"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El peso del silencio
El sol de la mañana siguiente se filtraba con una crueldad innecesaria por las persianas de la oficina local en Milán, creando un patrón de líneas afiladas sobre el escritorio de cristal. Para Lucía, el día después no traía la claridad que prometían los libros, sino una neblina de agotamiento y confusión. Se sentía como si hubiera envejecido diez años en una sola noche. Mientras se ajustaba la chaqueta de su traje sastre gris humo frente al espejo del hotel, se había repetido que debía volver a ser la sombra eficiente, la mujer que no siente nada más allá del deber.
Sin embargo, en cuanto entró en la oficina de Dante, supo que el "día después" sería una tortura lenta.
El aire parecía haberse comprimido. Dante ya estaba allí, sentado tras su escritorio de madera oscura. No levantó la vista al verla entrar. No hubo un "buenos días" ni un reconocimiento de su presencia, pero el ambiente estaba tan cargado que Lucía sintió que le costaba arrastrar los pies sobre la alfombra. Escuchó el sonido seco de los documentos que él firmaba con una fuerza excesiva. El silencio que se instaló entre ellos no era el silencio cómodo de dos personas trabajando; era un silencio espeso, lleno de los ecos de lo que se habían dicho en la oscuridad del coche.
—Necesito el informe de riesgos de los Van Doren. Ahora —dijo Dante. Su voz era plana, despojada de la ronquera emocional de la noche anterior. Había vuelto a ponerse la máscara de CEO implacable, pero sus ojos, inyectados en sangre, lo traicionaban. Él tampoco había dormido.
Lucía caminó hacia su escritorio con la carpeta en las manos. Al dejarla frente a él, sus dedos rozaron accidentalmente la superficie de la mesa, muy cerca de la mano de Dante. Ambos se tensaron al mismo tiempo, como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Él levantó la vista y la atrapó en una mirada que Lucía no pudo esquivar.
—Señorita Bennet —dijo él, y su voz vibró con una tensión que amenazaba con romper el cristal de la mesa—. Respecto a lo que ocurrió anoche en el coche...
—No ocurrió nada, señor —lo interrumpió ella, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella misma—. El cansancio de la fiesta y la tensión del viaje nos hicieron decir cosas que no tenían lugar. Por mi parte, está olvidado. Mi compromiso con esta firma y con usted sigue siendo puramente profesional. No tiene de qué preocuparse.
Dante apretó la mandíbula con tanta fuerza que Lucía vio cómo un músculo saltaba en su mejilla. Ella le estaba ofreciendo el puente de plata, la salida perfecta para pretender que la confesión de su interés por ella nunca había existido. Pero a Dante, verla tan compuesta, intentando borrar con tanta facilidad lo que él sentía quemándole el pecho, le resultó insoportable.
—Olvidado —repitió él, con un tono que bordeaba el sarcasmo—. Qué eficiente es usted, Lucía. Realmente es la asistente perfecta.
Se puso de pie bruscamente y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Sus hombros anchos parecían cargar con todo el peso del edificio.
—Sin embargo, las tres semanas en Milán se van a sentir muy largas si seguimos fingiendo que no hay un elefante en esta habitación. No me gusta que mi personal me tenga miedo, pero me gusta menos que me mientan. Usted sabe tan bien como yo que lo que dije anoche no fue por el alcohol. No bebo lo suficiente como para perder el control de mis palabras.
Lucía se quedó estática en medio de la oficina, apretando su libreta contra el pecho.
—Entonces, ¿qué quiere de mí, señor? —preguntó, con la voz quebrada por la frustración—. ¿Quiere que admita que yo también siento algo? ¿Que cada vez que me mira de esa forma siento que me falta el aire? Eso solo nos llevaría al desastre. Usted tiene una vida planeada, una boda inminente y un imperio que proteger. Yo solo tengo mi reputación y mi integridad. No puedo permitirme el lujo de jugar a esto.
Dante se giró lentamente. La frialdad profesional se había evaporado, sustituida por una mirada de posesividad cruda y sombría.
—No es un juego. Ese es el maldito problema. No sé cómo manejar la forma en que me haces sentir, Lucía. Nunca he tenido que esforzarme por el autocontrol hasta que llegaste tú con tus ideales y esa mirada de inocencia que me hace cuestionar todo lo que he construido.
Se acercó a ella con pasos lentos, obligándola a retroceder hasta que sus rodillas chocaron con su propio escritorio.
—Anoche dije que no quería cometer un error —susurró él, deteniéndose a solo unos centímetros. Lucía podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a café y tabaco—. Pero hoy, mirándote intentar ser esa asistente fría de nuevo, empiezo a pensar que el único error es seguir fingiendo que ese contrato importa más que lo que está pasando entre nosotros cada vez que respiramos el mismo aire.
El espacio entre ellos vibraba con una electricidad peligrosa. Lucía sentía que si él daba un paso más, ella se desmoronaría. Pero antes de que el silencio pudiera romperse con algo irreparable, la secretaria de la oficina local llamó a la puerta con dos golpes secos.
—Señor Moretti, los abogados italianos están en la sala de juntas.
La burbuja estalló. Dante se apartó bruscamente, recuperando su compostura con una velocidad que a Lucía le pareció aterradora. El hombre de hielo había vuelto, pero ambos sabían que la grieta en su armadura ahora era una brecha abierta.
—Hágales pasar —ordenó Dante, sin mirar atrás—. Y señorita Bennet... tráiganos café. Cargado. Lo vamos a necesitar para sobrevivir a esta tarde.
Lucía salió de la habitación con las piernas temblando. El día después no había traído la paz, sino la declaración formal de una guerra interna que ninguno de los dos estaba seguro de querer ganar.