No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 16
—¿Tú… Edward? —balbuceó Arya.
Él no respondió de inmediato. Su mano seguía firme alrededor de su brazo, sosteniéndola con la misma solidez con la que se sostiene algo que no se puede permitir caer. Sus ojos descendieron despacio, evaluando el tobillo inflamado, las rodillas raspadas, la tensión evidente en su postura.
No había frialdad en su mirada ahora. Había algo más severo. Concentrado.
—¿Qué estabas intentando hacer? —repitió, más bajo.
—Ir a la enfermería —respondió ella, intentando recuperar compostura—. Sueltame no necesito—
—Lo mismo que tú hiciste aquella vez —la interrumpió.
Arya frunció el ceño.
—¿Qué?
—Ayudar —dijo él con simpleza—. Aunque yo no lo pidiera.
El recuerdo la golpeó, su terquedad, la manera en que lo obligó a aceptar cuidados que él no quería admitir que necesitaba.
—No es lo mismo —protestó.
Pero Edward ya había tomado una decisión.
Sin pedir permiso, deslizó un brazo por detrás de su espalda y el otro bajo sus rodillas. La levantó con una facilidad insultante, como si no pesara más que un abrigo.
Arya soltó un leve jadeo de sorpresa.
—¡Edward! ¡Bájame! No necesito que me cargues.
Él comenzó a caminar sin alterar el ritmo.
—Sí lo necesitas.
—No.
—No puedes apoyar el pie.
La seguridad en su voz la enfureció más que cualquier ironía.
—Eso no te da derecho a— a intervenir así.
Él no respondió. Solo ajustó el agarre cuando ella intentó moverse, asegurándose de que no perdiera estabilidad. La cercanía era inevitable: el pulso de Edward firme bajo su mejilla, el olor leve a madera y viento frío impregnado en su ropa.
La llevaba con tanta naturalidad que resultaba absurdo. Como si fuera lo más lógico del mundo.
Arya apretó los labios, negándose a distraerse con ese detalle.
—Esta mañana apenas podías mirarme —espetó—. Y ahora haces esto. No tiene sentido.
Él siguió avanzando por el pasillo vacío.
—No todo necesita tu aprobación para tener sentido.
Antes de que pudiera replicar, ya estaban frente a la enfermería.
Empujó la puerta con el hombro y la depositó sobre la camilla con cuidado controlado. Solo entonces la soltó.
Arya se incorporó ligeramente, el orgullo herido ardiendo más que las rodillas.
—No deberías hacer esto por alguien a quien consideras “molesto”.
Las palabras salieron más afiladas de lo que había planeado. Eran las mismas que él había usado esa mañana.
Edward la miró en silencio.
Un segundo.
Dos.
Luego dio un paso adelante.
Apoyó ambas manos en la camilla, una a cada lado de ella, cerrando el espacio. No la tocaba, pero la cercanía era innegable. Arya sintió su propia respiración volverse superficial.
Él se inclinó apenas.
Arya contuvo el aire sin saber por qué.
—Justamente por eso —murmuró.
Su voz no era dura. Tampoco burlona.
—Porque me resultas molesta.
El silencio que siguió fue extraño. Denso.
En sus palabras no había desprecio. Había algo mucho más complicado. Algo que la descolocó por completo.
Arya sabía distinguir un insulto cuando lo oía. Y aquello no lo era.
Por eso no pudo responder.
Edward se apartó apenas y, sin romper del todo la cercanía, se agachó frente a ella. Sus manos —grandes, ásperas, marcadas por años de entrenamiento— tomaron su tobillo con una delicadeza inesperada.
Desató el zapato con cuidado y lo retiró.
Arya observó cada movimiento, perpleja. Él sostenía su pie como si fuera algo frágil, examinando la inflamación con concentración meticulosa.
Sus dedos presionaron suavemente alrededor de la articulación.
Arya se tensó.
—Dime si duele demasiado.
La instrucción fue casi suave.
Presionó en un punto específico.
Ella inhaló con fuerza.
—Ahí…
Edward asintió levemente.
—Sí… es un esguince —murmuró.
No había dramatismo en su tono. Solo certeza.
Antes de que pudiera decir algo más, la puerta de la enfermería se abrió con un sonido firme.
El médico de guardia entró, deteniéndose al ver la escena: Arya sentada en la camilla, Edward arrodillado frente a ella sosteniendo su tobillo con absoluta concentración.
Hubo un breve silencio cargado de interpretación.
—Veo que me han adelantado el trabajo —comentó el médico con una ligera curva en los labios.
Edward soltó el tobillo con cuidado, incorporándose de inmediato. Su expresión volvió a esa neutralidad casi impenetrable.
El comedor vibraba con el murmullo habitual, vajilla chocando con suavidad, conversaciones cruzadas, risas contenidas bajo normas de etiqueta. Sin embargo, en una de las mesas, la ausencia era evidente.
—Dijo que estaba bien —insistía Annie, intentando sonar convincente—. Solo fueron unos raspones. Iba a la enfermería y luego vendría.
Giselle frunció el ceño.
—No puedo estar tranquila hasta comprobarlo por mí misma.
Ferdinand apoyó las manos sobre la mesa, inquieto.
—¿Se cayó fuerte?
—No tanto… bueno, sí, pero—
Giselle ya se estaba levantando.
—Voy a ver cómo está.
En ese mismo instante, una conversación cercana se filtró entre el ruido general.
—…cuando venía hacia el comedor lo vi —decía un estudiante con tono curioso—. Edward von Reinenhart llevaba a una joven en brazos rumbo a la enfermería. Bastante herida debía estar para que él interviniera. No es precisamente… considerado.
El nombre cayó como una piedra en agua quieta.
Ferdinand, Annie, Leonardo y Giselle se pusieron de pie casi al mismo tiempo.
Pero quien sorprendió a todos fue August.
La silla se deslizó hacia atrás con un sonido seco. Su postura era erguida, controlada… pero sus ojos no.
—¿Cómo era esa joven? —preguntó con calma que no alcanzaba a ocultar la tensión.
El estudiante parpadeó, confundido por el interés.
—Cabello negro… creo que es esa chica de la orientación de medicina…
No terminó la frase.
August ya estaba caminando hacia la salida. No apresuró el paso, no corrió. Pero cada movimiento suyo era directo, decidido.
Los demás lo siguieron.
El murmullo en el comedor creció en una ola baja de comentarios.
Desde otra mesa, Natalie von Steinbruk observaba la escena en absoluto silencio, la mirada dorada fija en la puerta por la que habían salido.
—Qué escándalo… —comentó Silvana con ligereza calculada—. Por una plebeya. Parece que no es un interés momentáneo...
Natalie giró apenas el rostro hacia ella.
La mirada fue suficiente.
—Upsss. Lo siento —añadió Silvana, cubriéndose la boca con una sonrisa que no era disculpa.
La puerta de la enfermería se abrió de golpe.
Arya alzó la vista, sorprendida.
El médico terminaba de asegurar el vendaje alrededor de su tobillo, firme pero sin excesiva presión.
En una esquina, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, Edward observaba en silencio.
August fue el primero en entrar.
Su mirada recorrió la escena con rapidez: el vendaje, las rodillas raspadas, la palidez leve en el rostro de Arya. Solo entonces pareció respirar.
Luego vio a Edward.
Sus ojos se encontraron.
No hubo saludo. No hubo gesto. Solo un cruce de miradas cargado de cosas que ninguno verbalizó.
—¿Qué hacen todos aquí…? —preguntó Arya, desconcertada.
August ya estaba frente a ella.
—¿Qué ocurrió? ¿Estás bien? ¿Te duele? —preguntó sin filtro, la preocupación sin disfraz.
Giselle se acercó de inmediato, tomando una de las manos de Arya.
—¿Por qué no avisaste que fue algo más serio?
—No es serio —insistió Arya, sonriendo con suavidad al verlos a todos allí—. Es solo un esguince.
Ferdinand suspiró con alivio. Leonardo observaba el vendaje con atención crítica, como evaluando si estaba correctamente hecho.
El médico intervino con voz profesional.
—Reposo, hielo y nada de apoyar el pie por unos días.
Arya asintió.
En medio de la concentración de voces y preguntas, Edward se separó de la pared.
No dijo nada.
Atravesó el grupo con paso tranquilo.
Arya lo siguió con la mirada.
Quería decir algo. Un gracias. Una palabra que rompiera la aspereza que aún quedaba entre ellos.
Pero Giselle estaba preguntando por el dolor, Ferdinand discutiendo sobre traerle algo del comedor, Annie disculpándose por haberla dejado sola, Leonardo sugiriendo muletas.
El espacio se llenó de voces superpuestas.
Edward llegó a la puerta.
August lo vio moverse. Sus ojos lo siguieron sin disimulo.
Por un instante breve, casi imperceptible, Edward se detuvo. No miró a nadie en particular. Pero su mirada descendió apenas hacia Arya.
Un segundo.
Luego salió.
La puerta se cerró con un sonido contenido.
Arya sintió un vacío extraño en el pecho.
—Arya —la voz de August la trajo de vuelta—. ¿Intentaste caminar sola?
Ella dudó apenas.
—Sí…
La mandíbula de August se tensó.
—No deberías hacer eso.
Había preocupación genuina en su tono, pero también algo más, una sombra de algo que no sabía nombrar.
Giselle intervino con suavidad.
—Lo importante es que estás bien.
Arya sonrió otra vez, aunque por dentro todo estaba menos claro de lo que aparentaba.
Entre la preocupación de unos… y el silencio de otro, su mundo se estaba volviendo más complicado de lo que jamás había planeado.