Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 3
Marcos desvió la mirada, visiblemente aliviado de que la discusión no hubiera escalado, y despidió a los floristas con un gesto seco de la mano.
—Retírense. Hagan los cambios que la señorita Mía indicó. Y asegúrense de que todo esté listo para la inspección de mañana por la mañana.
Los hombres asustados recogieron sus carpetas y se marcharon casi a tropezón del salón, dejando un silencio denso y cargado de electricidad estática flotando entre nosotros tres. Mía se dio la vuelta contoneando las caderas con exagerada coquetería, dirigiéndose hacia la cocina bajo el pretexto de buscar una copa de champán, no sin antes rozar deliberadamente el hombro de Marcos al pasar y dejar escapar una risita cómplice.
Marcos se quedó de pie en medio del salón, observando los catálogos tirados sobre la mesa de caoba. Parecía agotado, con las líneas de tensión marcadas profundamente alrededor de su boca. Sin decir una sola palabra, caminó hacia mí, cerrando la distancia con esa imponencia física que antes me hacía sentir protegida y que ahora solo me provocaba un profundo rechazo.
Se detuvo a pocos centímetros de distancia, el aroma de su colonia amaderada mezclada con el alcohol y el tabaco caro invadiendo mis sentidos. Extendió una mano grande y áspera, intentando acariciar mi mejilla con una familiaridad automática.
—No empieces con tus celos absurdos, Elara —murmuró él, con un tono que pretendía ser conciliador, aunque sonaba áspero y distante—. Mía solo está intentando ayudar con la organización. Está nerviosa, quiere que todo salga perfecto. Tienes que aprender a ser más flexible con ella. Es parte de la familia ahora, te guste o no.
Me aparté de su toque con un movimiento seco, esquivando su mano como si quemara. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo que algo dentro de mí se rompía de forma definitiva, como un cristal viejo que al fin cede ante la presión.
—No son celos, Marcos —dité cada palabra con una lentitud gélida, sin apartar la mirada de su rostro—. Es dignidad. Pero supongo que esa palabra ya no significa nada en esta casa, al igual que yo.
Marcos frunció el ceño, y una chispa de irritación peligrosa brilló en sus pupilas oscuras. Detestaba que le llevaran la contraria, y mucho más que le hablaran sin sumisión. Dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio vital con esa autoridad innata de los jefes de la mafia, obligándome a retroceder hasta chocar con la fría barandilla de la escalera.
—Cuidado con el tono que usas conmigo, Elara —me advirtió en un susurro grave, bajando la cabeza para quedar a la altura de mis ojos, con una intensidad que en otro momento me habría hecho temblar de deseo—. Estás cruzando una línea. Últimamente te has vuelto insoportable, desafiante. Te recuerdo que esta boda se hace porque yo lo ordené, y más te vale mantener esa boquita cerrada y comportarte como la señora que vas a ser, o te juro que las cosas van a cambiar muy pronto bajo este techo.
Su amenaza flotó en el aire, pesada y real. No era una simple advertencia de pareja; era el ultimátum de un hombre acostumbrado a doblegar a sangre y fuego a cualquiera que se le cruce en el camino. Y lo peor, lo más doloroso, era que me lo estaba diciendo a mí, a la mujer que había jurado amar por encima de su propia vida.
—Haz lo que quieras, Marcos —le respondí con una sonrisa fría, sin rastro de miedo en mi voz—. Disfruta de tus preparativos con Mía.
Lo dejé allí plantado en medio del salón, con el rostro ensombrecido por la confusión y la ira contenida. Subí las escaleras a grandes zancadas, encerrándome en mi habitación con llave. Pero la verdadera tormenta no estalló hasta que cayó la medianoche.
La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral cuando escuché el familiar sonido de la puerta de su estudio cerrarse en la planta baja. Pasos pesados, firmes y decididos comenzaron a subir los peldaños. Sabía exactamente qué significaba. Cada vez que Marcos discutía conmigo y sentía que perdía el control de la situación, acudía a mí buscando la única vía de escape que conocía: el dominio físico en la cama, una forma retorcida de reclamar posesión y recordarme quién mandaba.
La puerta de mi habitación cedió con un chasquido metálico. Marcos entró sin encender las luces, iluminado únicamente por el brillo plateado de la luna que se filtraba a través de los ventanales. Se había quitado la chaqueta y la corbata, dejando los primeros botones de la camisa blanca desabrochados, mostrando la parte superior de su pecho musculoso y los bordes oscuros de los tatuajes que trepaban por su cuello y hombros. Su respiración era pesada, cargada de la tensión acumulada de todo el día.
No dijo una sola palabra. Se acercó a la cama con pasos felinos, una auténtica bestia acorralada por sus propias contradicciones. Yo estaba sentada en la orilla del colchón, envuelta en una bata de seda negra, mirándolo fijamente con una frialdad que parecía desconcertarlo, pero que no hizo más que encender su instinto depredador.
—¿Qué crees que haces con esa actitud de muñeca de hielo? —gruñó Marcos con voz ronca, deteniéndose frente a mí y tomando mi barbilla con una fuerza brutal, obligándome a levantar el rostro—. ¿Crees que puedes ignorarme en mi propia casa? ¿Crees que te vas a salir con la tuya con esa insolencia?
—Vete a la habitación de Mía si quieres compañía que te aplauda los caprichos —le espeté con desprecio, sin apartar la mirada de sus ojos oscuros—. A mí ya no me importan tus jueguitos, Marcos.
Un destello de furia salvaje cruzó por su rostro. Con un movimiento brusco, me tiró hacia atrás, haciendo que cayera de espaldas sobre el colchón mullido. Su cuerpo pesado y caliente se abalanzó sobre el mío de inmediato, atrapándome sin escapatoria posible. Me inmovilizó las muñecas a los lados de la cabeza con una sola mano, mientras con la otra desgarraba el lazo de mi bata, dejando mi piel expuesta al aire frío de la habitación.
—Eres mía, Elara —me sopló al oído, con un tono que oscilaba entre la rabia ciega y una urgencia febril y desesperada—. ¿Me escuchaste? Mía no es nada, solo es un estorbo. ¡Tú eres la que se va a casar conmigo! ¡Tú eres la que me pertenece!
Intenté forcejear, luchando contra su peso descomunal, pero mi resistencia solo encendió más su fuego interno. Sus labios duros y exigentes cayeron sobre los míos en un beso voraz, castigador, que no dejaba espacio para la ternura, solo para el dominio puro y duro. Mis manos, libres por un instante, se cerraron en puños contra sus hombros firmes, queriendo apartarlo, pero al mismo tiempo sintiendo cómo la traicionera memoria de mi cuerpo respondía a su calor, al roce de su piel contra la mía, a esa brutalidad familiar que tantas veces me había hecho perder la cabeza.
Su mano áspera recorrió mi muslo con violencia, subiendo por la seda de la ropa interior hasta encontrar el centro de mi calor. Gemí en contra de mi propia voluntad, un sonido ahogado entre la rabia y el placer oscuro que él sabía extraer de mí con maestría. Marcos aprovechó mi debilidad momentánea para profundizar el beso, devorando mi boca con una urgencia desesperada, como si en el fondo temiera que si no me marcaba en ese preciso instante, iba a perderme para siempre.
—Mírame —me ordenó con voz rasposa, separando los labios de los míos mientras su pecho subía y bajaba con violencia, bañado en sudor frío—. Dime de quién eres.
Lo miré a los ojos, con el corazón latiéndome a mil por hora, el cuerpo ardiendo en llamas y el alma completamente destrozada. Quise decirle que ya no era suya, que el hombre al que amaba había muerto. Pero en ese momento de éxtasis emponzoñado, con su cuerpo pesado aprisionándome y su sexo duro rozando contra el mío dispuesto a penetrarme sin piedad, me guardé las palabras.
Dejé que me poseyera con furia, con una pasión violenta que no buscaba el amor, sino la sumisión. Y mientras sus embestidas profundas y salvajes me arrancaban suspiros desgarradores en la oscuridad de la alcoba, juré en silencio que esta sería la última vez que ese monstruo me tocaría. Disfrutaría de su cuerpo por última vez, guardando cada rastro de su desprecio, porque el imperio que compartíamos pronto iba a arder hasta los cimientos.