El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 4: Silencio, libros y una invitación peligrosa
La biblioteca central de Saint Jude era un mausoleo de sabiduría envuelto en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el pasar de las hojas y el eco lejano de algún zapato contra el mármol. Para Ian, este era su santuario. Aquí no tenía que sonreír a las animadoras, ni chocar las palmas con los novatos del equipo, ni fingir que le importaban los chismes del campus. Aquí, entre el olor a papel viejo y barniz, podía ser simplemente el chico que prefería los datos exactos a las interacciones humanas.
Sin embargo, ese santuario acababa de ser profanado por una presencia que olía a perfume de cereza y a problemas inminentes.
Sky llegó a las seis en punto, ni un segundo más tarde. No caminaba, desfilaba. Se dejó caer en la silla frente a Ian con una energía que parecía hacer vibrar las mesas de roble macizo. Llevaba una sudadera oversize que dejaba ver un hombro y sus inseparables cascos colgando del cuello.
—Puntualidad británica, capitán. ¿Me pones una estrellita en la frente o pasamos directamente a la disección de tu tobillo? —susurró ella, con esa voz descarada que, en el silencio de la biblioteca, sonaba como un trueno.
Ian no levantó la vista de su libro de texto de alto nivel. Sus dedos largos y pálidos sostenían un bolígrafo de tinta negra con una precisión envidiable.
—Silencio, Sky. Aquí se viene a trabajar, no a montar un espectáculo —respondió él en un susurro gélido, sin un ápice del humor que mostraba en las cafeterías.
Él estaba en su modo "reservado". La mandíbula tensa, los ojos fijos en los diagramas de los ligamentos deltoideos y esa aura de "no te acerques" que solía alejar a todo el mundo. Pero Sky no era todo el mundo.
Ella abrió su cuaderno negro y comenzó a sacar marcadores de colores, una tablet y tres libros de referencia que harían palidecer a cualquier estudiante de medicina. Durante los siguientes cuarenta minutos, ocurrió algo inesperado: el silencio se volvió productivo. Ian escribía con una velocidad asombrosa, sintetizando información compleja en puntos clave, mientras Sky dibujaba esquemas de fuerzas y vectores que explicaban por qué la estructura ósea de un atleta de alto rendimiento colapsaba bajo estrés.
Ian, por el rabillo del ojo, no podía dejar de mirar el cuaderno de ella. La forma en que Sky conectaba la física con la biología era... fascinante. Ella no solo era "aplicada", era brillante. Tenía una mente caótica que encontraba patrones donde otros solo veían desorden.
De pronto, un grupo de estudiantes de primer año pasó cerca de su mesa. Al reconocer a Ian, se detuvieron.
—¡Eh, Thorne! Increíble el tiro de ayer, hombre. ¿Vienes a la fiesta de la fraternidad esta noche? —preguntó uno, hablando demasiado alto.
En un parpadeo, la máscara regresó. Ian levantó la vista y su rostro se iluminó con esa calidez prefabricada.
—¡Claro, Taylor! Si el entrenador no nos mata antes en el gimnasio, ahí estaré. Guárdame una cerveza —dijo con una risa ligera y encantadora.
Sky puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi le dolió. En cuanto los chicos se alejaron, la sonrisa de Ian se evaporó como el rocío bajo el sol, volviendo a su expresión sombría y distante.
—Eres un fraude fascinante —murmuró Sky, inclinándose sobre la mesa hasta que sus rostros quedaron a menos de treinta centímetros—. Te sale tan natural que asusta. Pero te delata la cadena, Ian.
Él frunció el ceño, llevándose una mano al cuello de forma inconsciente, tocando el metal plateado.
—¿De qué hablas?
—Cuando mientes con esa sonrisa de "chico popular", te tocas la cadena. Es un tic nervioso. Una búsqueda de algo real mientras vendes humo —Sky sonrió de forma depredadora—. Me encanta haberlo descubierto.
Ian cerró su libro de golpe. El sonido resonó en toda la sala, provocando que la bibliotecaria les lanzara una mirada de advertencia.
—No me analices. No eres mi terapeuta, eres mi compañera de proyecto. Limítate a los huesos, no a mi cabeza.
—Oh, pero todo está conectado, capitán. El sistema nervioso controla el motor —replicó ella, sin retroceder ni un milímetro.
En ese momento, el sistema de megafonía de la biblioteca emitió un pitido.
"Atención estudiantes, la biblioteca cerrará en quince minutos debido a labores de mantenimiento en el sistema eléctrico. Por favor, recojan sus pertenencias."
Ian soltó un gruñido de frustración.
—Genial. Justo cuando estábamos llegando a la parte de la fatiga crónica del tejido. Esto tiene que entregarse mañana a primera hora y apenas vamos por la mitad.
Sky miró a su alrededor. Los pocos estudiantes que quedaban ya se estaban marchando. Luego miró a Ian. Sabía que él odiaba los espacios compartidos, odiaba que lo invadieran, pero también sabía que su orgullo académico y su beca no le permitirían entregar un trabajo mediocre.
—Mis amigas no están —soltó Sky con una naturalidad desarmante—. Se fueron todas a la fiesta de la que hablaba tu amigo. Mi habitación está en el ala este, tercer piso. Tengo una mesa de dibujo profesional, café de verdad y nadie que nos moleste con risas falsas.
Ian se quedó helado. La idea de entrar en el espacio personal de alguien, especialmente de alguien tan caótica como Sky, le producía un rechazo instintivo. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa.
—No —dijo secamente—. Podemos terminarlo mañana temprano en la cafetería.
—En la cafetería te interrumpirán cada cinco minutos para pedirte fotos o hablar del partido —rebatió ella, guardando sus cosas con rapidez—. Además, mi habitación tiene la mejor iluminación para los diagramas. ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo, Thorne? ¿O tienes miedo de que, sin público, se te olvide cómo fingir que eres un chico normal?
La lengua afilada de Sky dio en el blanco. Ian la miró con una mezcla de irritación y una curiosidad oscura que empezaba a ganarle la batalla a su prudencia. Ella era un reto, y él, por muy reservado que fuera, era un competidor por naturaleza.
—Tengo mi propia motocicleta —dijo él, levantándose y colgándose la mochila al hombro—. No necesito que me guíes. Dame el número de habitación.
Sky anotó el número en un post-it fosforescente y se lo pegó directamente en la mano a Ian. El contacto de los dedos de ella contra su piel hizo que Ian diera un pequeño respingo, una chispa de incomodidad mezclada con algo más eléctrico que se esforzó por ignorar.
—Habitación 302. No tardes, capitán. No me gusta esperar a los chicos guapos, me aburro y empiezo a romper cosas —le guiñó un ojo y salió de la biblioteca con un contoneo triunfal.
Ian se quedó allí un momento, mirando el papel amarillo en su mano. Sabía que cruzar el umbral de la habitación de Sky era como entrar voluntariamente en el ojo de un huracán. Pero, por alguna razón que su mente científica no lograba explicar, su corazón latía con una anticipación que no sentía desde la final del campeonato pasado.
Guardó el post-it en el bolsillo de su pantalón cargo y se dirigió al estacionamiento. La noche estaba fresca, ideal para conducir su motocicleta negra a toda velocidad hacia lo que, sospechaba, sería el encuentro más peligroso de su vida académica y personal.