Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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BAJO LA MISMA FIRMA
CAPITULO 16
La asamblea fue convocada con una rapidez que dejó al consejo sin margen para preparar una contraofensiva elegante.
No sería una reunión cerrada.
No sería una sesión interna.
Sería pública.
Con representantes de casas nobles, comerciantes del este y del sur, comandantes militares y enviados imperiales.
Un anuncio imposible de ignorar.
Cuando la noticia llegó a Harrington, el conde entendió demasiado tarde que el tablero había cambiado otra vez.
Esta vez no se trataba de defender a Adrian.
Se trataba de redefinir el poder.
El gran salón fue preparado con solemnidad impecable. Estandartes del ducado colgaban desde los balcones superiores. El escudo Armand dominaba la pared central.
Pero lo diferente no era la decoración.
Era la disposición.
Dos atriles.
Uno junto al otro.
A la misma altura.
Cuando Adrian entró, sintió el peso de las miradas. No eran iguales a las del juicio. Entonces había curiosidad y sospecha.
Ahora había cálculo.
Algunos querían ver si se equivocaba.
Otros querían confirmar que no era una sombra.
Cassian ya estaba allí.
Recto.
Imponente.
Cuando Adrian se colocó a su lado, no un paso detrás, un murmullo recorrió el salón.
El mensaje estaba claro sin que nadie pronunciara palabra.
No había jerarquía visible entre ellos.
Había alianza.
Cassian tomó la palabra primero.
—Durante las últimas semanas, este ducado ha enfrentado cuestionamientos internos sobre la dirección de sus reformas comerciales.
Su voz era firme, sin elevarse innecesariamente.
—La transparencia ha sido exigida. Y la transparencia será dada.
Hizo un gesto sutil hacia Adrian.
No teatral.
Preciso.
Adrian avanzó medio paso.
—La reestructuración del este no fue una decisión impulsiva ni personal —comenzó con calma—. Fue una respuesta estratégica al declive económico que afectaba a tres provincias desde hace cinco años.
Proyectaron cifras.
Rutas comerciales.
Gráficos de crecimiento.
El silencio en la sala se volvió atento.
No había dramatismo.
Había datos.
—En los últimos dos meses —continuó Adrian—, las exportaciones del este han aumentado un diecisiete por ciento. Los impuestos recaudados han crecido sin elevar tarifas. Y las casas menores han diversificado ingresos.
Un comerciante del sur levantó la voz.
—¿Y qué gana el ducado central con esto?
Adrian no vaciló.
—Estabilidad.
Cassian tomó la palabra sin romper el ritmo.
—Un ducado estable no necesita aumentar impuestos militares. No necesita solicitar préstamos imperiales. No necesita imponer cargas extraordinarias a sus aliados.
El murmullo cambió de tono.
Menos escéptico.
Más interesado.
Harrington observaba desde su asiento con expresión rígida.
Sabía que no podía interrumpir sin parecer desesperado.
Pero tampoco podía permitir que la narrativa se consolidara.
—¿Y qué papel exacto cumple el consorte en estas decisiones? —preguntó finalmente, con voz cuidadosamente neutral.
La pregunta cayó como piedra en agua quieta.
Ahí estaba.
El verdadero ataque.
No sobre cifras.
Sobre legitimidad.
Cassian no respondió de inmediato.
Adrian tampoco.
Fue el duque quien habló primero.
—El consorte Valmont participa en la planificación estratégica porque posee formación económica superior a la de cualquier miembro actual del consejo.
Directo.
Sin adornos.
Algunos consejeros tensaron la mandíbula.
Cassian continuó:
—Su papel no es simbólico. Es funcional.
Adrian añadió con serenidad:
—Y cada decisión es aprobada por el duque antes de ejecutarse.
La coordinación entre ambos era precisa.
No se pisaban.
No se contradecían.
No se eclipsaban.
Era equilibrio.
La asamblea se prolongó por horas.
Preguntas técnicas.
Objeciones políticas.
Insinuaciones disfrazadas de preocupación institucional.
Cada una respondida con paciencia quirúrgica.
Y poco a poco, el ambiente cambió.
No porque todos estuvieran convencidos.
Sino porque comprendieron algo más importante:
Atacar a Adrian era atacar directamente al duque.
Y el duque no estaba cediendo.
Al finalizar, Cassian hizo algo inesperado.
Tomó el documento final de la reestructuración.
Lo firmó.
Luego lo deslizó hacia Adrian.
El omega sostuvo la pluma un segundo más de lo necesario.
Era más que tinta sobre papel.
Era declaración pública.
Firmó.
Dos nombres.
Uno junto al otro.
Sin distinción de tamaño.
Sin títulos diferenciados.
El mensaje fue inequívoco.
Unidad.
Esa noche, el palacio estaba más silencioso que de costumbre.
Pero no era la calma artificial de días anteriores.
Era expectación.
En los pasillos, se hablaba abiertamente.
—Nunca se había visto algo así.
—El duque lo respalda sin reservas.
—O gobiernan juntos.
—O el consejo acaba de perder influencia.
En el ala privada, Adrian se quitaba los guantes lentamente cuando Cassian entró.
No hablaron de inmediato.
No era necesario.
Ambos sabían que lo ocurrido no había sido solo político.
Había sido personal.
—Te expuse —dijo Cassian finalmente.
Adrian levantó la mirada.
—Nos expusiste.
El duque se acercó.
—Si el consejo decide atacarte otra vez, ahora será más directo.
Adrian sostuvo su mirada sin retroceder.
—Entonces ya no será un ataque contra mí.
Un segundo de silencio.
—Será contra nosotros.
La palabra flotó entre ellos.
No como posesión.
Como elección.
Cassian dio un paso más cerca.
—¿Te arrepientes?
Adrian negó suavemente.
—No.
Y era verdad.
Porque aunque el riesgo era mayor, también lo era la posición.
Ya no podían dividirlos con insinuaciones.
Ya no podían acusar sin enfrentar al duque.
Habían cerrado una grieta.
Al día siguiente, llegaron las primeras consecuencias.
Dos casas que apoyaban a Harrington declararon públicamente respaldo a la reforma conjunta.
Una tercera solicitó renegociar alianzas directamente con el ducado, sin intermediación del consejo.
El aislamiento comenzaba.
Harrington no tardó en comprenderlo.
Convocó reunión privada con sus aliados restantes.
Pero la asistencia fue menor de la esperada.
La influencia no desaparece de golpe.
Se erosiona.
Y eso era lo que estaba ocurriendo.
En el despacho ducal, el capitán informó:
—El conde intenta consolidar apoyo en el sur. Pero las casas dudan.
Cassian asintió.
Adrian observó el mapa en silencio.
—No lo arrinconemos demasiado rápido —dijo finalmente.
El capitán frunció el ceño.
—¿Por qué?
Adrian respondió con calma:
—Un enemigo acorralado se vuelve impredecible.
Cassian lo miró con aprobación.
—Mantendremos presión gradual.
El capitán se retiró.
Quedaron solos.
El aire era distinto ahora.
Más sólido.
Menos frágil.
Cassian se acercó al escritorio.
—Hoy el consejo entendió algo.
Adrian levantó la vista.
—¿Qué?
El duque lo miró fijamente.
—Que no pueden separarnos.
No fue declaración romántica.
Fue constatación política.
Pero en el fondo, ambos sabían que había algo más.
No era solo estrategia.
No era solo poder compartido.
Era confianza construida en medio del riesgo.
Y esa era más difícil de romper que cualquier título.
Mientras el norte se acomodaba a una nueva realidad, una verdad silenciosa comenzaba a instalarse con fuerza:
El poder no siempre pertenece al más fuerte.
A veces pertenece a quienes deciden sostenerlo juntos.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨