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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

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capitulo 3

La luz del sol entró en la habitación con una agresividad que a Lía le pareció un castigo personal. Abrió los ojos y, durante los primeros cinco segundos, el techo artesonado de color gris carbón le resultó completamente ajeno. Luego, el peso de los recuerdos de la noche anterior cayó sobre ella como una losa: el vestido negro, el tequila, la traición de Julián y… él.

Se giró lentamente, con el corazón martilleando no solo por la resaca, sino por la expectativa. El lado de la cama estaba vacío, pero las sábanas aún conservaban el calor y ese aroma inconfundible a sándalo que la había perseguido en sueños durante meses.

Lía se incorporó, cubriéndose con el edredón de seda. La habitación era el epítome del lujo masculino: minimalista, con ventanales de suelo a techo que mostraban el skyline de la ciudad y obras de arte moderno que sugerían un gusto refinado y un bolsillo muy profundo. En una silla cercana, su vestido negro estaba cuidadosamente doblado. Junto a él, una nota escrita con una caligrafía firme y elegante:

“Hay café en la cocina. No te vayas sin desayunar. Tenemos mucho de qué hablar, Lía.”

El uso de su nombre, de nuevo, le provocó un escalofrío. Se levantó, sintiendo el cuerpo ligeramente dolorido —un dolor delicioso que le recordaba que lo de anoche no había sido otra fantasía— y se puso una camisa de lino blanco que encontró en el vestidor. Le quedaba enorme, llegándole a mitad del muslo, y el roce de la tela contra su piel todavía sensible le hizo recordar la urgencia de las manos de aquel hombre.

Caminó descalza hacia la cocina de concepto abierto. El sonido de una cafetera italiana rompió el silencio. Allí, de espaldas a ella, estaba él. Llevaba unos pantalones de traje pero estaba descalzo y sin camisa, dejando ver la musculatura de su espalda que se tensaba con cada movimiento.

—Te queda mejor a ti que a mí —dijo él sin darse la vuelta, como si tuviera un sexto sentido para detectar su presencia.

Lía se detuvo en el umbral, apoyándose en el marco de la puerta.

—¿Quién eres? —preguntó ella, con la voz todavía rota por el sueño—. Y no me digas que eres el hombre de mis sueños. Quiero un nombre real. Una vida real.

Él se giró lentamente, sosteniendo dos tazas de cerámica. Sus ojos oscuros la recorrieron con una intensidad que hizo que Lía se apretara la camisa contra el pecho.

—Mi nombre es Dante Valerios —dijo él, acercándose y extendiéndole una taza—. Y aunque no lo creas, Lía, la vida real es mucho más complicada que lo que sucede mientras duermes.

Lía tomó el café, evitando el contacto de sus dedos, aunque fue inútil; la chispa eléctrica saltó de todos modos.

—¿Dante Valerios? —repitió ella. El nombre le sonaba vagamente, algo relacionado con el mundo empresarial o legal, pero su mente todavía estaba demasiado nublada—. ¿Cómo sabías quién era yo en el club? ¿Por qué me buscaste?

Dante se apoyó en la encimera de mármol y bebió un sorbo de su café, observándola por encima del borde de la taza.

—No te busqué ayer, Lía. Llevo viéndote en mis sueños el mismo tiempo que tú a mí. Al principio pensé que era estrés, o una fijación con alguien que me crucé en la calle. Pero ayer, cuando te vi en la pista de baile, supe que no estaba loco. O que, al menos, compartimos la misma locura.

Lía sintió un mareo que no tenía nada que ver con el alcohol.

—Eso es imposible —susurró ella—. La ciencia no… las conexiones oníricas no existen.

—Díselo a tu piel, que reconoció la mía antes de que cruzáramos una palabra —replicó él con una seguridad aplastante. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Pero hay algo más que debes saber. Algo que no es místico, sino dolorosamente terrenal.

Lía lo miró, intrigada y asustada a la vez.

—¿A qué te prefieres?

—Ayer mencionaste que tu casa “se quemó”. Supongo que te referías a Julián y a tu hermana —Dante hizo una pausa, y su expresión se volvió profesional, casi fría—. Soy abogado, Lía. Especialista en derecho corporativo y divorcios de alto perfil. Y ayer por la mañana, antes de que tú llegaras a tu casa, recibí una llamada de Julián Montero. Quiere contratarme para representarlo en su proceso de divorcio contra ti.

El mundo de Lía se detuvo. La taza de café tembló en sus manos.

—¿Qué? —exclamó, sintiendo una náusea repentina—. ¿Julián te llamó? ¿Sabe que estoy aquí?

—No, no lo sabe —respondió Dante rápidamente, dando otro paso para sostenerle el brazo y estabilizarla—. Él no sabe quién soy en realidad para ti, ni lo que pasó anoche. Me llamó porque soy el mejor en lo que hago y porque sabe que tu padre tiene blindada la propiedad de la casa y las acciones de la constructora. Julián quiere una guerra, Lía. Quiere dejarte sin nada para empezar de nuevo con Sara.

Lía soltó una carcajada amarga, una que terminó en un suspiro tembloroso.

—Es increíble. Mi esposo me engaña con mi hermana, y el hombre con el que me acuesto para olvidarlo resulta ser el abogado que él quiere contratar para destruirme. Esto no es un sueño, es una pesadilla de mal gusto.

—No voy a aceptar su caso —dijo Dante, su voz bajando un octavo, volviéndose profunda y protectora—. Ayer, cuando escuché su nombre, no sabía quién era su esposa. Pero cuando te vi en el bar, y cuando nos tocamos… —Dante dejó la taza y tomó el rostro de Lía entre sus manos—. Lía, no puedo ser su abogado porque ahora soy una parte interesada. No solo porque te deseo, sino porque lo que tenemos es… algo que no puedo explicar legalmente.

Lía lo miró a los ojos. En esa mirada encontró una verdad que la asustaba más que el divorcio: Dante Valerios no era un extraño. Era el hombre que la había poseído en sus sueños durante meses, y ahora era el único muro que se interponía entre ella y la destrucción que Julián planeaba.

—Él no se va a detener —dijo Lía, sintiendo el peso de la realidad—. Julián es un cobarde, pero cuando se siente acorralado, ataca. Y Sara… ella siempre ha querido todo lo que es mío.

—Entonces les daremos una lección —sentenció Dante, pegando su frente a la de ella—. Pero primero, necesito que confíes en mí. No como el hombre de tus sueños, sino como el hombre que te va a ayudar a ganar esta guerra.

Lía cerró los ojos, aspirando el aroma de Dante. Por un momento, el caos de su vida pareció manejable. Pero una duda seguía quemándole en la garganta.

—Dante… si él te llamó antes de que yo llegara a casa… eso significa que Julián ya tenía planeado dejarme mucho antes de que yo los encontrara, ¿verdad?

Dante guardó silencio un segundo, y esa fue la respuesta más dolorosa de todas.

—Él estaba preparando el terreno, Lía. Quería pedirte el divorcio antes de que te enteraras de lo de Sara, para quedarse con una compensación por “abandono de hogar” o alguna otra mentira técnica. Pero llegaste temprano. Cambiaste el tablero.

Lía se separó de él, con la mandíbula tensa. El dolor de la traición se transformó en una determinación fría.

—Bien. Si quiere guerra, la tendrá. Pero no quiero que solo rechaces su caso, Dante. Quiero que me ayudes a encontrar al mejor abogado de la ciudad. Alguien que lo haga arrepentirse de haber nacido.

Dante sonrió, una sonrisa que esta vez sí llegó a sus ojos, revelando un brillo de admiración.

—Ya lo has encontrado, Lía. Yo no puedo ser tu abogado oficial por el conflicto de interés, pero conozco a la persona perfecta. Mi socia. Ella lo destrozará. Y mientras tanto…

Dante la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí, recordándole con el roce de sus cuerpos que la noche no había terminado con el amanecer.

—Mientras tanto, yo me encargaré de que no vuelvas a sentirte sola ni un segundo más.

Lía lo besó, esta vez con la lucidez de quien sabe que está entrando en un juego peligroso, pero con la pasión de quien no tiene nada más que perder. El divorcio iba a ser un infierno, pero con el diablo de su lado, quizás, solo quizás, el fuego no quemaría tanto.

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