Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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CAPÍTULO 18: La noche que no estaba en el plan.
—Quiero irme.
Vincent lo dijo inclinándose hacia Antonov en la mesa, lo suficientemente bajo para que solo él escuchara y lo suficientemente firme para que entendiera que no era negociable. Estaba cansada de sonrisas falsas, de miradas que la medían como ganado en feria, del padre pidiendo dinero, de Valentina escupiendo veneno y de trescientas personas que la miraban como si fuera un error de la naturaleza envuelto en un vestido rojo.
—Hay una habitación preparada para nosotros aquí en el hotel —le susurró Antonov—. Podemos subir cuando quieras.
—Ahora. Quiero subir ahora.
Se levantó de la mesa y en ese momento algo cambió.
Fue sutil al principio, como una ola de calor que le subía desde el estómago hasta el pecho, como si alguien hubiera encendido un horno dentro de su cuerpo y estuviera subiendo la temperatura grado a grado. La piel le empezó a hormiguear debajo del vestido. El champán que se tomó —la copa que le quitó a Antonov, la que Valentina preparó con manos de araña paciente— le quemaba en el estómago como un carbón encendido que irradiaba algo que no era dolor sino otra cosa, algo más profundo, más animal, algo que el cuerpo de Emilia reconocía aunque la mente de Vincent no.
¿Qué demonios...?
El calor subió de golpe, como si alguien hubiera abierto una compuerta. La sala entera se volvió borrosa en los bordes, las luces más brillantes, los sonidos más lejanos. La piel le ardía debajo de la tela como si el vestido estuviera hecho de lija. El corazón se le aceleró de una manera que no era miedo ni adrenalina sino algo más primitivo, más urgente.
Antonov la miró y vio el cambio antes de que ella pudiera disimularlo: las pupilas dilatadas, el rubor que le subía por el cuello, la respiración que se había vuelto más corta y más rápida. Los ojos de un hombre que ha visto los efectos de todas las drogas que existen en el mercado registraron los síntomas en menos de tres segundos.
—Emilia, ¿qué tomaste?
—Nada. Solo el champán. Tu copa, la que te quité.
Algo cruzó la cara de Antonov que no era sorpresa sino cálculo, rápido, frío, conectando puntos: Valentina acercándose con las copas, la copa que le ofreció, la copa que Emilia le quitó de la mano.
—Maldita sea —siseó entre dientes.
—Me drogaron —dijo Vincent, y la voz le salió ronca, rasposa, como si la garganta se le estuviera cerrando, pero no de miedo sino de una lucidez furiosa que peleaba contra lo que fuera que le estaba corriendo por las venas—. Me descuidé y me drogaron como un novato. Maldita sea.
Vincent lo sabía porque conocía los efectos. En los años veinte había visto a hombres drogados en fiestas, había visto lo que les ponían en las copas a las mujeres que querían llevar a la cama, había visto los ojos vidriosos y las manos torpes y el calor que les subía por la piel como una fiebre que no era fiebre. Sabía exactamente lo que era. Y saber lo que era no ayudaba en absoluto a combatirlo.
Antonov la agarró de la mano con firmeza y la sacó de la sala por una puerta lateral, caminando rápido, con la mandíbula apretada y la postura de un hombre que está resolviendo un problema antes de que se convierta en un desastre. Cruzaron un pasillo, subieron por un ascensor privado —Vincent se apoyó contra la pared porque las piernas le temblaban y el calor se había convertido en algo que pulsaba con cada latido del corazón— y llegaron a una suite en el último piso.
Antonov abrió la puerta, la metió adentro y cerró con llave.
Vincent se arrancó los zapatos de plataforma y los tiró contra la pared con la fuerza de alguien que está peleando contra su propio cuerpo y perdiendo. El vestido rojo que hace dos horas era una armadura ahora era una cárcel de tela que le apretaba todo y le quemaba la piel por todas partes.
—¿Qué es esto? —jadeó, agarrándose del respaldo de una silla— ¿Qué mierda me dieron?
—Un afrodisíaco —dijo Antonov, quitándose la chaqueta y tirándola sobre el sofá—. Potente, por lo que veo. Probablemente GHB mezclado con algo más. Iba para mí, no para ti.
—La copa. La maldita copa de Valentina.
—Sí.
—Voy a matarla. En cuanto se me pase esto, voy a arrancarle la piel a tiras a esa...
Un espasmo de calor le cortó la frase a la mitad y le arrancó un gemido que no era de dolor sino de algo que el cuerpo de Emilia entendía perfectamente y que la mente de Vincent se negaba a nombrar. Se dobló sobre la silla, respirando entrecortado, con el sudor bajándole por la nuca y empapándole el recogido que Sofía había tardado una hora en perfeccionar.
—Ni lo sueñes —le dijo a Antonov, mirándolo con ojos que brillaban por la droga pero que todavía tenían la lucidez suficiente para amenazar—. No me vas a tocar. Ni así, ni borracha, ni drogada, ni muerta. ¿Me escuchaste, malnacido? No me vas a tener así.
Antonov levantó las manos como un hombre que se rinde.
—No te voy a tocar. No soy ese tipo de hombre.
—Todos son ese tipo de hombre.
—Yo no. Así que cálmate, respira y espera a que pase. Puedo llamar a un médico si...
—No quiero médicos. No quiero que nadie me vea así. Solo necesito que... maldita sea, hace calor, hace un calor del demonio en esta habitación.
Se arrancó el vestido. No se lo quitó con cuidado ni se bajó la cremallera con delicadeza: se lo arrancó como quien se arranca una venda pegada a una herida, tirando de la tela con las dos manos hasta que las costuras cedieron y el vestido rojo que hace tres horas la había hecho sentir invencible cayó al piso como una bandera derrotada.
Se quedó en ropa interior en el centro de la suite, jadeando, sudando, con el pelo cayéndole sobre la cara y el cuerpo de Emilia ardiendo de una manera que no tenía nada que ver con la fiebre y todo que ver con una droga diseñada para eliminar exactamente el tipo de control que Vincent había mantenido durante semanas en este cuerpo.
Antonov la miró.
No quería mirarla, o al menos eso es lo que se habría dicho si alguien le hubiera preguntado. Pero la miró, porque estaba ahí, en ropa interior, jadeando, con la piel brillante de sudor y los ojos enormes que el maquillaje había agrandado y que la droga había convertido en algo que no era súplica ni miedo sino un hambre que no tenía nombre.
—Se te ve bien la ropa interior —dijo, y fue lo peor que pudo haber dicho en el peor momento posible, pero salió de su boca antes de que pudiera frenarlo porque hasta los hombres más controlados del mundo son estúpidos a veces.
Vincent lo miró desde el centro de la habitación con el pelo en la cara y el cuerpo en llamas y algo se rompió adentro, no el control sino algo más viejo, más cansado, la resistencia de alguien que lleva semanas peleando contra un cuerpo que quiere cosas que su mente rechaza y que de repente, con la ayuda de una droga que no pidió, deja de tener fuerzas para seguir peleando.
Se le lanzó encima.
No fue elegante ni romántico ni nada que se pareciera a las escenas de las películas que había visto en la televisión de la mansión. Fue cien kilos de mujer drogada cayendo sobre un hombre de metro ochenta y cinco que no estaba preparado para el impacto, y los dos se fueron al piso con un golpe que hizo temblar la mesa de noche y tiró una lámpara que se rompió contra la alfombra.
—¡Emilia, qué...!
—Cállate.
Quedaron en el piso, ella encima de él, un desastre de extremidades y tela y pelo revuelto. Antonov intentó levantarse pero el peso de Emilia combinado con la posición y con el hecho de que ella le tenía las manos agarradas contra el piso hizo que el intento fuera más cómico que exitoso.
Lo que siguió fue una guerra. Ella tirando de su camisa, él intentando frenarla sin hacerle daño, ella besándole el cuello con una urgencia que no era de Emilia sino de la droga que le corría por las venas, él diciendo "para, Emilia, para" con una voz que cada vez sonaba menos convencida porque el cuerpo de un hombre es traicionero y no distingue entre una situación correcta y una que no lo es cuando hay una mujer encima respirándole en el oído.
Y en algún momento entre la guerra y la rendición, entre el forcejeo y la piel, la mano de Vincent —o de Emilia, o de quien fuera en ese momento, porque la línea entre los dos se había borrado por completo— bajó y encontró algo que le arrancó un pensamiento tan absurdo como inevitable en medio del caos.
Bien dotado. Muy bien dotado. Me recuerda a mí. Al de antes. Al Moretti original.
Y detrás de ese pensamiento vino otro, más incómodo y más honesto:
No soy marica. Esto es diferente. Soy una mujer ahora. Este cuerpo es de mujer. Y lo que estoy sintiendo es lo que siente una mujer cuando...
A la mierda. A la mierda con todo.
Antonov dejó de resistirse. No porque perdiera la batalla sino porque algo cambió en la forma en que ella lo besaba, algo que pasó de la urgencia animal de la droga a algo que era más real y más asustado al mismo tiempo, y un hombre como Antonov que había estado con muchas mujeres sabía distinguir entre una mujer que quiere sexo y una mujer que quiere que alguien la toque como si importara.
La cargó —o la medio cargó, porque cien kilos es cien kilos— y la llevó a la cama entre tropezones y besos torpes y manos que no sabían si tirar o agarrar.
Y cuando finalmente llegaron al momento, cuando el forcejeo se convirtió en algo más lento y más real y los dos estaban donde la droga y la noche y la soledad los habían llevado, Vincent descubrió algo que los recuerdos de Emilia deberían haberle advertido pero que nada, absolutamente nada, lo habría preparado para experimentar en carne propia.
El dolor.
El grito salió desde un lugar tan profundo que le raspó la garganta y rebotó en las paredes de la suite como si alguien hubiera pisado un gato del tamaño de un caballo. Un dolor agudo, invasivo, que le partió el cuerpo en dos desde adentro y que no se parecía a nada que hubiera sentido antes, ni a las balas, ni a la puñalada, ni a los cólicos menstruales que creía que eran lo peor que este cuerpo podía ofrecerle.
—¡MALDITO ANIMAL! ¡QUÉ ES ESTO! ¡PARA! ¡PARA!
Antonov se quedó inmóvil con la cara de un hombre que acaba de entender algo que debería haber entendido antes.
—Eres virgen —dijo, no como pregunta sino como la revelación tardía de alguien que acaba de resolver un acertijo a la fuerza.
—¡ERA! ¡ERA VIRGEN! ¡YA NO, GRACIAS A TI, BESTIA!
—Emilia, respira. Mírame. Respira.
—¡NO ME DIGAS QUE RESPIRE! ¡ME ESTÁS PARTIENDO EN DOS!
—Si te relajas, el dolor...
—¡NO ME DIGAS QUE ME RELAJE! ¡CÓMO VOY A RELAJARME SI ME ESTÁN ABRIENDO CON UN BATE DE BÉISBOL!
Antonov hizo algo inesperado: se detuvo completamente, le puso una mano en la mejilla con una suavidad que no le conocía y la besó despacio, sin urgencia, sin presión, un beso que era más una pausa que un avance. Vincent se quedó quieta respirando entrecortado, con los ojos llenos de lágrimas que eran de dolor y de rabia y de algo más que no quería nombrar.
—Despacio —dijo Antonov contra sus labios—. Si quieres parar, paramos.
Vincent cerró los ojos. El dolor seguía ahí pero había bajado de insoportable a tolerable, y debajo de él, como una corriente debajo del hielo, estaba la otra cosa, la que la droga había despertado y que el cuerpo de Emilia llevaba veintiséis años esperando sentir.
—No pares —dijo, y le sorprendió que lo dijera en serio—. Pero si vuelves a moverte así de rápido te juro que te rompo la nariz.
Antonov soltó una risa baja, casi inaudible, con la frente apoyada contra la de ella y los ojos cerrados.
—Trato hecho.
Lo que vino después no fue lo que Vincent esperaba, porque Vincent no esperaba nada de esto, nunca lo esperó, nunca lo planeó, nunca lo quiso. Pero el cuerpo de Emilia tenía sus propias reglas y la droga había derribado todas las murallas que Vincent construyó durante semanas, y cuando Antonov se movió despacio, con un cuidado que no encajaba con el hombre que el mundo creía que era, algo se encendió en un lugar que Vincent no sabía que existía.
Y fue bueno.
Fue tan inesperadamente, tan absurdamente, tan injustamente bueno que Vincent Moretti, el gángster que nunca se sorprendía, se sorprendió. Porque había estado del otro lado toda su vida, había sido el hombre, había conocido el placer desde la perspectiva masculina durante treinta y cuatro años, y lo que estaba sintiendo ahora no se parecía en nada a lo que conocía. Era más profundo, más largo, más envolvente, como una ola que en vez de golpearte te levanta y te sostiene y te lleva a un lugar donde dejas de pensar y solo existes.
Maldita sea. Así que esto es lo que sienten las mujeres.
Maldita sea.
Se agarró de la espalda de Antonov con las uñas rojas que Sofía le había pintado esa mañana y dejó de pelear, dejó de resistirse, dejó de ser Vincent Moretti el gángster muerto y dejó de ser Emilia Mendoza la gorda vendida y fue, por primera vez en dos vidas, algo que no tenía nombre pero que se sentía como estar vivo de verdad.
Antonov le besó el cuello y ella le tiró del pelo y él le mordió el hombro y ella le clavó las uñas en la espalda y los dos se destrozaron y se reconstruyeron mutuamente en esa cama de hotel que al final de la noche parecía un campo de batalla, con las sábanas en el piso, las almohadas quién sabe dónde, la lámpara rota todavía en la alfombra y el vestido rojo hecho un desastre en la entrada como un testigo mudo de la noche que nadie planeó.
Cuando terminaron, Vincent se quedó boca arriba mirando el techo con la respiración entrecortada, el cuerpo de Emilia zumbando como un cable eléctrico después de una tormenta, y al lado Antonov acostado en la misma posición, los dos mirando el techo como si las respuestas a lo que acababa de pasar estuvieran escritas ahí arriba en letra pequeña.
—Esto fue culpa de la droga —dijo Vincent.
—Obviamente.
—No va a volver a pasar.
—Obviamente.
—Sigo sin soportarte.
—El sentimiento es mutuo.
Silencio. Largo. Con el peso específico de dos personas que saben que acaban de cruzar una línea que no se puede descruzar y que ninguna cantidad de "obviamente" va a borrar lo que pasó.
Vincent cerró los ojos y pensó en todo lo que juró que nunca haría: tocar a un hombre, entregarse a un hombre, disfrutar que un hombre la tocara. Una maldita droga en una copa que ni siquiera era para ella le hizo tomar el camino que llevaba semanas evitando, y lo peor no era haberlo tomado sino haber descubierto que el camino no era tan terrible como pensaba.
Maldita Valentina. Maldita copa. Maldita droga. Maldito Antonov y su maldita cara que es mi cara y sus malditas manos que saben exactamente lo que hacen.
Y maldita yo por haberlo disfrutado.
Al otro lado de la cama, Antonov seguía mirando el techo pensando algo que jamás admitiría en voz alta:
Que la gorda que roncaba vestida de vaca, que le había roto la nariz a su suegro, le había arrancado mechones a su cuñada, y que acababa de gritarle "bestia" y "animal" y "malnacido" mientras hacían el amor, era la mujer más real que había tenido en su cama en toda su vida.
Y que eso lo aterraba más que cualquier enemigo.
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/