“El misterio de las dos hermanas y los gemelos comienza cuando una oscuridad ancestral marca a una de ellas, mientras los hermanos descubren que su destino está ligado a dos lunas muy distintas que podrían salvar… o destruir… el bosque.” 🌒✨
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La ciudad que susurra
El tercer día en la ciudad comenzó diferente.
No había sol brillante entrando por la ventana. El cielo estaba cubierto por nubes grises que apagaban los colores de los edificios. Alison abrió los ojos con una sensación extraña en el pecho, como si algo la hubiera estado observando mientras dormía.
Miró hacia la cama de Alisa.
Su hermana también estaba despierta.
—¿Dormiste? —preguntó Alison en voz baja.
Alisa dudó.
—No mucho.
Ninguna mencionó los susurros. Ninguna habló del leve eco que ambas habían sentido durante la madrugada.
Su padre intentó mantener la normalidad.
—Hoy vamos a recorrer la ciudad completa —anunció mientras bajaban al lobby del hotel—. Nada de quedarse encerradas.
Alison forzó una sonrisa. Alisa asintió.
Salieron a la calle y el ruido urbano las envolvió como una corriente constante.
Autos, voces, música lejana. Todo parecía vivo. Y aun así, Alison sentía que algo caminaba justo detrás de ella… aunque al voltear no hubiera nadie.
El padre las llevó nuevamente a las motos. El plan era recorrer barrios distintos, cruzar puentes altos y llegar hasta una avenida que bordeaba el río.
—El viento despeja la mente —dijo él.
Alison encendió la moto. El motor vibró bajo sus manos. Siempre le había gustado esa sensación. Era concreta. Real. No como la oscuridad, que era intangible y silenciosa.
Comenzaron a rodar.
El viento golpeó sus chaquetas y movió su cabello. Durante los primeros minutos, Alison logró sentirse libre otra vez. Aceleró en una recta amplia y sintió esa chispa de adrenalina recorrerla.
Pero entonces ocurrió algo.
Al pasar bajo un puente, su sombra se proyectó larga sobre el asfalto… y por un segundo no siguió el movimiento de su cuerpo.
Se retrasó.
Fue apenas un instante.
Alison apretó el manillar con fuerza.
—No es real —se dijo.
Alisa, unos metros atrás, sintió un escalofrío repentino. Su luz interior vibró, como si respondiera a algo invisible.
Cruzaron el puente y llegaron a una zona más abierta de la ciudad. El río corría tranquilo al costado, reflejando el cielo gris.
Se detuvieron para descansar.
Alisa se quitó el casco y miró a su hermana.
—¿Lo sentiste?
Alison evitó su mirada.
—¿Sentir qué?
El silencio entre ellas fue breve… pero pesado.
El padre las observaba con atención.
Notaba la tensión. No entendía su origen, pero sabía que algo no estaba bien.
Continuaron el recorrido. Esta vez tomaron una avenida larga rodeada de edificios altos. El eco de los motores rebotaba en las paredes de concreto.
Y entonces, Alison lo escuchó.
Una voz.
No en sus oídos. En su mente.
“Ella te limita.”
La marca ardió.
Alison perdió el equilibrio por un segundo.
La moto se tambaleó, pero logró estabilizarla.
Alisa frenó junto a ella.
—¡¿Qué pasó?!
—Nada —respondió rápido—. Solo un bache.
Pero no había baches.
La voz regresó, más suave.
“Sin ella serías completa.”
Alison respiró profundo, intentando bloquearla.
A pocos kilómetros de allí, la entidad que había nacido en el bosque intentaba extender su influencia. La ciudad debilitaba su forma, pero no su intención.
No quería destruirlas.
Quería dividirlas.
El padre decidió llevarlas a una carretera elevada que cruzaba sobre parte de la ciudad. Desde allí, el paisaje era amplio y el viento más fuerte.
—La última parte del recorrido —dijo—.
Luego almorzamos.
Subieron nuevamente a las motos.
El cielo comenzó a oscurecer ligeramente, aunque todavía era temprano. Nubes más densas cubrieron el sol.
Alison sentía la marca arder con cada kilómetro.
Alisa, en cambio, sentía su luz inestable. Cuando intentaba concentrarse, esta no fluía como antes.
En medio del puente elevado ocurrió lo inesperado.
La sombra de Alison se extendió sobre el pavimento… y esta vez sí se movió antes que ella.
Fue un movimiento mínimo, pero real.
Alisa lo vio.
—Alison…
En ese instante, una ráfaga de viento cruzó la carretera. Las motos se sacudieron. El padre giró la cabeza preocupado.
Alison sintió que algo la empujaba hacia un lado, como si su propio cuerpo no estuviera completamente bajo su control.
La voz volvió.
“Aléjate de ella.”
La marca brilló oscuramente bajo su chaqueta.
Alisa reaccionó instintivamente. Extendió una mano mientras conducía, y un destello tenue salió de sus dedos. No fue intenso. No fue deslumbrante. Pero fue suficiente para tocar la sombra proyectada en el suelo.
Por un segundo, luz y oscuridad chocaron.
El aire vibró.
Las motos se estabilizaron.
El padre frenó más adelante y las obligó a detenerse.
—¿Qué está pasando? —exigió.
Alison respiraba agitada.
Alisa la miraba con miedo.
—No sé —susurró Alison.
Pero en el fondo sí lo sabía.
La oscuridad estaba creciendo.
Y estaba intentando empujarla lejos de su hermana.
El resto del recorrido fue silencioso. Regresaron al hotel sin música, sin risas, sin competencia amistosa.
La ciudad ya no se sentía tan ligera.
Esa tarde, mientras caminaban por una plaza, Alison notó algo más: su reflejo en una vitrina tardó una fracción de segundo en imitar su movimiento.
Alisa también comenzó a escuchar murmullos leves cuando se alejaba más de unos pasos de su hermana.
No eran imaginaciones.
Era manipulación.
En el camino hacia la ciudad, muy lejos de allí, Jael se detuvo abruptamente durante la noche.
Un dolor seco le atravesó el pecho.
—Se están debilitando —murmuró.
Dael lo miró alarmado.
—No físicamente. Algo más.
La conexión que sentían ya no era estable.
Era como si una grieta invisible comenzara a abrirse.
En la habitación del hotel, Alison y Alisa permanecieron en silencio.
No discutieron.
Pero tampoco hablaron.
La entidad susurró por última vez esa noche:
“Separadas… caerán.”
Alison se sentó en la cama, abrazando sus rodillas.
Alisa miraba la luna entre las cortinas entreabiertas.
El miedo ya no era una idea lejana.
Era real.
La ciudad no era un refugio absoluto.
Y por primera vez desde que llegaron, ambas sintieron que la oscuridad no solo quería alcanzarlas…
Quería ponerlas una contra la otra.
El viaje que comenzó como libertad ahora se estaba convirtiendo en una prueba.
Y la grieta apenas empezaba a abrirse.