Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 3: El Peso del Cristal y el Frío del Metal
La primera semana de Leo en Aether Soft fue un choque cultural y sensorial. Adrián no le había asignado un cubículo común; lo había instalado en una oficina técnica acristalada, justo un piso debajo de la suya.
Para Leo, el cambio fue abrumador. Pasar de fregar suelos y cargar cajas bajo el sol a sentarse en una silla ergonómica frente a tres monitores de última generación le generaba una extraña sensación de vértigo. Pero lo más difícil no era el trabajo —el código era un lenguaje que él dominaba con la fluidez de un poema—, sino el control de sus propias feromonas. En este edificio, todo era tan pulcro que su eucalipto, aunque fuera fresco, se sentía como una mancha de aceite en un lienzo blanco cada vez que se ponía nervioso.
El miércoles por la tarde, Adrián bajó a supervisar los avances. No necesitaba hacerlo; podía ver los repositorios de código desde su despacho, pero su instinto Omega lo empujaba hacia abajo, buscando esa nota de eucalipto que lo había obsesionado desde el primer día.
Al entrar en la oficina de Leo, Adrián se detuvo en seco. El aire estaba saturado. No era el aroma seductor del primer encuentro; era un eucalipto metálico, gélido y cargado de una ansiedad que casi se podía masticar.
— Tu código es impecable, Leo, pero tu aroma está afectando el sistema de ventilación del piso —dijo Adrián con tono neutral, aunque por dentro sentía una punzada de preocupación. Su propia toronja se liberó de forma suave, intentando cortar la tensión del Alfa.
Leo se frotó la cara con las manos. Se veía exhausto. Tenía ojeras profundas y la piel más pálida de lo normal.
— Lo siento, Varma —respondió Leo, su voz sonando más quebrada de lo habitual—. Es solo... falta de costumbre. No estoy acostumbrado a que el silencio sea tan ruidoso.
Adrián se acercó al escritorio. Vio que Leo no había tocado el almuerzo gourmet que la empresa proveía. En su lugar, había un termo viejo y una barra de cereales barata.
— No has comido —observó Adrián. Su aroma a pino se volvió denso y cálido, una nota de resina dulce que buscaba calmar el malestar del Alfa—. Tu cuerpo está entrando en modo de supervivencia. Por eso tus feromonas huelen a hospital. ¿Qué sucede realmente?
Leo guardó silencio, apretando los dientes. Su orgullo de Alfa luchaba contra la necesidad de soltar la carga. Pero el aroma de Adrián era tan acogedor, como una manta de invierno frente a una chimenea, que sus defensas flaquearon.
— Mi madre —soltó Leo finalmente, sin mirar al Omega—. La anemia ha empeorado. El seguro no cubre el nuevo tratamiento de hierro intravenoso y... aunque tu sueldo es increíble, el primer cheque no llega hasta finales de mes. He estado donando plasma antes de venir aquí para conseguir el efectivo diario para sus medicinas.
Adrián sintió un vuelco en el estómago. El contraste lo golpeó de frente: él, que desayunaba en vajilla de porcelana, y Leo, un genio que estaba vendiendo su propia sangre para mantener a su madre con vida. La toronja de Adrián desapareció por completo, dejando solo un pino puro, balsámico y profundamente protector.
— ¿Por qué no lo dijiste? —preguntó Adrián en un susurro.
— No quería que pensaras que me contrataste por lástima —Leo finalmente lo miró, y su eucalipto se volvió un poco más ahumado, más humano—. Soy un Alfa, se supone que debo resolver esto.
— Eres mi mejor activo ahora, Leo. Y yo no dejo que mis activos se desgasten hasta romperse.
Adrián sacó su teléfono personal y, con un par de toques, autorizó un adelanto de nómina inmediato y algo más: un bono de bienestar de emergencia.
— Mañana, una unidad médica privada irá a casa de tu madre. Se encargarán de todo. No es un préstamo, es una inversión en la salud mental de mi programador estrella.
Leo se quedó sin palabras. El aroma de Adrián ahora lo envolvía por completo, no como un jefe, sino como un Omega que reconoce el valor y el dolor de su pareja potencial. El eucalipto de Leo comenzó a cambiar, perdiendo el rastro metálico y transformándose en un aroma fresco, boscoso y cargado de una gratitud tan intensa que el aire en la pequeña oficina pareció vibrar.
— No sé cómo pagarte esto —dijo Leo, levantándose lentamente.
Adrián sonrió de lado, una expresión rara en él.
— Sigue escribiendo ese código que parece magia. Y por favor... —Adrián se acercó un poco más, dejando que su aroma a pino y resina rozara el cuello de Leo—... come algo de verdad. Tu aroma a eucalipto es mucho más seductor cuando no huele a hambre.
Adrián salió de la oficina con el corazón acelerado, dejando a un Leo estupefacto que, por primera vez en años, sintió que no tenía que cargar el mundo él solo. En la atmósfera, los dos olores se quedaron bailando: la resina del pino y la frescura del eucalipto, creando el preludio de algo mucho más profundo que un simple contrato laboral.