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Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 Misión: Evitar a Luca (Fracaso anunciado)

Alessandro di Ravenna decidió, con la seriedad de alguien que había gobernado ejércitos en otra vida, que la única forma sensata de seguir adelante era evitar a Luca Avenni.

No era una decisión emocional.

Era estratégica.

Había regresado al pasado para no repetir errores. Para no aferrarse. Para no permitir que nadie se convirtiera en una grieta por donde el futuro pudiera volver a sangrar. Y aunque resultaba ridículo pensar que un omega de seis años pudiera ser esa grieta, el simple hecho de que su nombre le rondara la cabeza desde el amanecer era una señal de alarma.

—Evitarlo —se dijo frente al espejo—. Es un niño. Yo soy… —se detuvo—. Yo soy yo.

No era un argumento sólido, pero era el único que tenía.

Bajó al comedor temprano con la esperanza de desayunar en silencio. Escogió la mesa más apartada, dio un sorbo a la leche caliente y se permitió, por primera vez en horas, pensar que quizá el día transcurriría sin sobresaltos.

—¡Buenos días!

La voz cantarina le llegó desde su lado.

Alessandro se atragantó.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, intentando no escupir la leche.

Luca estaba sentado en la silla de al lado, balanceando las piernas como si siempre hubiera sido ese su lugar.

—Desayunando contigo —respondió con naturalidad—. Dicen que es importante comer acompañado.

—No es importante —replicó Alessandro—. Es opcional.

—Entonces yo elijo la opción de acompañarte.

Las sirvientas fingieron no escuchar. Fingían muy mal.

—Hoy no te besaré —anunció Luca con solemnidad—. He decidido respetar tus límites.

Alessandro soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Gracias.

—Pero puedo sentarme muy cerca —añadió Luca, acercando su silla un centímetro.

—¡Eso no es respetar límites!

—Es respetarlos… con cariño.

Alessandro decidió terminar el desayuno en tiempo récord.

Su siguiente plan fue entrenar en el patio exterior. Espadas de madera, disciplina, sudor. Nada de omegas pequeños y habladores.

—Te mueves distinto hoy —comentó Luca desde una banca.

Alessandro giró lentamente.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Desde que frunciste el ceño por tercera vez —respondió—. Creo que eso significa concentración.

—No deberías estar aquí.

—No estoy interrumpiendo —dijo Luca—. Solo estoy mirando.

Alessandro hizo un movimiento rápido. La espada de madera cortó el aire.

—¿Por qué siempre me miras así?

—¿Así cómo?

—Como si… —se detuvo, frustrado—. Como si yo fuera algo importante.

Luca pensó un momento.

—Es que lo eres.

Alessandro bajó la espada.

—No me pongas en un lugar que no pedí.

—No te puse —respondió Luca—. Ya estabas ahí.

Eso no era justo.

Nada de eso lo era.

A media mañana, Alessandro se refugió en la biblioteca. Viejos hábitos.

Se sentó, abrió un libro al azar y fingió leer. La paz duró exactamente cinco minutos.

—Aquí huele a polvo —anunció Luca desde debajo de la mesa.

Alessandro dio un salto.

—¡¿Qué haces ahí?!

—Escondiéndome —dijo Luca—. Pensé que te gustaría probar cómo se siente.

—¡Sal de ahí!

Luca salió gateando y se sentó frente a él.

—¿Estás enojado?

—No.

—Entonces estás preocupado.

—No.

—Entonces estás pensando demasiado.

Alessandro cerró el libro con un golpe seco.

—¿Por qué haces tanto esfuerzo? —preguntó al fin—. Soy complicado.

Luca sonrió, suave.

—Yo también.

Sacó el arpa y tocó una melodía breve, ligera, casi alegre.

—Además —añadió—, nadie es complicado para siempre.

Al mediodía, el castillo estaba lleno de murmullos.

—Es el niño del arpa…

—Dicen que sigue al heredero…

—¿Lo vio besarlo ayer?

Alessandro caminó más rápido.

—¡Alessandro! —llamó Luca desde el otro extremo del pasillo.

No respondió.

—¡Alessandro! —repitió, más fuerte.

No respondió.

—¡Mi futuro esposo!

Alessandro se detuvo en seco.

—¡No grites eso!

—¿Qué parte? —preguntó Luca, inocente—. ¿“Futuro” o “esposo”?

—¡Ambas!

Luca asintió.

—Entonces mañana lo diré en voz baja.

Eso no era una mejora.

El problema escaló cuando otros niños del castillo empezaron a notar a Luca.

—¿Por qué siempre estás con el heredero? —se burló uno—. ¿Crees que te hará noble?

—No —respondió Luca—. Creo que me cuidará.

Risas.

—Mírenlo —dijo otro—. El omega raro.

Luca se puso delante de su arpa.

—No toquen eso.

Uno empujó el instrumento. Cayó con un golpe seco.

Luca empujó de vuelta.

Torpe. Infantil.

Eran varios.

Él tenía seis años.

Un golpe en el hombro.

Otro en la espalda.

—¡Basta! —gritó Luca.

No lo escucharon.

Alessandro oyó el ruido desde el patio.

No pensó.

Corrió.

—¡¿Qué están haciendo?!

Su voz cortó el aire.

Los niños se giraron. Alessandro tomó al más cercano por la ropa y lo empujó contra la pared.

—Suéltalo —dijo en voz baja—. Ahora.

Los otros retrocedieron. Huyeron.

Alessandro se giró hacia Luca.

—¿Estás bien?

—Un poco —respondió Luca, con la voz temblorosa.

Alessandro apretó los dientes.

—No vuelvas a estar solo —dijo—. Nunca.

—¿Es una orden? —preguntó Luca.

—Es… una regla.

Luca sonrió y lo abrazó sin aviso. Alessandro se quedó rígido… y luego apoyó una mano torpe en su cabeza.

—Gracias —murmuró Luca—. Sabía que vendrías.

—No vuelvas a provocarlos —gruñó Alessandro—. No todos entienden.

—Yo sí te entiendo —respondió Luca—. Te enojas cuando tienes miedo.

Alessandro se quedó en silencio.

—Hoy… ¿puedo besarte? —preguntó Luca.

—¡NO!

Luca rió.

Esa noche, Luca tocó el arpa en el pasillo.

No para conquistar.

Para acompañar.

Alessandro escuchó desde su puerta.

Y por primera vez desde que había regresado al pasado, admitió algo en voz baja:

—Evitarte no está funcionando.

La música respondió con dos notas suaves, como si se riera de él.

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