Valeria Castillo tiene una vida clara y ordenada: es periodista deportiva, ama su trabajo y sabe perfectamente cómo manejar a los hombres arrogantes del mundo del boxeo. Al menos… eso creía.
Todo cambia cuando conoce a Adrián Vega, el boxeador más prometedor del campeonato nacional. Talentoso, peligroso dentro del ring, insoportablemente seguro de sí mismo fuera de él… y con una sonrisa capaz de arruinarle la paciencia a cualquiera.
Lo que empieza como simples entrevistas pronto se convierte en algo más complicado: miradas demasiado largas, discusiones cargadas de tensión y una atracción imposible de ignorar. Adrián está acostumbrado a ganar todas sus peleas, pero nunca ha tenido que luchar por el corazón de una mujer que no piensa caer fácilmente.
Entre entrenamientos brutales, campeonatos que pueden cambiar una carrera, celos inesperados y momentos tan caóticos como románticos, Valeria descubrirá que amar a un boxeador significa vivir al borde del nocaut emocional.
Porque Adrián Vega puede derrotar a cualquiera en el ring…
pero con Valeria Castillo cada día es una pelea nueva.
Y tal vez la más difícil de todas.
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Capítulo 5 Asiento equivocado
La invitación llegó dos días después.
Valeria Castillo estaba revisando correcciones en uno de sus artículos cuando un sobre apareció en su escritorio.
No lo dejó cualquier persona.
Lo dejó el mismo jefe de la redacción.
—Castillo —dijo él—. Tienes acceso especial.
Valeria levantó la mirada.
—¿Acceso especial a qué?
El hombre señaló el sobre.
—Ábrelo.
Valeria lo hizo con cuidado.
Dentro había una credencial laminada.
También dos boletos.
Y una nota escrita a mano.
Valeria reconoció la letra inmediatamente.
Grande.
Desordenada.
Y sospechosamente confiada.
"Periodista.Si vas a escribir sobre boxeo, deberías verlo de cerca.— Adrián"Valeria cerró los ojos un segundo.
—Increíble.
Su jefe sonrió.
—Es para la pelea del sábado.
—Lo sé.
—Es una pelea grande.
—También lo sé.
—¿Entonces cuál es el problema?
Valeria levantó la nota.
—El problema es quién la envió.
—El campeón nacional.
—Exactamente.
Su jefe se cruzó de brazos.
—¿Vas a cubrir la pelea o no?
Valeria suspiró.
—Voy a cubrir la pelea.
—Perfecto.
Se alejó.
Valeria volvió a mirar la nota.
—Esto no significa nada —murmuró para sí misma.
Pero la pequeña sonrisa en la esquina del papel parecía burlarse de ella.
El estadio estaba completamente lleno.
Miles de personas ocupaban cada asiento mientras enormes pantallas iluminaban el ring en el centro de la arena.
El ruido del público era constante.
Gritos.
Apuestas.
Música.
Valeria caminaba entre la multitud con su credencial de prensa colgando del cuello.
Había cubierto eventos deportivos antes, pero el ambiente de una pelea de boxeo siempre era diferente.
Más eléctrico.
Más impredecible.
Un asistente del estadio se acercó.
—¿Prensa?
Valeria mostró su credencial.
El hombre la miró y luego revisó una lista en una tableta.
—Sígame, por favor.
Valeria frunció el ceño.
—Pensé que la sección de prensa estaba del otro lado.
—Hay una ubicación reservada para usted.
Eso le pareció extraño.
Pero lo siguió de todos modos.
Caminaron por un pasillo más privado.
Luego por unas escaleras.
Y finalmente llegaron a una sección mucho más elegante del estadio.
Sofás.
Mesas.
Servicio de bebidas.
Valeria se detuvo.
—Creo que hay un error.
—No lo hay —dijo el asistente.
Señaló un grupo de personas.
—Su asiento está allí.
Valeria miró hacia la mesa.
Había cuatro personas sentadas.
Un hombre mayor.
Una mujer elegante.
Un chico joven.
Y una niña que sostenía un cartel que decía "¡VAMOS ADRIÁN!"
La niña fue la primera en verla.
—¡Llegó!
Todos levantaron la mirada.
La mujer sonrió inmediatamente.
—¡Hola!
Valeria parpadeó.
—Hola…
El asistente señaló una silla vacía.
—Su lugar.
Luego se fue.
Valeria se quedó de pie unos segundos.
El hombre mayor habló primero.
—Tú debes ser Valeria.
Valeria sintió que algo no estaba bien.
—Sí…
—Adrián nos habló de ti.
Valeria casi se atragantó con el aire.
—¿Perdón?
La mujer le hizo un gesto para que se sentara.
—Ven, siéntate.
Valeria obedeció lentamente.
La niña la observaba con curiosidad.
—¿Eres la periodista?
Valeria asintió.
—Sí.
La niña sonrió.
—Adrián dijo que eras muy seria.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Lo soy.
El chico joven se inclinó hacia ella.
—¿Entonces no eres su novia?
Valeria abrió los ojos de golpe.
—¡NO!
Todos la miraron.
Valeria bajó un poco la voz.
—No.
La mujer rió suavemente.
—Tranquila, solo preguntaba.
Valeria respiró profundo.
—¿Ustedes son…?
El hombre mayor levantó su vaso.
—La familia de Adrián.
Valeria se quedó completamente quieta.
—Por supuesto.
La niña señaló el ring.
—¡Va a ganar!
Valeria intentó sonreír.
—Eso espero.
Pero su mente estaba ocupada con una sola idea.
Ese idiota la había sentado con su familia.
Las luces del estadio comenzaron a apagarse.
La música subió de volumen.
La multitud empezó a gritar.
—¡VEGA!
—¡VEGA!
—¡VEGA!
La entrada de los boxeadores estaba comenzando.
La niña saltaba en su asiento.
—¡Es él!
Valeria miró hacia la pantalla gigante.
Adrián Vega apareció caminando hacia el ring.
Relajado.
Sonriendo.
Como si estuviera entrando a una fiesta.
Cuando llegó al ring levantó los brazos.
El público explotó.
Entonces miró hacia la sección VIP.
Sus ojos encontraron a Valeria inmediatamente.
Y sonrió aún más.
Valeria lo miró con los ojos entrecerrados.
Adrián levantó la mano y saludó discretamente.
La madre de Adrián se inclinó hacia Valeria.
—Siempre hace eso.
—¿Qué cosa?
—Buscar a las personas importantes antes de pelear.
Valeria casi se atragantó otra vez.
—No soy importante.
La mujer sonrió.
—Si él te sentó aquí…
probablemente sí lo eres.
Valeria no sabía qué responder.
En ese momento sonó la campana inicial.
La pelea comenzó.
El oponente de Adrián era grande.
Agresivo.
Pero Adrián estaba sonriendo.
Esquivó el primer golpe con facilidad.
Luego miró a su rival.
—Eso fue rápido.
El hombre lanzó otro golpe.
Adrián se inclinó hacia atrás.
—Casi.
El público gritaba.
Valeria escribía notas rápidamente.
Pero cada pocos segundos…
Adrián miraba hacia la sección VIP.
Y cada vez que lo hacía…
la familia entera giraba la cabeza hacia ella con sonrisas sospechosas.
La niña le dio un pequeño empujón en el brazo.
—Creo que te está mirando.
Valeria respondió sin levantar la vista.
—Está mirando a todos.
—No.
La niña sonrió.
—Solo a ti.
Valeria respiró hondo.
En el ring Adrián bloqueó un golpe.
Luego respondió con tres rápidos.
El tercero conectó directo.
El oponente cayó.
El árbitro comenzó a contar.
—¡UNO!
—¡DOS!
—¡TRES!
La multitud rugía.
—¡CUATRO!
—¡CINCO!
El hombre intentó levantarse.
Pero no lo logró.
—¡KNOCK OUT!
El estadio explotó.
La familia de Adrián se levantó celebrando.
La niña abrazó a Valeria por emoción.
—¡Ganó!
Valeria estaba aplaudiendo casi por reflejo.
En el ring Adrián levantó los brazos.
Pero su mirada volvió a buscar algo.
O a alguien.
Y cuando encontró a Valeria…
le guiñó un ojo.
Valeria apretó los labios.
—Ese hombre va a ser mi ruina.
La madre de Adrián sonrió.
—Nos alegra que haya encontrado una.
Valeria la miró.
—¿Una qué?
La mujer levantó su copa con tranquilidad.
—Alguien que lo mantenga ocupado.
Valeria decidió algo en ese momento.
Cuando volviera a ver a Adrián Vega…
tendrían una conversación muy seria.
Porque aquello de sentarla con su familia…
definitivamente no había sido un accidente.
Y él lo sabía.
Perfectamente.