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Donde El Amor No Se Rinde

Donde El Amor No Se Rinde

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Romance
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.

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— Dos corazones y una promesa

Llegaron a la puerta de la pequeña casa con las manos sudorosas y la respiración entrecortada. Kaelo y Vladímir se miraron una última vez, se tomaron aire a la vez, y luego se giraron hacia Elían. No había rivalidad en sus miradas, solo una verdad que llevaban guardada demasiado tiempo.

—Elían —empezó Kaelo, con la voz temblorosa—. Tenemos que decirte algo.

—Lo hemos hablado —continuó Vladímir, mirándolo a los ojos—. Y no queremos competir más. No queremos que elijas entre nosotros.

Elían los miró, confundido.

—¿Entonces…?

Kaelo dio un paso adelante, apretando los puños con nerviosismo.

—Queremos que seas nuestro novio —dijo, casi en un susurro.

—De los dos —completó Vladímir, firme pero tierno—. Juntos. Los tres. Si tú quieres.

Elían parpadeó, sin dar crédito.

—¿Los dos… juntos? —repitió, asombrado.

—Sí —respondieron al unísono, con la misma voz, la misma esperanza—. De los dos. Por favor.

Se quedaron esperando, con el alma en vilo, viendo cómo el rostro de Elían pasaba de la sorpresa a algo más suave, más profundo.

—Lo pensaré —dijo él, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que se le saldría del pecho—. De verdad lo pensaré.

Entró en la casa cerrando la puerta despacio, recostándose contra la madera con la mano sobre el pecho, sin saber muy bien qué pensar.

Apenas hubo entrado, sonó la puerta otra vez. Era Zorán, con una sonrisa un poco nerviosa y los ojos brillantes de emoción.

—Vine a pedirte un favor —le dijo a Damián apenas lo vio—. El cumpleaños de Lía llega en tres días. Quiero hacerle una sorpresa. Una fiesta pequeña, mágica, algo que nunca olvide. ¿Me ayudarías a prepararla?

Damián sonrió de inmediato.

—Claro que sí. Será un placer.

Los días siguientes fueron de un secreto compartido. Mientras Elían salía cada tarde con Kaelo y Vladímir, Zorán y Damián iban a la mansión para preparar todo. La enorme casa, siempre silenciosa y fría, empezó a llenarse de colores, de risas, de papel de colores y cintas.

—Mira esto —decía Zorán, sosteniendo un globo gigante—. ¿Crees que le gustará?

—Le encantará —respondía Damián, riendo—. Pero no lo pongas tan alto, que no lo vea antes de tiempo.

Zorán se acercaba entonces, bajando la voz como si fuera un niño travieso.

—Vamos a esconderlo bien. Y si la descubrimos mirando… la castigaremos sin pastel.

—¡Eso no es justo! —se reía Damián, dándole un suave empujón.

Zorán lo sostenía del brazo, sin soltarlo de inmediato, mirándolo con una ternura que le hacía olvidar todo lo demás.

—Tienes la risa más bonita que he escuchado —le dijo una vez, de pronto.

Damián se sonrojó, apartando la mirada.

—Deja de decir esas cosas y termina de inflar los globos.

—No lo digo por decir —insistió él, acercándose un poquito más—. Es verdad.

Se detenían entonces, el uno frente al otro, con el aire entrecortado, sin atreverse a avanzar ni a retroceder, hasta que Damián carraspeaba suavemente y volvía a su tarea, con el rostro encendido y el corazón a mil por hora.

El día de la fiesta, todo estaba listo.

—Ahora ustedes —les dijo Zorán a Elían, Kaelo y Vladímir—. Sáquenla a pasear por el parque. Manténganla entretenida unas horas. Nosotros nos encargamos del resto.

Lía salió radiante cuando la buscaron.

—¡Vamos! —gritó, tomando la mano de Elían—. Quiero ver los patos y comer helado.

Pasaron la tarde entera bajo el sol de la tarde. Corrieron por el césped, jugaron a las escondidas, comieron helado de fresa que manchó la nariz de la pequeña. Kaelo y Vladímir la hacían reír a carcajadas, la levantaban en brazos, la perseguían riendo. Y Elían los miraba, dándose cuenta de que ya no eran los mismos chicos arrogantes de la universidad. Eran dulces, atentos, buenos.

—¿Te diviertes? —le preguntó Vladímir, sentándose junto a él en un banco mientras Lía corría tras una mariposa.

—Mucho —respondió Elían, sonriendo—. Gracias.

Kaelo se sentó a su otro lado.

—No tienes que darnos la respuesta ahora —le dijo suavemente—. Solo queremos que sepas que te esperaremos. Todo el tiempo que necesites.

Elían asintió, sintiendo algo cálido y seguro en el pecho.

Cuando empezó a caer el sol, regresaron a la mansión. Lía iba hablando sin parar, contando todo lo que habían hecho, sin imaginar lo que la esperaba. Al cruzar la puerta principal, las luces se encendieron de golpe y una voz gritó:

—¡Sorpresa!

La pequeña se quedó con la boca abierta. Globos de colores llenaban el techo, guirnaldas brillosas colgaban de las paredes, y en el centro de todo, con una torta hermosa y brillante, estaban Damián y Zorán, sonriéndole con los ojos llenos de luz.

—¡Mi fiesta! —gritó ella, corriendo hacia ellos—. ¡Es la más linda del mundo!

Zorán la levantó en brazos y la abrazó fuerte.

—Feliz cumpleaños, mi princesa. Todo esto es para ti. Y para la gente que más quieres.

Miró a Damián al decirlo, y él le devolvió la mirada con una sonrisa que lo decía todo.

A las horas siguiente, la mansión se llenó de risas, de vocecitas alegres y de colores vivos. Lía estaba radiante, con un vestido claro que le ondeaba al caminar, y no dejaba de correr de un lado a otro recibiendo a sus amiguitos y a los familiares más cercanos.

—¡Vengan, miren! —decía tomando de la mano a cada persona que llegaba—. ¡Todo lo decoraron mi mamá Damián y mi papá! ¡Miren las guirnaldas que pusieron arriba! ¡Y los globos!

Corría luego hasta la mesa principal, donde descansaba la torta más hermosa que se había visto jamás: suave, esponjosa, adornada con fresas, crema batida y trocitos de chocolate blanco, justo como le gustaba a ella.

—¡Y la torta la hizo mi mamá Damián! —anunciaba con los ojos brillantes de orgullo—. ¡Tiene todos mis sabores favoritos!, como me gusta a mí. ¡Me dijo que la hizo pensando solo en mí!

Los invitados la escuchaban con sonrisas tiernas, conmovidos por la felicidad que desbordaba la pequeña. Nadie la corrigió. Nadie dijo que no era así. Se veía tan natural, tan segura, tan dichosa diciendo esas palabras, que todos asintieron y sonrieron.

—Qué suerte tienes, Lía —le decían—. Qué mamá tan cariñosa tienes.

—Sí —respondía ella, apretando las manitas—. ¡Es la mejor mamá del mundo! Y mi hermano mayor es Elían. ¡Somos una familia!

La fiesta fue pura alegría. Comieron, bailaron, rieron hasta doler el estómago. Damián, en un rincón, no paraba de sonreír viéndola tan feliz. De vez en cuando encontraba la mirada de Zorán, y él le devolvía una mirada llena de gratitud y algo más, algo cálido que le recorría el pecho entero.

Cuando el último invitado se despidió y las puertas se cerraron, la mansión quedó en un silencio dulce y tranquilo. Lía bostezó fuerte, frotándose los ojos, y se acercó despacio a Damián. Lo tomó de la mano con suavidad, levantó la carita con esos ojos grandes y oscuros que sabían conseguir todo lo que quería, y puso un puchero tierno y perfecto.

—Mamá Damián… —susurró bajito—. ¿Te podrías quedar esta noche? Me gustaría mucho que me leyeras un cuento antes de dormir. Me siento solita si no estás.

Damián sintió que se le derretía el corazón. Acarició la mejilla suave de la niña.

—Claro que sí, mi cielo. Me quedo.

Lía sonrió de inmediato, radiante.

—¿Y tú también te quedas, hermano Elían? —preguntó, mirándolo con la misma mirada tierna y suplicante—. Me gustaría que estuvieras con nosotros.

Elían miró a su padre, que asintió con dulzura.

—Me quedo —dijo él, acariciando su cabello.

Zorán, que los miraba desde la escalera, no pudo contener una sonrisa amplia y sincera. Por dentro estaba rebosante de alegría: su hija había logrado lo que él no se atrevía a pedir. Había tejido con ternura y astucia el lazo que los unía.

—Vamos —dijo él, bajando despacio—. Subiré a preparar todo para que estén cómodos.

Subieron juntos a la habitación de Lía, un cuarto amplio, cálido, lleno de peluches y luces suaves. Damián se sentó en el borde de la cama, la pequeña se acomodó entre él y Elían, y él empezó a leer con voz suave y pausada. Lía lo escuchaba con los ojos entrecerrados, feliz, segura, sintiendo el calor de sus dos personas favoritas.

Zorán se quedó apoyado en el marco de la puerta, viéndolos. Su corazón, endurecido por años de dureza y poder, se sentía lleno de una ternura que no conocía. Por fin, pensó, por fin mi casa se siente como un hogar.

Cuando el cuento terminó, Lía ya tenía los ojos pesados, pero antes de dormir apretó la mano de Damián y murmuró casi sin voz:

—Gracias, mamá Damián. Gracias por quedarte.

Damián la besó suavemente en la frente.

—Descansa, mi amor.

La niña sonrió en sueños y se quedó profundamente dormida.

Salieron despacio de la habitación para no despertarla. En el pasillo, Zorán los miró a ambos con gratitud inmensa.

—Gracias —les dijo con voz emocionada—. Esto… esto es lo que siempre quise para ella. Una familia de verdad.

Miró a Damián, y en esa mirada había algo más que agradecimiento. Había esperanza.

—Las habitaciones de huéspedes están listas —les indicó suavemente—. Son suyas mientras quieran quedarse.

Damián asintió, sintiendo el pecho cálido.

—Gracias, Zorán.

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Brisa Romero
/Proud/
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