron con un destello suave.
—Yo… yo también… —traté de decir—. Pero… no sé si…
—Shh —susurró, acercándose—. No importa. Solo quédate aquí. Conmigo.
Y allí, bajo la lluvia de estrellas, nuestras manos se entrelazaron de nuevo, nuestros rostros se acercaron, y supe que nada podría separarnos mientras estuviéramos juntos.