Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: El peso de ser visto
...~Sergio~...
La sala de juntas de Torres Tech olía a dinero y a indiferencia.
Sergio llevaba veinte minutos exponiendo su análisis de optimización logística. Había trabajado en ello durante semanas. Datos sólidos, proyecciones impecables, aplicaciones prácticas que podían ahorrarle a la compañía millones en los próximos cinco años.
Alejandro Torres estaba sentado al frente de la mesa, con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en los reposabrazos de su silla. Su rostro era una máscara impasible. Sus ojos grises recorrían la pantalla, los gráficos, los números, pero nunca se posaban en Sergio.
—...y con esta reestructuración —concluyó Sergio, señalando la última diapositiva—, el rendimiento aumentaría un dieciocho por ciento en el primer año. He incluido simulaciones con diferentes escenarios. Todo contrastado.
Silencio.
Alejandro parpadeó una vez. Luego desvió la mirada hacia el siguiente punto del orden del día.
—Gracias —dijo, con la misma entonación que usaría para agradecer un café—. Siguiente.
Nada más. Ni una pregunta, ni un comentario. Ni un gesto de aprobación. Sergio sintió que la sangre se le agolpaba en las sienes. A su izquierda, un inversor con el que Alejandro llevaba toda la reunión intercambiando comentarios levantó la mano.
—Me gustaría profundizar en ese punto —dijo el hombre, un tipo de unos sesenta años, traje caro, anillo de sello—. Los datos de proyección me parecen interesantes.
Alejandro se giró hacia él con interés genuino. Asintió, hizo una pregunta, escuchó la respuesta. Durante cinco minutos, mantuvieron una conversación sobre los datos que Sergio acababa de presentar, como si él no estuviera en la sala. Como si las palabras hubieran salido de la nada.
No es personal, se repitió Sergio mientras recogía sus papeles con manos temblorosas. No es que no me mire a mí, es que no mira a nadie que no tenga algo que ofrecerle. Ese inversor tenía dinero, tenía contactos. Tenía poder. Sergio solo tenía talento, y el talento, ya lo había aprendido, no pesaba lo suficiente.
Salió de la sala sin despedirse. Necesitaba aire. Necesitaba estar lejos de ese lugar donde su esfuerzo no valía más que el silencio.
El ascensor lo llevó a planta baja en un descenso silencioso. Las puertas se abrieron y cruzó el vestíbulo con paso rápido, sin mirar atrás, sin querer ver ni un segundo más ese edificio donde su trabajo era invisible.
—¿Sergio?
La voz lo detuvo a unos pasos de la puerta giratoria.
Se giró. Carlos estaba allí, de pie junto al mostrador de seguridad, con una taza de café en la mano y esa expresión tranquila que parecía no alterarse nunca.
—Carlos —dijo, sorprendido—. Hola.
—¿Todo bien? —Carlos se acercó, y su mirada recorrió el rostro de Sergio con esa atención suya, la de alguien entrenado para ver lo que otros no ven—. Sales de la reunión de innovación, ¿no?
—Sí. Hace un rato.
—¿Y?
Sergio dudó. Podía dar la respuesta de siempre: "bien, todo bien". Podía sonreír, despedirse y seguir con su día.
Pero algo en la forma de mirar de Carlos, en esa calidez sin exigencias, le hizo quedarse.
—Bien —dijo, y sonó tan falso que hasta él lo notó.
Carlos sonrió. Una sonrisa pequeña, que le arrugaba la cicatriz de la ceja.
—Mientes muy mal.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Carlos bebió un trago de café—. Pero no pasa nada. No todo el mundo sirve para esto.
—¿Para qué?
—Para mentir. —Se encogió de hombros—. Yo llevo años entrenándome y todavía hay días que me sale regular.
Sergio no supo qué decir. Nadie le hablaba así. Nadie le decía "no pasa nada" cuando claramente algo pasaba.
—Oye —dijo Carlos, con naturalidad—, ¿has comido? Porque yo estoy a punto de pedir algo y odio comer solo.
—Yo... no, no he comido.
—Pues vente. Hay un sitio cerca que hace unas empanadas buenísimas. Nada elegante, ojo, comida de verdad, de la que mancha los dedos.
Sergio dudó. Tenía trabajo., tenía informes. Tenía mil cosas que hacer. Pero también tenía un vacío en el pecho y una necesidad repentina de estar en un lugar donde nadie lo evaluara.
—Vale —dijo.
La sonrisa de Carlos se amplió.
—Perfecto. Vamos.
Flashback: El ascensor, días atrás
El ascensor se paró entre la planta 32 y la 33.
Sergio sintió el tirón en el estómago, ese microsegundo de ingravidez antes de que la cabina se detuviera con un golpe seco. Las luces parpadearon una vez y luego se apagaron.
—¿Cuánto tiempo tardarán? —preguntó en la oscuridad.
—Depende. —Una voz a su izquierda, tranquila, con un deje de humor—. Si es hora punta, cinco minutos. Si es viernes por la tarde y los de mantenimiento ya están con la cerveza, media hora.
Sergio no había notado que no estaba solo.
—¿Quién está ahí?
—Carlos. Carlos Mendoza. Jefe de seguridad. —Una pausa—. ¿Sergio, verdad? El primo de Adrián.
El nombre le golpeó como un fogonazo en la oscuridad.
Carlos Mendoza. Jefe de seguridad de Torres Tech, amigo de Alejandro desde la universidad. Su mente, entrenada para procesar información, recuperó el dato al instante: había visto ese nombre en documentos, en organigramas, en la lista de personas cercanas a Alejandro. Podía ser útil. Podía ser una vía de acceso, una fuente de información, un aliado involuntario.
—Sí —respondió, y su voz sonó calmada—. Sergio Guerrero.
—Bueno, Sergio Guerrero —dijo Carlos—. Ya que vamos a pasar un rato juntos, ¿qué tal si hablamos de algo que no sea trabajo?
Sergio parpadeó, desconcertado.
—¿De qué quieres hablar?
—No sé. ¿Tienes familia por aquí?
—Mis padres. Los veo los domingos.
—¿Y alguien más? ¿Pareja, amigos, un perro?
—No. Solo trabajo.
—Eso hay que cambiarlo. El trabajo no da abrazos.
Sergio sonrió en la oscuridad.
Hablaron durante lo que pareció una eternidad. Carlos contó anécdotas, habló de su hija, de lo absurdo que era disfrazarse de vaquero cuando la niña iba de mariquita y Sergio escuchaba, y por momentos, sin darse cuenta, se relajaba.
Cuando las luces volvieron, Carlos le tendió la mano.
—Si alguna vez necesitas un abrazo, ya sabes dónde estoy. O una cerveza. Las dos cosas van bien juntas.
Sergio aceptó el apretón.
—Gracias —dijo.
Caminaron hacia la salida. En la puerta, Carlos se despidió con un gesto y se perdió entre la gente. Sergio se quedó quieto un momento, viéndolo alejarse. Había sido un golpe de suerte, pensó. Coincidir con él.
Pero cuando intentó definir qué tipo de suerte era, no supo responderse.
La cafetería
El local era pequeño, con mesas de madera y sillas desparejadas, y olía a café y a masa frita. Carlos pidió dos raciones de empanadas y dos cervezas sin consultarle.
—Toma —dijo, deslizándole una cerveza—. Bebe algo. Se te nota la tensión desde que entramos.
Sergio cogió la botella sin decir nada. Y entonces, sin esperarlo, el aroma de Carlos lo envolvió.
No era un olor imponente. No buscaba protagonismo. Pero estaba ahí, constante, envolvente. A roble y humo. El roble era firme, sólido, como una base sobre la que apoyarse. El humo, más sutil, añadía una calidez que no resultaba invasiva, como el recuerdo de una hoguera ya apagada pero aún presente. Sergio inspiró hondo, casi sin querer, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía bajar la guardia.
No es como el de Alejandro, pensó. El aroma de Alejandro era diferente. Sándalo y cuero. Seco, elegante, controlado. Imponía. No invitaba a acercarse, sino a demostrar algo, a estar a la altura. Era el olor de alguien que evalúa, que decide si mereces su tiempo.
El de Carlos no pedía nada, solo estaba. Como un refugio.
—No estoy tenso —mintió Sergio, aunque en ese momento ya no era del todo incierto.
—Claro que no. —Carlos sonrió, mordió una empanada y se lamió los dedos—. Oye, ¿siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Tan serio. Tan en guardia.
Sergio no supo qué responder. Nadie le preguntaba esas cosas. Nadie se fijaba en él de esa manera.
—Supongo que es mi forma de ser —dijo al fin.
—O la forma que has aprendido para sobrevivir. No es lo mismo.
La frase le golpeó. Apartó la mirada. Pero el aroma de Carlos seguía ahí, a su alrededor, como un recordatorio de que podía respirar hondo si quería.
—Trabajas con Alejandro Torres, ¿no? —preguntó, cambiando de tema.
Carlos asintió.
—Sí, desde la universidad. Somos amigos, aunque cualquiera lo diría viéndonos. —Se encogió de hombros—. ¿Lo conoces bien?
—Algo. Coincidimos en cenas familiares. Mi primo es su prometido.
—Ah, claro. Adrián. —Carlos bebió un trago—. Es buen chico. Cambiado últimamente, pero buen chico.
Sergio asintió. Podía seguir. Podía preguntar por Alejandro, por sus horarios, por cualquier cosa que le acercara a él. Tenía las preguntas preparadas.
Pero entonces Carlos se inclinó hacia adelante, con curiosidad genuina.
—Oye, y tú, ¿cómo es tu día a día? Aparte del trabajo. ¿Qué haces cuando no estás siendo el genio de la innovación?
Sergio parpadeó.
—¿Mi día a día?
—Sí, lo normal. ¿Ves series? ¿Tienes algún hobby? ¿Te gusta cocinar?
Nadie le había preguntado eso nunca y mientras Carlos esperaba la respuesta, su aroma seguía ahí. Firme. Cálido. Sin prisas.
—No... no sé —dijo Sergio—. Trabajo. Casi siempre trabajo.
—¿Y cuándo no trabajas?
—Leo. Artículos, libros técnicos.
—¿Nada de ficción? ¿Novelas, poesía?
—No.
Carlos sonrió. No era burla. Era casi ternura.
—Habrá que enseñarte a vivir un poco, entonces. Los genios también necesitan abrazos, ¿sabes?
Sergio lo miró, desconcertado, esa frase le resonó. Los genios también necesitan abrazos. Nadie le había dicho nada parecido. Nadie había pensado en él como alguien que pudiera necesitar algo tan... humano.
Y entonces, sin saber muy bien por qué, sus ojos se posaron en la foto de la niña que Carlos tenía como fondo de pantalla en el teléfono.
—¿Esa es tu hija? —preguntó.
Carlos se giró y miró la pantalla. Su expresión se suavizó al instante.
—Sí. Bianca. Cuatro años. La dueña de mi vida.
—¿Y su madre? —preguntó Sergio con naturalidad. Era lo lógico, lo normal en una conversación.
El ambiente cambió. Carlos tardó un segundo en responder, y cuando lo hizo, su voz era más pausada, más cuidadosa.
—Mi mujer. Mariana. —Hizo una pausa—. Falleció hace cuatro años.
Sergio sintió que algo se le helaba por dentro.
—Lo siento —dijo, y la frase le supo a poco, a nada.
—No pasa nada. —Carlos esbozó una sonrisa, pero era diferente a las anteriores. Más frágil—. Hace tiempo ya. Bueno, cuatro años no es tanto tiempo, pero... se aprende a vivir con ello.
Sergio no supo qué decir. Por una vez, su mente analítica, siempre tan rápida, no encontraba palabras. Pero Carlos no parecía necesitarlas. Bebió un trago de cerveza, mordió otra empanada, y con una naturalidad que solo podía venir de alguien que había aprendido a convivir con el dolor, cambió de tema.
—Y tú, ¿nunca has tenido a alguien? ¿Nadie especial?
Sergio negó con la cabeza.
—No. Solo trabajo.
—Eso hay que cambiarlo, Guerrero. —Carlos sonrió, con un deje de complicidad—. El trabajo no da abrazos. Ya te lo dije.
Y siguió comiendo, como si nada.
Sergio se quedó mirándolo. No entendía por qué ese hombre se interesaba por su vida sin querer nada a cambio. No entendía por qué le miraba así, como si fuera alguien digno de atención solo por existir. Y mientras lo pensaba, el aroma de Carlos seguía ahí, envolviéndolo, recordándole que podía estar a gusto sin necesidad de demostrar nada.
El contraste con Alejandro era brutal. El aroma de Alejandro exigía. El de Carlos ofrecía.
Y entonces, sin darse cuenta, algo en él se relajó. La toronja de su aroma, siempre tan presente, tan amarga, se suavizó. El cedro de fondo, siempre tan controlado, perdió parte de su rigidez. Por un instante, solo un instante, su feromona dejó de ser un escudo y se convirtió en algo más cercano a lo que realmente era.
Carlos lo notó. Carlos lo notaba todo. Pero no dijo nada. Solo sonrió, una sonrisa pequeña, y siguió comiendo.
Hablaron de otras cosas. De la hija de Carlos, de las fiestas de disfraces, de anécdotas absurdas del trabajo. Y Sergio, por primera vez en mucho tiempo, se sorprendió riendo de verdad.
Una risa pequeña, tímida, pero real.
Cuando salieron, la tarde empezaba a caer. Carlos le dio una palmada en el hombro.
—Ha estado bien esto. Repetimos cuando quieras.
—Sí —dijo Sergio—. Repetimos.
—Ah, y ya que vamos a repetir —Carlos sacó el teléfono—, dame tu número. Así no dependemos de la suerte del ascensor.
Sergio dudó un instante. Luego dictó los dígitos, Carlos hizo lo mismo
—Listo —dijo Carlos, guardando el teléfono—. Ahora sí, nos vemos.
Se despidieron con un gesto y Carlos se alejó calle abajo.
Sergio se quedó quieto, viéndolo irse. El aroma de Carlos ya no estaba, pero el recuerdo permanecía. Firme. Cálido. Sin prisas. Y sus palabras resonaban: Los genios también necesitan abrazos.
Luego miró su teléfono. Un nombre nuevo en su agenda. Carlos.
De camino al coche, pensó en lo extraño que era todo. Había ido a esa cafetería con una idea difusa: Carlos era el amigo de Alejandro, podía ser útil. Una fuente de información, una pieza en el tablero. Y sin embargo, durante la conversación, se había olvidado por completo. Había hablado de verdad. Se había reído de verdad. Había sentido, por un momento, que alguien lo miraba sin querer nada. Y ese alguien olía a roble y humo. A seguridad. A hogar.
No supo si eso era un alivio o una amenaza.
Ya en su apartamento, de noche, Sergio se sentó en el sofá sin encender las luces, y miró la ciudad al otro lado del ventanal, las palabras de Carlos le daban vueltas en la cabeza. Su forma de preguntar sin esperar nada. Su interés genuino por su vida, por sus gustos, por lo que hacía cuando no trabajaba. Y esa frase: Los genios también necesitan abrazos.
Nadie le había preguntado eso nunca, nadie le había ofrecido algo tan simple. Siempre era su talento, su utilidad, lo que podía aportar. Pero Carlos no. Carlos había querido saber de él. De verdad. Sin más. Y él, sin darse cuenta, se había dejado llevar tanto, que se había olvidado de preguntar más por Alejandro.
Apretó los dedos contra el muslo. El encuentro en el ascensor había sido un golpe de suerte. Coincidir con el amigo de Alejandro, una oportunidad perfecta para acercarse, para obtener información. Pero no lo había hecho y lo peor es que no se arrepentía.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien lo había mirado como si fuera una persona. No un activo. No una herramienta. No "el primo de". Y esa sensación... esa sensación había sido más fuerte que su obsesión. Al menos por un rato.
—¿Qué me está pasando? —susurró en la oscuridad.
No obtuvo respuesta.
Solo el eco de una risa fácil, el recuerdo de una sonrisa que le arrugaba una cicatriz, y una pregunta que no sabía cómo contestar.
En la mesilla, el teléfono vibró. Lo cogió sin esperanza. Era Carlos.
"Oye, ¿llegaste bien? Por cierto, gracias por hoy. Hacía tiempo que no me reía tanto con alguien. Buenas noches, Sergio."
Sergio se quedó mirando la pantalla. La luz iluminaba su rostro en la penumbra. Luego, sin saber muy bien por qué, sonrió.
Escribió:
"Sí, llegué bien. Gracias a ti. Buenas noches, Carlos."
Dejó el teléfono y cerró los ojos.
Esa noche, durmió sin soñar con Alejandro por primera vez en meses. Soñó con un ascensor a oscuras, con una cafetería ruidosa, con empanadas que manchaban los dedos, con un hombre que lo miraba sin querer nada. Y al despertar, no supo si eso era un alivio o una amenaza.
Pero por primera vez, la pregunta "¿y si Adrián no estuviera?" no fue la única en su cabeza.
También estaba: ¿Y si el problema no es que no me vean, sino quién quiero que me vea?
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕