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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAP 20 Plumas de plata, descargas de 220v y un "Memo" que no sabe decir adios

El camino hacia las Cascadas de Cristal se sentía extrañamente vacío sin el aroma a jazmín de Briana, la presencia imponente de Kaia o el frío reconfortante de Iris. Caminábamos por un sendero flanqueado por helechos gigantes que goteaban una savia luminosa, mientras el rugido del agua a lo lejos se hacía más presente con cada kilómetro. Alejandro lideraba la marcha, con su torso musculoso y curtido por el sol resaltando bajo los nuevos tatuajes mágicos que parecían vibrar con la energía del anillo de hierro en su pulgar.

—¡Oye, pitufo con complejo de Google Maps! —gritó Ringo, colgado de una liana para no tocar el lodo—. ¿Falta mucho? Porque mis nalgas de primate ya se están entumeciendo y el flan aquí presente camina como si estuviera desfilando en el Pride de la CDMX.

—Se llama "paso de combate", bola de pelos analfabeta —le devolvió Caeris, sin siquiera voltear, moviéndose con la agilidad de una sombra entre los arbustos—. Y si no cierras el pico, te voy a usar como carnada para los Gatos de Vapor que rondan esta zona.

—¡Uy, qué genio! —bufó el mono—. Alejandro, dile algo a tu GPS de bolsillo. Se cree mucho porque trae dagas nuevas, pero apuesto a que no sabe ni qué es un link de referido.

Alejandro soltó una risa corta, ajustando la empuñadura de "El Relámpago de Vado Alto" en su cinturón.

—Ya dejen de pelear, parecen mis tías discutiendo por los terrenos en Navidad. Caeris, ¿qué es ese sonido?.

Un chillido agudo y desesperado, como el de un águila atrapada en una licuadora, rompió la atmósfera del bosque. Venía de un claro cercano, tras una pared de rocas cubiertas de musgo azul. Sin pensarlo, Alejandro desenvainó el mangual, sintiendo la descarga ligera que le recorrió el brazo de inmediato.

Al asomarse, la escena le revolvió el estómago. Tres pequeños hipogrifos —criaturas hermosas con cuartos delanteros de águila de plumas plateadas y traseros de león— estaban acorralados contra un risco. Frente a ellos, una masa amorfa de "Sustancia de Sombra" y raíces podridas se alzaba como una torre de pesadilla: un Acechador de Podredumbre masivo, cuyos ojos rojos goteaban una viscosidad negra que marchitaba todo lo que tocaba. El monstruo levantó un zarpazo podrido, listo para aniquilar a las crías que piaban con terror.

—¡Ni madres! —rugió Alejandro, saltando desde la roca.

El Chilango aterrizó con un estruendo, su musculatura en máxima tensión. Hizo girar el mangual sobre su cabeza. El león de su brazo brilló con un azul eléctrico tan intenso que iluminó el claro entero.

—¡Grecuérdame por qué no nos quedamos en la forja, flan! —gritó Ringo, saltando a una posición de combate—. ¡A este paso vamos a terminar como hot cakes quemados!

Alejandro ignoró el comentario y canalizó su Maná hacia la empuñadura rúnica. El mangual, que hasta hace un segundo era una cadena de tamaño normal, se expandió violentamente. La bola de picos de obsidiana creció hasta alcanzar el tamaño de una llanta de tráiler, rodeándose de arcos de electricidad azul que hacían crujir el aire con olor a ozono.

—¡Cómete esta descarga de CFE, infeliz! —gritó Alejandro.

Lanzó el golpe con una inercia perfecta, técnica que Gromm le había grabado a fuego en los músculos. El impacto contra el pecho del Acechador fue como una explosión. La electricidad de "El Relámpago" estalló al contacto, recorriendo el cuerpo de sombra del monstruo y fundiendo sus raíces internas al instante. El Acechador soltó un alarido distorsionado y retrocedió, pero Alejandro no le dio respiro. Acortó la cadena con un pensamiento, encogiendo el arma para ganar velocidad, y conectó un golpe ascendente que le voló la cabeza de sombra en mil pedazos.

Caeris no se quedó atrás; apareció como un rayo detrás del monstruo, sus dagas gemelas trazando cortes de luz que terminaron de desestabilizar la forma del Acechador. Ringo, aplicando su "Boxeo de Barrio", le conectó un combo de ganchos rápidos a lo que quedaba de la zona media del monstruo.

—¡Toma! ¡Por! ¡Cochino! ¡Y por no tener seguro de gastos médicos! —gritaba el mono entre cada golpe.

El monstruo se disolvió en un charco de lodo negro que se evaporó rápidamente. El silencio regresó, interrumpido solo por el piar débil de los pequeños hipogrifos. Alejandro se acercó con cuidado, encogiendo el mangual hasta que fue una pequeña cadena de bolsillo.

—Ya pasó, chiquitines. El coco ya se fue —susurró, extendiendo su mano curtida.

Dos de los hipogrifos salieron volando en cuanto recuperaron el aliento, pero el tercero, el más pequeño y con una mancha blanca en la frente, se quedó ahí. Miró a Alejandro con ojos dorados e inteligentes, se acercó y empezó a frotar su cabeza plumosa contra los abdominales marcados del guerrero.

—¡Chale, flan! ¡Ya te salió otro fan! —se burló Ringo—. Primero las guerreras, luego la princesa, y ahora este pollo con esteroides. Tienes un imán para los problemas que tienen alas o sentimientos.

—No es un problema, Ringo. Es un superviviente —dijo Alejandro, acariciando las plumas plateadas—. Te vas a llamar Memo. Porque tienes cara de ser de los que no olvidan a quien les echa la mano.

El pequeño Memo soltó un graznido alegre y se acomodó en el hombro de Alejandro, justo al lado de donde solía estar Ringo, lo que provocó que el mono hiciera un berrinche digno de un niño de primaria.

Mientras tanto, a leguas de distancia, la temperatura descendía de forma alarmante. Briana, Kaia e Iris cabalgaban por los desfiladeros de los Picos Negros, siguiendo el rastro de la Princesa Alizee. El viento gélido golpeaba sus rostros, pero la determinación en sus ojos era más fuerte que el frío.

—Bastian debe estar cerca —comentó Kaia, ajustando su espada negra, su melena oscura ahora protegida por una capucha de piel.— Siento la vibración de su escudo de luz en la atmósfera. Está bajo asedio.

—El velo del sur se está rasgando —añadió Briana, cuyas manos brillaban con una luz violeta constante para mantener el calor del grupo.— Si no llegamos antes del ocaso, la Sombra consumirá el repetidor y no habrá vuelta atrás.

Iris, en su forma humana pero con los sentidos de loba al máximo, olfateó el aire helado.

—Huelo sangre... y ozono. Bastian está peleando en serio. Alejandro confía en que lo traeremos de vuelta, y yo no pienso fallarle a mi manada.

La Princesa Alizee lideraba la carga, con su armadura de plata reflejando los últimos rayos del sol. Se sentía el peso de la responsabilidad en sus hombros; sabía que el éxito de estas tres guerreras era la única esperanza de su reino. En un momento de descanso, Alizee miró a las tres.

—Él tiene suerte de tenerlas. Y este mundo tiene suerte de que el "Chilango" sea tan terco como para no rendirse.

De vuelta en el sendero hacia las cascadas, la paz duró poco. Caeris se detuvo en seco, señalando hacia adelante.

—Ya estamos en territorio de las Cascadas de Cristal. Alejandro, prepárate. El aire aquí está saturado de magia pura, y eso atrae cosas que hacen que ese Acechador parezca un perrito faldero.

—¡Cámara! —respondió Alejandro, sintiendo el peso reconfortante de "El Relámpago" en su cadera y el graznido de Memo en su oído.— Que venga lo que quiera. Traigo batería, traigo equipo y traigo ganas de terminar esta chamba de una vez por todas.

Ringo soltó una carcajada mientras intentaba quitarle una pluma a Memo.

—¡Eso dices ahora! Pero espera a que veas lo que nos espera. ¡Andando, equipo Flanecitos a la mitad! ¡El espectáculo debe continuar!.

El trío, ahora cuarteto con la adición del hipogrifo plateado, se adentró en la bruma luminosa, dejando atrás el bosque para enfrentar el desafío final de las aguas mágicas. El destino de dos mundos seguía pendiendo de un hilo, pero Alejandro ya no caminaba con el miedo de un oficinista, sino con el paso firme de un héroe de leyenda.

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