🩺 Código Rojo
En Altavalle, los errores no se corrigen.
Se pagan.
El Dr. Thiago Ferrer es el neurocirujano más temido y respetado del Hospital Central. Su pulso nunca tiembla. Su autoridad nunca se cuestiona. Y jamás ha permitido que una emoción interfiera en su trabajo.
Hasta que una cirugía cambia todo.
La Dra. Emilia Duarte, residente brillante y orgullosa, queda en el centro de un procedimiento que termina en escándalo. Una familia influyente exige culpables. La prensa huele sangre. El hospital necesita un sacrificio.
Pero Thiago no está dispuesto a perderla.
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Titulares
Emilia despertó con el teléfono vibrando sin parar.
Mensajes. Notificaciones. Llamadas perdidas.
Tardó unos segundos en comprender.
Luego abrió el primer enlace.
El titular la dejó sin aire:
“Relación secreta entre cirujanos involucrados en muerte hospitalaria: ¿conflicto de interés encubierto?”
El artículo no afirmaba.
Insinuaba.
Eso era peor.
Fotos de archivo. Su nombre completo. El de Thiago. La fecha de la cirugía de Hernán Ibarra. Y una línea cuidadosamente venenosa:
“Fuentes internas aseguran que la cercanía entre ambos médicos pudo influir en decisiones críticas durante el procedimiento.”
Emilia sintió náusea.
No por vergüenza.
Por rabia.
El teléfono volvió a vibrar.
Thiago.
—¿Lo viste? —preguntó él apenas contestó.
—Sí.
Su voz estaba demasiado calma.
Eso lo alarmó.
—No es casualidad —dijo él.
—No.
Silencio.
Luego:
—Voy para allá.
—No —respondió ella inmediatamente.
—Emilia—
—No llegues furioso. Eso es lo que esperan.
Pero ya estaba en camino.
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En menos de una hora, el hospital era un hervidero.
Cámaras en la entrada. Periodistas preguntando. Personal administrativo negando declaraciones.
El artículo se había replicado en dos portales más.
Ninguno acusaba directamente.
Pero todos sugerían.
“¿Influyó la relación sentimental en la toma de decisiones?” “¿Fue encubierta la cercanía entre jefe y residente?” “¿Comprometió esto la objetividad clínica?”
La palabra clave no era negligencia.
Era favoritismo.
Y eso en el mundo médico… destruye reputaciones.
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Thiago llegó al departamento.
Entró sin tocar.
La encontró sentada en la mesa del comedor, el portátil abierto, el artículo en pantalla.
No estaba llorando.
Estaba leyendo cada palabra con precisión quirúrgica.
—Van a intentar separarnos —dijo ella sin mirarlo.
Él se acercó lentamente.
—No pueden.
—No legalmente.
Ella levantó la mirada.
—Pero pueden hacerlo emocionalmente.
Esa frase golpeó distinto.
Thiago tomó el portátil y cerró la pantalla.
—Mírame.
Emilia lo hizo.
—¿Te arrepientes? —preguntó él.
No era la primera vez que lo decía. Pero ahora el contexto era distinto.
Ella negó con firmeza.
—No.
—Entonces lo demás es ruido.
Pero no lo era.
Porque el daño mediático no es inmediato. Es progresivo.
Y ella lo sabía.
—Soy residente —susurró—. Mi carrera apenas comienza. Esto me marca.
Thiago sintió algo nuevo.
Culpa.
No por amarla.
Por haberla arrastrado al centro de fuego.
—Si quieres tomar distancia pública —dijo con voz baja— lo entenderé.
El silencio que siguió fue largo.
Emilia se puso de pie.
Se acercó a él.
—No me uses para justificar tu sacrificio.
La intensidad en sus ojos lo obligó a quedarse quieto.
—No voy a fingir que no te amo para que la prensa se calme.
Su voz temblaba apenas.
—Pero tengo miedo.
Ahí estaba la verdad.
No de perderlo.
De perderlo todo.
Thiago apoyó su frente contra la de ella.
—Esto es una estrategia de distracción.
—Lo sé.
—Quieren que la conversación deje de ser presión administrativa y pase a ser romance inapropiado.
Ella cerró los ojos.
—Y funciona.
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A media mañana, el hospital emitió comunicado oficial.
Breve. Calculado.
“El Hospital Central de Altavalle reitera su compromiso con la ética profesional. Se encuentra en evaluación interna cualquier posible conflicto de interés relacionado con el caso en curso.”
No los defendía. No los condenaba.
Los dejaba expuestos.
Eso era peor.
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El teléfono de Emilia volvió a sonar.
Número desconocido.
Contestó.
—Doctora Duarte, ¿puede confirmar si su relación con el doctor Ferrer inició antes o después de la cirugía del señor Ibarra?
Colgó.
Las manos le temblaban ahora.
Thiago vio el cambio.
La abrazó.
Esta vez ella sí se aferró.
—Esto ya no es profesional —murmuró contra su pecho.
—Lo sé.
—Nos están desnudando públicamente.
Él respiró profundo.
—Entonces respondemos.
Ella se separó.
—¿Cómo?
Thiago la miró con decisión.
—No escondiéndonos.
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Esa tarde, sin previo aviso, Thiago publicó un comunicado personal.
No a través del hospital. No a través de abogados.
Directo.
“Mi relación con la doctora Emilia Duarte es personal y comenzó después del caso quirúrgico en cuestión. Ninguna decisión médica fue influenciada por vínculo emocional alguno. Mantengo plena responsabilidad ética por mis actos profesionales.”
Claro. Breve. Directo.
Emilia lo leyó.
—Te estás exponiendo más.
—Ya estamos expuestos.
Pero el movimiento tuvo efecto inesperado.
Comentarios de apoyo comenzaron a aparecer. Pacientes agradecidos. Colegas defendiendo su integridad.
No todos.
Pero suficientes.
La narrativa dejó de ser unidireccional.
Ahora había discusión.
Y eso incomodaba a la administración.
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Esa noche, cuando por fin el ruido bajó un poco, Emilia estaba exhausta.
No físicamente.
Emocionalmente.
Se sentó en el borde de la cama.
—¿Sabes qué es lo que más duele? —preguntó.
—¿Qué?
—Que intenten reducir todo lo que siento por ti a una estrategia sucia.
Thiago se acercó.
Se arrodilló frente a ella.
Tomó sus manos.
—No pueden tocar lo que no entienden.
Ella lo miró.
—Y si esto nos cambia…
Él sostuvo su mirada con una intensidad distinta.
No protectora. No estratégica.
Humana.
—Ya nos cambió.
Silencio.
—Pero no para debilitarnos.
Sus labios se encontraron lentamente.
No fue pasión urgente.
Fue refugio.
Necesitaban sentirse reales.
No titulares.
No rumores.
Solo ellos.
La tensión externa hacía que cada contacto se sintiera más necesario.
Más profundo.
No como escape.
Como ancla.
Pero mientras se sostenían en esa habitación…
En la oficina del director general, alguien decía una frase peligrosa:
“Si la exposición mediática no los separa… tendremos que forzar una decisión contractual.”
La guerra había dejado de ser ética.
Ahora era reputacional.
Y cuando la reputación está en juego…
La siguiente jugada suele ser irreversible.
culpa 👀 deseo /Drool/