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1: la noche en qué todo cambio
La lluvia caía fina pero insistente sobre las calles estrechas de Shinjuku, convirtiendo el asfalto en un espejo negro que reflejaba los neones parpadeantes de los bares y karaokes. Yougmin caminaba con la cabeza gacha, el delantal del restaurante aún atado a la cintura, empapado y pegado a su cuerpo delgado. Llevaba veintitrés minutos caminando desde que cerró la cocina, y cada paso le pesaba más que el anterior. No era solo el cansancio de doce horas de pie sirviendo ramen y limpiando mesas. Era el miedo que le trepaba por la nuca cada vez que doblaba una esquina.
Cincuenta millones de dólares.
Esa cifra seguía sonando irreal en su cabeza, como algo sacado de una película mala. Su padre había muerto hacía ocho meses, dejando atrás una montaña de pagarés, apuestas perdidas en casinos clandestinos y promesas rotas a gente que no perdonaba deudas. Yougmin, con apenas veinte años, había heredado el odio ajeno sin haber tocado ni un solo dado. Al principio solo eran llamadas y mensajes amenazantes. Luego visitas al restaurante, miradas que se quedaban demasiado tiempo en su rostro, en su cuello, en la forma en que su camiseta se adhería al torso después de un turno largo.
“La próxima vez no vamos a pedir dinero, bonito”, le había dicho uno de ellos la semana pasada, pasándole el pulgar por la mandíbula mientras Yougmin intentaba no temblar. “Vamos a cobrar de otra forma. Y vas a disfrutar pagando.”
Esa noche no eran solo palabras.
Los vio antes de que ellos lo vieran a él.
Tres figuras bajo el toldo de una tienda cerrada de ramen instantáneo. El mismo de siempre: el alto con la cicatriz en la ceja, el fornido que siempre masticaba chicle con ruido, y el más bajo que llevaba una cadena de oro gruesa colgando del cuello. Estaban fumando, hablando bajo, pero cuando Yougmin apareció en la calle, los tres giraron la cabeza al unísono.
El corazón le subió a la garganta.
No pensó. Solo corrió.
Las zapatillas resbalaban en el pavimento mojado. La lluvia le entraba en los ojos. Oyó gritos detrás, botas pesadas golpeando el suelo, risas cortas y crueles. Corrió hasta que los pulmones le ardieron y las piernas empezaron a fallar. Giró por un callejón, luego por otro, hasta que desembocó en una avenida más amplia, iluminada por farolas altas y el letrero dorado de un restaurante francés de lujo que nunca se había atrevido ni a mirar por la ventana.
Un hombre alto salía en ese momento.
Traje negro impecable, hombros anchos, paraguas que sostenía con desgana. Llevaba lentes oscuros a pesar de la noche y un cubrebocas negro que ocultaba la mitad de su rostro. El chófer ya tenía abierta la puerta trasera de un Bentley negro mate. El hombre se inclinó para entrar.
Yougmin no lo pensó dos veces.
Se lanzó dentro del auto justo cuando la puerta empezaba a cerrarse, chocando contra el asiento de cuero y quedándose allí, jadeando, con el cabello pegado a la frente y las manos temblando sobre las rodillas.
—Por favor… —su voz salió rota, apenas audible—. No me eche… Haré lo que sea. Lo que me pida. Solo… lléveme lejos de aquí.
El hombre se quedó inmóvil un segundo. Luego, con lentitud, giró la cabeza hacia él. Los lentes oscuros no dejaban ver sus ojos, pero Yougmin sintió el peso de la mirada igual.
El chófer ya había rodeado el auto y abierto la puerta del lado de Yougmin, dispuesto a sacarlo a la fuerza.
—Déjalo —dijo el hombre con voz baja, casi aburrida—. Arranca.
El chófer dudó solo un instante antes de cerrar la puerta y volver al volante. El motor ronroneó suavemente y el Bentley se deslizó entre el tráfico como si nada hubiera pasado.
Yougmin se atrevió a levantar la vista. El hombre —Sauching, aunque él aún no lo sabía— se había quitado los lentes y el cubrebocas con un movimiento preciso. Veinticuatro años, facciones afiladas, ojos negros profundos que parecían absorber la poca luz del interior del auto. No sonreía. No parecía sorprendido. Solo lo observaba como quien evalúa una pieza que acaba de caerle en las manos.
—Gracias… —susurró Yougmin—. De verdad… no sé cómo pagárselo.
Sauching ladeó la cabeza apenas.
—No me des las gracias todavía.
El silencio se estiró. Yougmin sentía el latido en las sienes. El auto avanzaba por avenidas iluminadas, dejando atrás las calles sucias donde lo habían perseguido.
De pronto, el Bentley redujo la velocidad. Delante, un SUV negro bloqueaba el paso. Dos autos más aparecieron por los lados, encerrándolos. Las puertas se abrieron. Los mismos tres hombres de antes bajaron, esta vez acompañados por otros dos. Uno de ellos llevaba una pistola visible en la cintura.
Yougmin se encogió contra el asiento, el miedo regresando como una ola helada.
Sauching suspiró, un sonido de pura irritación.
—Quédate aquí —dijo sin mirarlo—. Yo me encargo.
Abrió la puerta y bajó bajo la lluvia sin paraguas. El chófer lo siguió en silencio.
Desde el interior del auto, Yougmin vio cómo uno de los hombres se acercaba a Sauching y le exigía algo con gestos violentos, señalando el Bentley. Vio cómo Sauching apenas movió la cabeza hacia su chófer. Un gesto mínimo. Suficiente.
El chófer se movió como un relámpago.
Lo que siguió fue brutal y rápido. Puños contra carne, crujidos, gemidos ahogados. El fornido cayó primero con un rodillazo en la nariz. El de la cicatriz intentó sacar un cuchillo; el chófer le torció la muñeca hasta que el arma cayó al suelo con un tintineo. Los otros dos ni siquiera llegaron a tocar a Sauching. En menos de dos minutos, los cinco hombres estaban en el pavimento, gimiendo o inconscientes.
Sauching encendió un cigarrillo con calma, protegiendo la llama con la palma de la mano. Dio una calada larga, exhaló el humo que se mezcló con la lluvia.
Se acercó al hombre que aún intentaba levantarse —el de la cadena de oro— y se agachó a su altura.
—Nadie me exige nada —dijo con voz serena—. Si alguien quiere al chico, que venga a buscarme a mí. Y dependiendo de lo que decida… tal vez se lo dé.
Sacó una tarjeta negra del bolsillo interior de la chaqueta y la dejó caer sobre el pecho del hombre. Luego se enderezó, dio la última calada al cigarrillo y lo aplastó bajo el zapato antes de volver al auto.
Cuando entró, el olor a tabaco y lluvia lo acompañó. Se sacudió el agua del cabello con un movimiento casual y miró a Yougmin.
El chico temblaba, pero no apartó la mirada.
—Gracias… otra vez —murmuró—. No sé cómo… cómo compensar esto.
Sauching lo observó en silencio unos segundos. Luego habló, voz baja y sin inflexiones.
—Una noche.
Yougmin parpadeó.
—¿Qué?
—Una noche en mi departamento. —Los ojos de Sauching bajaron lentamente por su cuerpo, deteniéndose en el cuello expuesto, en la camiseta mojada que se adhería a los músculos definidos por horas de gimnasio improvisado en casa—. Tu cuerpo lo salda.
El aire dentro del auto se volvió denso de golpe.
Yougmin sintió que el estómago se le contraía. Quiso decir que no, que eso no era justo, que él no era… Pero las palabras murieron en su garganta. Había sido él quien se había metido en el auto. Él quien había dicho “haré lo que sea”. Y esos hombres seguían ahí afuera. Si salía ahora, no llegaría vivo a la siguiente esquina.
Tragó saliva con dificultad.
—¿Solo… una noche?
Sauching no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza en un gesto mínimo que podía interpretarse como asentimiento.
El Bentley volvió a moverse.
Yougmin miró por la ventana. Las luces de Tokio pasaban como manchas borrosas. Su mente daba vueltas. Pensó en su departamento pequeño y sucio, en las amenazas que no iban a desaparecer solo porque había escapado una noche. Pensó en el dolor que seguramente vendría. Pensó en que, de alguna forma retorcida, prefería deberle a este desconocido de mirada fría que a los hombres que querían romperlo por diversión.
Cuando el auto entró al garaje subterráneo de un edificio altísimo en Roppongi, Yougmin ya había tomado una decisión.
No había escapatoria limpia. Solo había formas diferentes de pagar.
Sauching bajó primero y esperó junto a la puerta abierta. No la extendió para ayudarlo. Solo esperó.
Yougmin salió del auto con las piernas débiles. El frío del garaje le erizó la piel.
Subieron en silencio en un ascensor privado que no tenía botones, solo un lector de huella. Cuando las puertas se abrieron directamente en el penthouse, Yougmin contuvo el aliento.
Paredes de cristal del suelo al techo. Luces tenues. Muebles minimalistas que probablemente costaban más que todo lo que él había tenido en su vida. Olía a cuero caro y a algo cítrico, sutil.
Sauching se quitó la chaqueta empapada y la dejó en el respaldo de una silla. Sin corbata. Sin prisa.
Se giró hacia él.
—Quítate la ropa.
Yougmin sintió que el pulso se le aceleraba en la garganta. No era solo miedo. Había algo más, algo confuso y caliente que le subía por el pecho. Tal vez la adrenalina. Tal vez la certeza de que no había vuelta atrás.
Con manos temblorosas, se desató el delantal. Luego la camiseta mojada. Los pantalones. La ropa cayó al suelo en un montón húmedo.
Sauching lo miró. No dijo nada. Solo avanzó.
La primera caricia no fue dulce. Fue posesiva. Una mano grande en su nuca, tirando de él hacia adelante. Labios que no pidieron permiso. Yougmin jadeó contra su boca, sorprendido por la intensidad. Sauching besaba como si ya hubiera reclamado cada centímetro de él antes de tocarlo.
Lo empujó hacia el sofá de cuero negro. Yougmin cayó sentado, y antes de que pudiera procesarlo, Sauching estaba sobre él, arrodillado entre sus piernas, quitándole lo último que llevaba puesto con movimientos precisos.
No hubo palabras bonitas. No hubo caricias largas para prepararlo. Solo manos firmes, respiración pesada, y un hambre que ninguno de los dos esperaba sentir.
Cuando Sauching lo giró y lo puso de rodillas sobre el sofá, Yougmin cerró los ojos con fuerza. Sintió el roce frío del lubricante, luego presión, luego dolor agudo que se mezcló con algo más profundo, más oscuro. Placer que no debería existir en medio de tanto miedo.
Sauching no fue torpe. A pesar de que era su primera vez —aunque Yougmin no lo sabía aún—, cada movimiento era controlado, brutalmente preciso. Entraba y salía con un ritmo que no dejaba espacio para pensar. Solo para sentir.
Yougmin se mordió el labio hasta hacerse sangre. Gemidos se le escapaban sin permiso, ahogados contra el cuero. Las manos de Sauching le apretaban las caderas con tanta fuerza que dejarían marcas moradas. Cada embestida lo empujaba más cerca de un borde que no sabía que existía.
Cuando llegó al clímax, fue violento. El cuerpo entero se le tensó, un grito roto salió de su garganta, y sintió cómo Sauching se derramaba dentro de él con un gruñido bajo, casi animal.
Se quedaron así unos segundos. Respiraciones entrecortadas. Sudor. Silencio pesado.
Sauching salió de él con lentitud. Yougmin se derrumbó sobre el sofá, temblando, el cuerpo dolorido en lugares que nunca había sentido antes.
Sauching se levantó, se ajustó la ropa como si nada hubiera pasado y caminó hacia el ventanal. Miró la ciudad iluminada.
—Puedes quedarte hasta que amanezca —dijo sin voltear—. Después… ya veremos.
Yougmin no respondió. Solo cerró los ojos, sintiendo cómo el dolor latía entre sus piernas, cómo su cuerpo todavía temblaba con ecos de placer prohibido.
Esa noche había perdido algo más que la virginidad.
Había perdido el control de su destino.
Y, sin saberlo, acababa de entrar en el mundo de un hombre que no estaba acostumbrado a perder.
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