Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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la cripta de los pacto rotos.
La puerta de hierro de la cripta se cerró tras ellos con un eco pesado, sellando el estruendo de la persecución. El aire aquí abajo era gélido y denso, cargado con el olor mineral de la piedra húmeda y el polvo de siglos. Alessandra y Julián estaban rodeados por las tumbas de mármol de los Valois, efigies yacentes que parecían observar con desprecio a los intrusos que manchaban su descanso con sangre y desesperación.
Julián se desplomó contra el sarcófago de un duque del siglo XVIII. Su respiración era sibilante y el sudor frío perlaba su frente. Alessandra, desgarrando la parte inferior de su costoso vestido de seda para improvisar un vendaje, comenzó a presionar la herida de su costado.
—Aguanta, Julián. Solo un poco más —murmuró ella, aunque sus propias manos temblaban.
—Ale... los documentos... —Julián señaló con la barbilla el fajo de papeles que ella había arrebatado a Isabella.
El archivo de la infamia
Alessandra extendió los papeles sobre el frío mármol de una tumba. A la luz de una linterna de emergencia que Julián había rescatado de los pasadizos, las palabras empezaron a cobrar un sentido aterrador. No eran solo registros de propiedades o títulos nobiliarios. Era el registro de la "Operación Fénix de Plata".
A medida que leía, el rostro de Alessandra se tornaba de una palidez cadavérica. El linaje Valois no solo era aristocrático; eran los custodios de una red de financiamiento que había servido a regímenes totalitarios durante décadas. Pero el golpe final llegó en la última página: una lista de empresas utilizadas para el blanqueo de capitales en los últimos cinco años.
En el centro de la lista, subrayado con una caligrafía que Alessandra reconoció como la de su "padre" Rossi, estaba el nombre de la Constructora de Julián.
El derrumbe de un hombre
Julián leyó el nombre de su empresa y, por un momento, el dolor físico pareció desaparecer, reemplazado por un horror existencial.
—No... eso es imposible —dijo con la voz rota—. Yo levanté esa empresa con mis propias manos. Cada contrato, cada ladrillo... yo supervisaba todo.
—Julián, mira las fechas —dijo Alessandra, señalando las transacciones—. Sucedió durante los primeros dos años de nuestro matrimonio. Cuando tú estabas "expandiéndote" gracias a los préstamos de mi familia. Aquellos inversores ángeles que mi padre te presentó... no eran inversores. Era la Orden de Valois inyectando dinero sucio en tus proyectos de infraestructura pública.
Julián golpeó el mármol con el puño, un grito de rabia ahogada escapando de su garganta. Todo su éxito, su orgullo de gran magnate, la misma arrogancia con la que una vez despreció a Alessandra, estaba cimentado sobre el fango de la corrupción que ahora intentaban destruir. Él no era el salvador de Alessandra; él había sido, sin saberlo, el mayor de sus cómplices.
—Soy un fraude —susurró Julián, hundiendo la cabeza entre las manos—. Todo lo que usé para humillarte, todo el poder que creía tener... me lo dieron ellos para lavarse las manos.
El dilema de la heredera
Alessandra lo tomó por los hombros, obligándolo a mirarla.
—¡Escúchame bien, Julián! Te usaron porque sabían que eras un hombre de honor y que nadie sospecharía de ti. Mi padre te eligió no solo por tu apellido, sino por tu integridad; eras la pantalla perfecta. Pero esto termina hoy. Eléonore me necesita porque yo soy la única que puede activar las claves finales de estos fideicomisos. Sin mi firma, la red colapsa.
En ese momento, un sonido rítmico empezó a vibrar en las paredes de la cripta. No eran pasos. Era un mecanismo hidráulico. Una de las paredes de la cripta comenzó a deslizarse, revelando una oficina moderna y ultratecnológica oculta tras el arte funerario.
Allí, sentada en un sillón de cuero frente a una docena de monitores que mostraban los mercados financieros globales en tiempo real, estaba Eléonore de Valois.
—Es fascinante cómo la verdad tiene una forma de marchitar el orgullo, ¿verdad, Julián? —dijo Eléonore, sin apartar la vista de las pantallas—. Has descubierto que tu "imperio" es solo una lavandería de mi familia. Pero no te sientas mal; eres muy bueno construyendo edificios. Es una lástima que tus cimientos morales sean tan débiles.
La propuesta final
Eléonore se giró hacia Alessandra.
—Ya conoces el secreto, hija mía. Ya sabes que si sales de aquí y vas a la policía, Julián irá a la cárcel de por vida como el cabecilla visible de este fraude. La justicia no creerá en su ignorancia. Pero, si firmas el traspaso de Blue Phoenix a la Orden y asumes tu lugar como Gran Maestre, yo borraré el rastro de Julián. Él podrá volver a su ciudad, vivir una vida tranquila y fingir que nada de esto pasó.
Alessandra miró a Julián, que estaba pálido y herido, y luego miró a su madre, el monstruo que le ofrecía la salvación de su esposo a cambio de su propia alma.
—¿Qué eliges, Alessandra? —presionó Eléonore—. ¿La justicia que destruirá al hombre que amas, o el poder que lo mantendrá a salvo pero te convertirá en mí?
Julián intentó hablar, para decirle que no aceptara, que prefería la cárcel a verla encadenada a esa oscuridad, pero Alessandra levantó una mano, pidiéndole silencio. Había una chispa de genialidad letal en sus ojos, la misma que la había hecho triunfar en los negocios.
—Acepto —dijo Alessandra—. Pero con una condición. Quiero que Isabella esté presente. Quiero que ella vea el momento exacto en que heredo lo que ella siempre quiso.
Alessandra estaba jugando su última carta. No iba a aceptar el trato; iba a sobrecargar el sistema.