Darío De la Forte, un hombre que lucha contra su pasado y las manipulaciones que una vez destruyeron su relación con Erika Angeléis Santi. Tras un reencuentro en París, Darío descubre que las traiciones y los malentendidos fueron orquestados por Ariadna, una mujer obsesionada con él. Decidido a no perder nuevamente a Erika, Darío se embarca en un viaje de redención y amor, dispuesto a luchar por la mujer que siempre ha amado. En el proceso, ambos deberán enfrentar sus propios demonios y sanar las heridas del pasado para construir un futuro juntos.
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Punto de calma
Unos fuertes brazos me encierran y mi mejilla recibe un pegajoso beso por el cual sonrío.
—Eres tan hermosa mi amor, estoy feliz de que estés a mi lado.
—Puedo decir lo mismo, si no fuera por ti, creo que ya me hubiese derrumbado.
—Tranquila, ella va a estar bien, ahora simplemente su cuerpo está sobrecargado por el susto, pero ya tú hiciste la primera parte que fue calmarla y darle seguridad.
—Necesita más, deberíamos acostarnos a su lado o consideras que sería mucho el sobre estímulo sensorial.
—Si es alguien que ella sabe que la ama, no pienso, pero no puedo estar cien por ciento seguro, no es mi campo.
Recuesto mi cabeza en su pecho y respiro su olor, eso me llena de paz. ¿Será que nosotros dos podremos seguir juntos si algo así nos pasa?
—Me gustaría que esas muestras de amor fueran dadas en otro lugar, por favor.
—¿Ma?
Mi madre entra y se detiene delante de mí, donde toma mi rostro entre sus manos y besa mi frente.
—Bajen a disfrutar con la familia, han decidido hacer una parrillada.
—¿Y la nena?
—No te preocupes, tu padre y yo nos rotaremos para cuidarla, yo haré el primer turno. Tu ayuda a tu padre con Xavier, tu hermano necesita apoyo hija, no reproches.
—Lo sé, lo siento, es que me duele ver que ella aún lo puede.
—Es cierto, pero es la madre de su hija, con quien lleva años de matrimonio, eso no se supera tan fácil. Tu hermano tiene que perdonar y perdonarse cariño. Solo espero que en un futuro alguien pueda entrar a su vida y hacerlo realmente feliz. Pero…
—¿Quién se atrevería a aceptarlo con Ana en su vida?
—Nosotros la amamos, pero la realidad, es que los de afuera al vernos sienten pena y prefieren alejarse como si fuese algo terrible.
—Ma, no todos son así.
—No los juzgo querida ni los culpo, es una reacción normal del ser humano huir de lo complicado y más si no tiene solución. —Miramos a nuestra peque—. Vayan, diviértanse, se lo merecen. Sobre todo, tu mi niña, has trabajado muy fuerte en este tiempo que han vivido juntos. Has renunciado incluso a tu profesión que tanto amas.
—No me arrepiento.
—Lo sé, ahora vayan. Usen el cuarto de Darío para cambiarse.
Le sonrió, salgo delante en lo que Darí recoge nuestras cosas. Llego hasta la habitación que siempre este ha tenido en casa y mi boca se estira sola en forma de u, incluso mis ojos se llenan de lágrimas.
Este lugar también tiene historia nuestra contenida entre sus paredes. A veces veíamos películas juntos aquí, tocábamos guitarra y hasta nos quedábamos dormidos uno al lado del otro, no solo era mi cuarto el testigo de nuestra relación. Aquí fue donde él me acepto al final, después de aquella borrachera que tuvo. No olvido esa noche, no dormí preocupada porque me había besado, cuando lo vi irse con mis hermanos temblé, pensé en que se buscaría una mujer. Pero en vez de eso los tres venían arrastrándose, él el peor de todos. Me dan la vuelta sin previo aviso y mi boca es tomada, por el susto no contesto.
—¿Qué? ¿No sabes besar?
Río y me adueño de sus labios con deseo, con orgullo de que es mío, con seguridad de que es el hombre que necesito. No sé cómo, pero estamos desnudos y teniendo sexo justo ahora, es como si cada vez que me pierdo en sus besos, mi mundo se pierde en el suyo. Trato de no hacer mucho escándalo, pero él sabe cómo elevarme hasta la locura. Agradezco que justo a tiempo ha absorbido mis gemidos con su boca y puedo perderme en el séptimo cielo sin preocupación.
Estoy entre sus brazos, tengo algo de sueño, sus dedos acarician mi rostro y reparte besos por este. Se me escapa una burla y me pellizca las caderas, a lo cual me quejo diciéndole que me deje en paz.
—¿Recuerdas?
Lo miro directo a los ojos.
—¿Qué?
—En este cuarto acepté que te quería, que en serio deseaba una relación contigo.
—Lo sé, sentí nostalgia de nuestra juventud al entrar.
—Si… por eso tenía que crear un nuevo recuerdo aquí. El tenerte entre mis brazos y hacerte mía.
Comencé a reírme, era un descarado cuando se lo proponía, crucé mis brazos por su cuello y luego de darle un beso ligero.
—Tú puedes hacerme tuya donde quieras, porque en mi corazón siempre lo he sido.