EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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EL RECUERDO QUE DEBIA PERMANECER OCULTO
Valeria no podía respirar.
El dolor en su cabeza había desaparecido, pero algo mucho más fuerte había quedado en su lugar.
Un recuerdo.
No una imagen.
No un fragmento.
Un recuerdo completo.
Cerró los ojos.
Y volvió a ser una niña.
---
Llovía.
Lo recordaba ahora.
No era una lluvia tranquila. Las gotas golpeaban los ventanales con tanta fuerza que parecían querer entrar.
Valeria estaba escondida debajo de una mesa.
Tenía las rodillas contra el pecho y las manos apretadas alrededor de su pequeño colgante.
Tenía miedo.
Mucho miedo.
Al otro lado de la habitación escuchaba voces.
—No puedes seguir escondiéndolo, Julián.
La voz era de Gabriel.
Valeria reconoció aquel tono inmediatamente.
Aunque habían pasado años, una parte de ella lo había guardado.
Su padre estaba frente a él.
—No voy a entregártelo.
—Sabes lo que puede ocurrir si no lo haces.
—Ya lo sé.
—Entonces entrega el libro.
Julián negó.
—No.
Valeria había querido salir de debajo de la mesa.
Quería correr hacia su padre.
Pero otra voz la detuvo.
—Quédate quieta, pequeña.
Valeria giró la cabeza.
Había alguien agachado detrás de ella.
Un hombre.
Alejandro Montenegro.
Lo reconocía ahora.
Su rostro era mucho más joven, pero era él.
—¿Quién es usted? —había preguntado ella con una voz temblorosa.
Alejandro había llevado un dedo a sus labios.
—Soy amigo de tu papá.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
Él había mirado hacia la puerta.
—Pero necesito que seas valiente.
Valeria recordó haber asentido.
Alejandro había tomado su colgante entre los dedos.
—¿Tu papá te explicó para qué sirve?
—No.
—Entonces escucha con atención.
Había abierto cuidadosamente la pequeña pieza metálica.
Dentro había un espacio diminuto.
Valeria lo había mirado confundida.
—¿Qué hay ahí?
Alejandro sacó algo de su bolsillo.
Una pequeña lámina de metal.
Tan delgada que apenas podía verse.
La introdujo dentro del colgante.
—Esto no debe caer en manos de nadie.
—¿Por qué?
Alejandro se había agachado hasta quedar a su altura.
—Porque contiene una pista.
—¿Sobre qué?
Él había mirado hacia donde estaban Julián y Gabriel.
—Sobre el lugar donde tu padre escondió algo muy importante.
Valeria había fruncido el ceño.
—¿El libro?
Alejandro había sonreído ligeramente.
—Eres una niña muy inteligente.
Después había cerrado el colgante.
—Pero recuerda algo.
—¿Qué?
—Nunca debes abrirlo delante de nadie.
Valeria había asentido.
Entonces escuchó un golpe.
Julián había levantado la voz.
—¡Gabriel, basta!
Alejandro se había puesto de pie.
—Tenemos que irnos.
—¿Y mi papá?
—Él vendrá después.
—No quiero dejarlo.
Alejandro la había tomado de la mano.
—Tu padre quiere que vivas.
Aquellas palabras hicieron que el recuerdo se estremeciera.
Valeria volvió a ver la escena.
Julián se había acercado a ella.
Se había arrodillado.
La había abrazado.
—Escúchame, mi niña.
—Papá...
—Pase lo que pase, no confíes en nadie que te diga que viene de mi parte.
—¿Por qué?
Julián le había acariciado el cabello.
—Porque algún día alguien intentará convencerte de que me conocía.
Valeria había comenzado a llorar.
—¿Te vas a ir?
Su padre había guardado silencio.
Después la había besado en la frente.
—Solo por un tiempo.
Pero ella sabía que algo no estaba bien.
Lo sabía incluso siendo una niña.
—Papá...
—¿Sí?
—¿Voy a volver a verte?
Julián había cerrado los ojos durante un segundo.
—Si puedo evitarlo, sí.
Después había mirado a Alejandro.
—Llévatela.
Alejandro había tomado a Valeria de la mano.
Y justo cuando estaban a punto de salir, ella había mirado hacia atrás.
Gabriel estaba allí.
Mirándola.
No con odio.
No con rabia.
Con algo mucho más inquietante.
Reconocimiento.
Como si supiera exactamente quién era ella.
Entonces había escuchado un disparo.
Valeria recordó haber gritado.
Alejandro la había cubierto con su cuerpo.
—¡No mires!
Pero ella había mirado.
Había visto a su padre caer.
Y después...
Otra figura apareció en la puerta.
Un muchacho.
Joven.
Mucho más joven de lo que ella imaginaba.
Valeria abrió los ojos dentro del recuerdo.
Era Adrián.
Pero no como el hombre que conocía ahora.
Era apenas un joven.
Estaba junto a Alejandro.
Y su padre le hablaba.
—Adrián, llévala.
El muchacho había mirado a Valeria.
Ella había dejado de llorar.
No sabía quién era.
Pero algo en sus ojos le había transmitido tranquilidad.
Adrián se había acercado.
—Ven.
Valeria había negado con la cabeza.
—Quiero a mi papá.
Adrián había mirado a Alejandro.
Después se había arrodillado frente a ella.
—Te prometo que volveremos por él.
Valeria le había dado la mano.
Y entonces habían corrido.
---
Valeria abrió los ojos de golpe.
—Adrián...
Él estaba frente a ella.
—Estoy aquí.
Valeria lo miró como si acabara de verlo por primera vez.
—Yo te conocía.
Adrián palideció.
—¿Qué?
—Eras tú.
Gabriel permanecía en silencio al otro lado de la habitación.
Valeria señaló a Adrián.
—Tú estabas allí.
Adrián no pudo responder.
—Eras muy joven.
Él bajó lentamente la mirada.
—Sí.
Valeria se llevó una mano al pecho.
—Tú me sacaste de aquella casa.
Adrián cerró los ojos.
Y finalmente recordó.
—No sabía que eras tú.
—¿Qué quieres decir?
—Mi padre me pidió que sacara a una niña de la casa.
Valeria lo miró fijamente.
—¿Y nunca supiste quién era?
—No.
Gabriel intervino.
—Alejandro hizo que Adrián olvidara tu nombre.
Valeria se volvió hacia él.
—¿Por qué?
—Porque sabía que, si Gabriel descubría que tú y Adrián estaban relacionados desde aquella noche, te utilizaría para llegar hasta él.
Adrián miró a Gabriel.
—¿Cómo sabes todo esto?
Gabriel sostuvo su mirada.
—Porque yo también estaba allí.
Valeria sintió un escalofrío.
El recuerdo todavía no había terminado.
Había algo más.
Una última imagen.
Su padre.
El colgante.
La puerta.
Y una frase.
Valeria se llevó lentamente la mano al cuello.
—La lámina...
Adrián se acercó.
—¿Qué pasa?
—No estaba dentro del colgante solamente.
—¿Entonces?
Valeria cerró los ojos.
La respuesta apareció en su memoria.
Su padre había tomado la pequeña lámina metálica y la había presionado contra una superficie.
Una pared.
Después había pronunciado unas palabras.
—La llave abre el lugar. La memoria encuentra el camino.
Valeria abrió los ojos.
—La lámina no era la pista.
Adrián frunció el ceño.
—¿Entonces qué era?
—Una llave.
Gabriel se acercó lentamente.
—¿Una llave para qué?
Valeria lo miró.
Y esta vez estaba segura.
—Para encontrar el libro.
Adrián tomó el colgante.
—¿Dónde está la lámina?
Valeria negó.
—No está aquí.
—¿Dónde?
Ella recordó a Alejandro.
Recordó cómo había tomado la pieza.
Y entonces comprendió.
—Alejandro la sacó antes de llevarme.
Gabriel palideció.
—No.
Valeria lo miró.
—Sí.
—Eso significa que Alejandro sabía dónde estaba el libro.
Adrián levantó la mirada.
—Y mi padre nunca lo escondió.
Gabriel negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
Gabriel observó a Valeria.
—Tu padre lo escondió antes de morir.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Y Alejandro?
Gabriel respondió:
—Alejandro fue quien recibió la última pista.
Adrián se quedó inmóvil.
Entonces recordó algo.
La caja de madera.
La llave oxidada.
El símbolo.
—La llave...
Valeria lo miró.
—¿Qué?
Adrián sacó la llave de su bolsillo.
La observó nuevamente.
El mismo símbolo del colgante.
El mismo símbolo que había visto en la casa de la fotografía.
—Mi padre no guardó esto por casualidad.
Gabriel dio un paso atrás.
—¿Dónde encontraste esa llave?
—En las cosas de mi padre.
Gabriel lo miró con una expresión distinta.
Por primera vez parecía realmente preocupado.
—Entonces tenemos un problema.
Adrián sostuvo la llave con fuerza.
—¿Cuál?
Gabriel miró hacia la ventana.
—Si esa llave sigue aquí...
Hizo una pausa.
—...significa que alguien más sabe dónde está el libro.
Un ruido volvió a escucharse en el piso superior.
Esta vez no fue un golpe.
Fue el sonido claro de una puerta abriéndose.
Adrián levantó el arma.
Valeria se quedó junto a él.
Y Gabriel murmuró:
—No estamos solos.
Pero Valeria ya no estaba pensando en el ruido.
Estaba pensando en aquella noche.
En su padre.
En Alejandro.
En Adrián.
Y en algo que acababa de recordar.
Antes de abandonar aquella casa, su padre había dicho una última frase.
Una frase que nadie más había escuchado.
“Cuando vuelva a encontrarla, dile a Adrián que nunca fue una coincidencia.”