Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.
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Capítulo 8: Cuando llaman a la puerta
El carruaje del gremio no levantó polvo al detenerse frente a Lorn.
No porque las ruedas no lo hicieran, sino porque la aldea entera parecía haberse quedado sin aire al verlo llegar. El emblema del gremio —dos espadas cruzadas sobre un círculo de piedra— brillaba pulcro sobre la madera oscura. Demasiado pulcro para un lugar donde el barro aún se secaba en las suelas.
Ren estaba sentado a la sombra, con una manta sobre los hombros. La fiebre había bajado, pero el cuerpo seguía pesado, como si cada hueso hubiera aprendido el peso de la noche anterior. Maera le acercó un cuenco de agua hervida.
—No salgas —le pidió en voz baja—. Si es del gremio, no vienen a saludar.
Ren observó el carruaje con la mirada cansada.
—No puedo esconderme —dijo—. Ya no.
El carruaje se abrió. Bajaron dos personas: un escribano con túnica gris, cargando pergaminos, y una mujer alta, armadura ligera, espada al costado. Su postura era la de alguien acostumbrado a que el mundo se aparte al verla pasar.
—Buscamos a Ren —dijo la mujer, sin rodeos.
Los aldeanos se miraron entre sí. Garrik, el jefe de Lorn, dio un paso al frente.
—Está convaleciente —respondió—. Si vienen a exigir…
—Venimos a ofrecer —interrumpió la mujer—. Y a evaluar.
Ren se puso de pie antes de que Garrik pudiera seguir. El mareo lo obligó a apoyarse en Maera un segundo. Respiró hondo y avanzó.
—Soy yo.
La mujer lo examinó de arriba abajo: la palidez, el vendaje en el costado, las manos aún manchadas de tintes de hierbas.
—Soy Kaela Dorn, del Gremio de Aventureros —dijo—. Hemos recibido reportes de que has contenido una epidemia sin apoyo del templo. Eso… es inusual.
—No la contuve —respondió Ren—. Solo la frené un poco.
Kaela arqueó una ceja.
—Eso ya es más de lo que muchos equipos logran con rango C.
El escribano desenrolló un pergamino.
—El gremio propone registrarte como sanador independiente bajo su protección —leyó—. Tendrías acceso a suministros básicos, escolta ocasional y contratos remunerados.
La palabra remunerados resonó entre los aldeanos como algo casi obsceno.
—No cobro —dijo Ren.
—No te pedimos que cambies eso —replicó Kaela—. Te pedimos que aceptes protección. Los caminos no son amables con quienes se vuelven… símbolos.
Ren miró a Garrik, a Maera, a los rostros cansados que había aprendido a reconocer.
—¿Y Lorn?
—No podemos asignar recursos fijos a una sola aldea —respondió Kaela—. Pero podemos incluirla en rutas de abastecimiento.
Ren apretó los labios. No era suficiente. Pero era más de lo que tenían ayer.
—Lo pensaré —dijo—. No decido hoy.
Kaela asintió, sin presionar.
—Mañana al amanecer, partimos hacia la ciudad fronteriza. Si decides venir, habrá un lugar para ti.
Cuando el carruaje se alejó, el murmullo volvió a Lorn como una marea lenta. No de miedo. De preguntas.
Maera se sentó junto a Ren.
—El mundo grande está tocando tu puerta —dijo—. Y no suele hacerlo dos veces.
Ren cerró los ojos un segundo. El cansancio le pesaba en los párpados.
—No quiero dejar esto —susurró—. Pero tampoco puedo salvar aldeas enteras desde aquí.
Esa noche, mientras el fuego crepitaba, un viajero llegó a la taberna improvisada de Lorn. Traía noticias del camino del norte.
—En la frontera hay un equipo de aventureros preguntando por un sanador que fue abandonado por los suyos —dijo—. Dicen que su antiguo compañero podría estar por aquí.
El corazón de Ren dio un golpe seco.
No necesitaba nombres. Sabía exactamente quiénes eran.
Muy lejos de allí, en el borde del bosque, cuatro figuras avanzaban entre sombras. El guerrero iba al frente, la mirada dura. La maga fruncía el ceño. El asesino caminaba en silencio. La santa del templo apretaba el símbolo de su fe.
—No creo en rumores —dijo el guerrero—. Pero si ese sanador sigue vivo…
—…lo necesitamos —terminó la maga, en voz baja.
Ren miró las brasas del fuego, sintiendo cómo el pasado empezaba a alcanzarlo. El mundo no había terminado de descartarlo.
Ahora venía a cobrarle el precio de haber sobrevivido.