Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 18
Tobías
Marcela no se quedó en la casa esa noche.
Como siempre, cuando las cosas se ponen incómodas, corre hacia Dante. La muy cobarde. O la muy predecible. A veces no sé cuál de las dos.
Llegó temprano. El chofer de mi hermano la traía.
Eso ya decía suficiente.
Apenas cruzó la puerta, pregunté con una sonrisa que no era sonrisa:
—¿Cómo está mi hermano?
—Bien —respondió seca, pasando de largo con el niño en brazos.
Marcus estiró los brazos hacia mí y lo cargué. El único inocente en esta historia.
—¿Por qué debes huir siempre donde Dante? —pregunté sin mirarla.
—No huí.
—Sí, claro.
Me sostuvo la mirada.
—Contigo no se puede hablar. Pero supongo que el golpe que te dio Dante fue porque golpeaste a esa mujercita… porque la vi, Tobías. En la casa de tu hermano. Y se ven cercanos.
Ah.
Así que por ahí iba.
Bajé a Marcus para que jugara en la alfombra.
—Vaya… eso jamás lo vi venir.
—¿Por qué es tan importante ella? —insistió.
—¿Importante en qué?
—En todo. Me fuiste infiel con ella, ¿te acuerdas?
La miré. Lentamente. Dejando que el silencio la incomodara.
—Ay, Marcela… tú siendo tan tú.
Me acerqué, tomé su rostro y la besé apenas en los labios.
—Nos vemos más tarde.
No porque quisiera. Sino porque sabía que eso la descolocaba más que cualquier grito.
Pasé por casa de mi madre antes de ir a la oficina.
Ella me recibió con el mismo cariño calculado de siempre.
—Ya envié la advertencia —dijo mientras servía café—. Dante debe viajar en estos días. O mañana mismo, apenas vea las fotos.
Sonreí apenas.
—¿Estás seguro que hay oro?
—Estoy seguro, mamá. Esa finca puede producir mucho. Es demasiado grande. Cuando se acabe la explotación minera, pueden seguir sacando dinero de la ganadería, la agricultura, negocios verdes… hasta turismo por la cercanía al río. Papá dejó lo mejor. Solo que requiere demasiado trabajo.
Mi madre suspiró con satisfacción.
—Por eso, mi cielo. Deja que él lo trabaje. Que lo organice. Que invierta. Y cuando esté prácticamente listo… se desaparece del mapa.
La miré.
—Lo mismo con tu ex —añadió con frialdad.
—Mamá, si los vamos a desaparecer, debe simularse un accidente. Y debemos esperar un tiempo prudente. No puede ser ahora.
Me miró con esa paciencia venenosa que solo ella domina.
—Claro que no ahora, no seas bobo. Para eso deben pasar más tiempo. Pero mi fuente en ese pueblucho dice que la finca va muy bien. La casa que construyeron es hermosa. Las vías están despejadas. Los corrales y caballerizas están listos. Y la mina de esmeraldas ya está siendo explotada.
Sentí una mezcla de orgullo y rabia.
Dante siempre fue bueno construyendo.
Yo siempre fui mejor esperando.
—Debemos seguir organizando cosas, mamá. Ahora debo ir a la oficina, la junta me está presionando.
Me besó la mejilla.
—Ten cuidado. Te amo, mi cielo.
—También te amo, mamá.
Al volver a casa, Marcela estaba en uno de sus habituales melodramas.
Maletas abiertas. Ropa tirada. Lágrimas estratégicas.
—Marcela, no molestes —dije entrando al estudio—. Resuelve. Te quejas del niño, te quejas porque tu mamá no te responde, te quejas porque tu papá no te contesta, te quejas por todo. Eres un dolor de cabeza.
—¿Dolor de cabeza? —gritó—. ¿Sabes lo que es vivir contigo? No sabes si vas a llegar de buen humor o si vas a lanzar una amenaza velada. ¡No sabes amar, Tobías!
Me acerqué.
—Y tú no sabes callar.
—¿Por qué ella, Tobías? ¿Por qué Vera?
Mi mandíbula se tensó.
—No pronuncies su nombre en esta casa.
—¿La amas?
Solté una risa seca.
—Marcela… yo no amo. Yo administro.
Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.
—Estás enfermo.
—Y tú dependes de mí. Así que mide tus palabras.
Como siempre, se largó.
Me quedé con Marcus jugando en el suelo. El niño reía ajeno a todo. Le acaricié el cabello.
—Tu mamá no entiende cómo funciona el mundo, campeón.
Llamé a uno de mis hombres.
—Síguela.
Horas después recibí el informe.
Marcela había estado en la casa de Dante más de una hora. No solo eso. La cantidad de llamadas y mensajes que le había enviado era… obsesiva.
La sangre me hirvió.
No por celos.
Por control.
Le escribí a Dante.
Respondió cerca de la una de la madrugada.
“10 a.m. Hablamos.”
Tan tranquilo.
Tan seguro.
Marcela llegó a las tres de la mañana.
Yo estaba despierto.
La esperaba en la sala, en la oscuridad.
Encendí la lámpara cuando entró.
Se sobresaltó.
—Dante ya no está en la ciudad —dije con voz baja—. ¿Tanto lo amas?
—No digas tonterías, Tobías. No estoy de humor.
Me levanté y me acerqué despacio.
—No juegues conmigo, Marcela.
La tomé del brazo, sin dejar marca, pero con firmeza suficiente para que entendiera.
—O se te acaba la cuna de oro.
Me sostuvo la mirada. Por primera vez, no vi miedo.
Vi desafío.
—Tú no sabes lo que está pasando allá, Tobías.
Eso me hizo soltarla.
—¿Qué significa eso?
Silencio.
Demasiado silencio.
Ella subió las escaleras sin responder.
Me quedé en la sala, con una sensación incómoda instalándose en el pecho.
A las diez de la mañana hablaría con Dante.
Y si confirmaba lo que empezaba a sospechar…
No iba a esperar meses.
Porque si mi hermano estaba enamorándose de Vera…
Entonces el accidente tendría que adelantarse.
Marcus De Bedout.