Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 24: Rodrigo
...Rodrigo...
Al abrir la puerta, la penumbra de la habitación me recibió, saturada con el aroma característico de su piel: una mezcla de jazmín, jabón neutro y algo puramente animal que me ponía de rodillas internamente. Allí estaba ella, recortada por la luz de la luna que se filtraba por el ventanal. Dormía, y la vulnerabilidad de su sueño contrastaba con la fuerza que exhibía despierta. Llevaba un conjunto de lencería mínima, casi inexistente, de seda negra que revelaba la geografía perfecta de su cuerpo, esas curvas que me habían tenido desvelado y obsesionado durante días. Sus pechos, firmes y redondos, subían y bajaban con una respiración lenta y acompasada. Dios, estaba como quería. Era perfecta en su imperfección esquiva.
Me deslicé a su lado en la cama, el colchón apenas cediendo bajo mi peso. Busqué su calor de inmediato, mi cuerpo reclamando el suyo como territorio conquistado. Al acercarme, percibí un ligero rastro de alcohol en su aliento dulce. Ella también había estado bebiendo esa noche. ¿Con quién? ¿En el pueblo? Esa pregunta me quemó, una punzada de celos posesivos que no tenían derecho a existir, pero la urgencia del tacto fue mayor que cualquier duda racional.
Empecé a acariciarla, mis manos grandes y curtidas recorriendo el relieve suave de su abdomen, subiendo hacia la base de sus senos, memorizando la textura de su piel. Ella se removió en sueños, soltando un suspiro suave. Bajé mi mano hacia la seda que cubría su intimidad, mis dedos delineando su contorno.
Sofía entreabrió los ojos, nublados por el sueño, la confusión y el alcohol. Le tomó un segundo reconocerme en la penumbra.
—Rodrigo... —murmuró, su voz apenas un hilo sonoro, pero no había miedo en ella. No hubo rechazo. Al contrario, para mi sorpresa y triunfo, tomó mi mano con fuerza y la guio directamente hacia adentro de su bikini.
Estaba empapada. Una respuesta biológica inmediata que me dio la victoria instantánea sobre su mente consciente. Su cuerpo me deseaba, incluso si ella se negaba a admitirlo.
—Haz lo que hiciste ayer —pidió con una voz ronca que me hizo vibrar hasta la médula, una orden disfrazada de súplica que encendió mi sangre.
—Solo si tú haces lo mismo conmigo —le susurré al oído, mi lengua rozando su lóbulo, inhalando su aroma—. Tal cual, con tu boca. Quiero verte hacerlo.
Ella asintió. Me dispuse a devorarla, a reclamar cada centímetro de su ser. Mis dedos y mi boca trabajaron con una precisión quirúrgica, casi clínica en su intención de maximizar su placer y romper su resistencia. Busqué cada terminación nerviosa, cada punto de quiebre. Mis dedos rítmicos, mientras mi lengua trazaba círculos concéntricos.
La escuché gemir, un sonido gutural, bajo y primitivo que llenaba la habitación. Su pelvis comenzó a arquearse, perdiendo el control que tanto se esforzaba por mantener. Cuando estalló, apretando sus muslos con fuerza contra mi cabeza, soltando un grito ahogado en la almohada, sentí una satisfacción casi primitiva de posesión.
—Ahora te toca a ti —dijo ella, su respiración entrecortada, sus ojos fijos en los míos, desafiantes incluso en su vulnerabilidad.
Me puse boca arriba, permitiéndole el control visual por un momento. La atraje hacia mí, capturando sus labios en un beso hambriento. Mis manos subieron a sus senos, estrujándolos con fuerza, disfrutando de su firmeza y elasticidad, succionando un pezón hasta que soltó un grito ahogado.
—Baja —ordené
Ella obedeció, sin dudar. Verla moverse en la penumbra, ver cómo su silueta se deslizaba hacia abajo, fue la imagen más erótica de mi vida. Cuando su boca rodeó mi miembro, erecto y pulsante, sentí que mi mundo binario se colapsaba. La tensión acumulada de días de deseo reprimido, de verla caminar por la finca ignorándome, de sus "altos" y sus negativas, se concentró en ese único punto de contacto húmedo y caliente.
Verla trabajar con deliberación, sus ojos fijos en los míos en medio de la oscuridad, desafiándome a mantener el control, era una tortura deliciosa. Su boca subía y bajaba, su lengua haciendo maravillas, mientras mis manos se hundían en su cabello, guiándola, reclamándola. El aura impenetrable que yo solía llevar se estaba desmoronando ante la evidencia de mi propia necesidad de ella.
—¿Puedo venirme en tu boca? —pregunté, mi voz apenas un susurro rasgado, sintiendo que estaba al borde del abismo, que el control se me escapaba de las manos.
—Sí.
Esa simple palabra fue el detonante. Me derramé con una fuerza violenta que me dejó vacío, física y mentalmente. Fue un panorama divino que ella aceptó sin dudar, tomándolo todo, una sumisión final que me dio la paz momentánea que tanto ansiaba.
Después de que el espasmo pasara, la atraje contra mi pecho con fuerza, envolviéndola en mis brazos imponentes. No hubo palabras, no hacían falta; cualquier cosa que dijéramos rompería el frágil equilibrio de lo que acababa de suceder. Solo se escuchaba el sonido de dos corazones tratando de recuperar el ritmo normal en medio del silencio de la noche rural. Nos quedamos dormidos así, entrelazados, como si este acto de posesión carnal fuera nuestro único lugar natural y seguro en el mundo.
A las cinco de la mañana, el despertador silencioso y eficiente de mi mente me avisó que era hora de partir. El deber me llamaba. Me levanté con cuidado extremo de no romper el hechizo, de no despertarla y tener que enfrentar la realidad de sus barreras de nuevo. Me vestí en silencio, mi aura reservada y gélida volviendo a su lugar por pura fuerza de voluntad.
Antes de salir, me acerqué a la cama una última vez. Le suministré un beso suave, casi imperceptible, en la frente a la mujer que me estaba volviendo loco, la única fisura en mi imperio personal, la observé por unos minutos admirando tal belleza y salí de la habitación sin mirar atrás. Tenía una junta de accionistas importante, un imperio hotelero que expandir, millones de dólares que mover, pero mi mente, por primera vez en mi vida, se quedaba allí, encerrada en esa habitación…