Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
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CAPITULO 5. CONTRASTES DE UNA MISMA NOCHE
Christine
El olor a pizza recién horneada inundaba mi pequeño salón mientras Lois abría una botella de vino barato para celebrar. No nos hacían falta lujos para ser felices; nos bastaba con nuestra compañía y una buena noticia que festejar. Al llegar a casa por la tarde, lo primero que hice fue llamarla para contarle que ya era oficialmente la jefa de contabilidad de la fábrica, y Lois no tardó ni veinte minutos en plantarse en mi puerta con comida y ganas de exprimir cada detalle del día.
—¡Sigo sin creérmelo, Chris! —exclamó Lois, sirviendo el vino en dos vasos de cristal grueso y pasándome uno—. ¡Jefa de departamento a los veintiséis años! Eso sí que es entrar por la puerta grande. Tenemos que brindar por tu cerebro privilegiado y por el merecido aumento de sueldo.
—Por el aumento de sueldo —repetí, chocando mi vaso con el suyo mientras sentía una calidez hermosa en el pecho—. Lois, esto significa que el próximo mes ya puedo firmar las arras para el apartamento de Miriam. Cuando se jubile el año que viene, tendrá su propia habitación, un jardín pequeño para sus plantas y no tendrá que preocuparse por nada el resto de sus días. Es el mejor regalo que la vida me ha podido dar.
Lois me miró con los ojos empañados por la emoción. Ella conocía perfectamente mi historia, sabía lo mucho que Miriam significaba para mí y las noches que me había desvelado estudiando en la universidad para lograr esta estabilidad.
—Eres la persona con el corazón más grande que conozco, Christine —dijo con sinceridad, dándome un fuerte abrazo de lado—. Te mereces todo lo bueno que te pase. Pero a ver, no me cambies de tema tan rápido... Cuéntame más sobre el jefe. ¿Cómo fue la reunión en el último piso con el mismísimo Rubén? En la fábrica todas las secretarias suspiran por él, dicen que parece sacado de una portada de revista pero que tiene el carácter más frío que un témpano de hielo.
Al escuchar su nombre, el recuerdo de aquella corriente eléctrica que experimenté al estrechar su mano regresó a mi mente, haciéndome sentir un súbito cosquilleo en el estómago. Me llevé el vaso de vino a los labios para ocultar mi timidez antes de responder.
—Bueno... frío no sé si es la palabra —admití, sintiendo que las mejillas me ardían un poco—. Es extremadamente profesional y serio. Impone muchísimo en persona, Lois. Tiene una mirada tan intensa que parece que te está examinando el alma. Pero fue muy educado conmigo. Escuchó mis propuestas presupuestarias con atención y valoró mi trabajo sin importar mi edad.
—¿Y qué más? —insistió Lois con una sonrisa pícara, entornando los ojos—. Vamos, te conozco. Hay algo que no me estás contando. ¿Hubo tensión en ese despacho?
—¡Por favor, Lois, es mi jefe! —me defendí, soltando una carcajada y arrojándole un cojín del sofá—. Solo fue una reunión de negocios. Además, todo el mundo sabe que está comprometido con la hija del socio de su padre. Es un hombre inalcanzable, de otro mundo social. Yo solo quiero hacer bien mi trabajo, asegurar el dinero de la casa de Miriam y mantener mi vida tranquila tal y como está.
Nos reímos y seguimos cenando, compartiendo confidencias y planes de futuro. Sin embargo, por mucho que intentara concentrarme en la conversación de mi amiga, la imagen de los ojos oscuros de Rubén y la firmeza de su agarre se quedaron grabadas en un rincón de mi mente durante el resto de la velada.
Rubén
A esa misma hora, en el extremo opuesto de la ciudad, yo me encontraba viviendo mi propio infierno personal. Estábamos cenando en uno de los restaurantes más exclusivos y pretenciosos de la capital, un lugar donde las porciones de comida eran ridículamente pequeñas y los precios absurdamente altos. El ambiente estaba decorado con excesiva opulencia, un entorno que a mi padre y al suyo les encantaba para discutir sobre inversiones, pero que a mí me resultaba asfixiante. Especialmente porque a mi lado derecho se encontraba Clarisa, parloteando sin cesar sobre trivialidades.
—O sea, Rubén, te juro que fue una tragedia —decía Clarisa, agitando una mano cargada de anillos caros mientras miraba su reflejo en la cuchara de plata—. La diseñadora me dijo que el encaje francés que quiero para las mesas de la boda tardará tres semanas en llegar. ¡Tres semanas! Le dije que era una incompetente. Si la boda no sale perfecta en las fotos de la revista, me muero, te lo juro.
Miré mi plato con absoluto fastidio, conteniendo las ganas de rodar los ojos. A mi lado, el padre de Clarisa reía con indulgencia, celebrando los caprichos de su hija consentida como si fueran grandes ocurrencias. Mi propio padre asentía con la cabeza, manteniendo la diplomacia corporativa que siempre lo caracterizaba.
—Hija, no te preocupes por el dinero, que para eso está —intervino el padre de Clarisa, dándole una palmada afectuosa en la mano—. Rubén y su padre han tenido un trimestre excelente en la fábrica de alimentación. Las ganancias se han duplicado, así que puedes gastar lo que sea necesario para que esa fiesta sea el evento del año.
—Ay, gracias, papi. Menos mal que tú sí me entiendes —respondió ella con una vocecita mimada, antes de girarse hacia mí y darme un toquecito en el hombro—. Gordi, ¿me estás escuchando? Estás súper distraído hoy. ¿Qué te pasa? Espero que no estés pensando en el aburrido trabajo de la fábrica mientras cenas conmigo.
—Estoy escuchando, Clarisa —respondí con un tono de voz monótono, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la educación en la mesa—. Simplemente he tenido un día largo en la oficina. La gestión de una empresa requiere atención constante, no es un juego.
—Ay, por favor, qué aburrido eres a veces —bufó ella, arrugando la nariz con desdén—. Para eso tienes directores y empleados, para que hagan las cosas pesadas por ti. Tú solo deberías firmar los cheques y acompañarme a elegir las invitaciones. El dinero está para disfrutarlo, no para vivir encerrado entre balances y camiones de comida.
En ese preciso instante, una oleada de rechazo absoluto me recorrió el cuerpo. Las palabras superficiales de Clarisa chocaron de frente con el recuerdo de la reunión que había tenido esa misma mañana en mi despacho. De manera inevitable, la imagen de Christine apareció en mi mente. Recordé la pasión con la que la joven contable defendía sus ideas de optimización fiscal, el brillo de orgullo en sus ojos cuando firmó su ascenso y el respeto con el que hablaba del esfuerzo diario de los trabajadores de la planta.
Christine representaba todo lo que Clarisa jamás sería: dignidad, inteligencia, esfuerzo y autenticidad. Mientras una devoraba la fortuna de su familia sin aportar absolutamente nada al mundo, la otra se abría camino en la vida a base de puro talento y dedicación. Me sorprendió a mí mismo dándome cuenta de lo mucho que deseaba estar en cualquier otro lugar, incluso revisando aburridas hojas de cálculo, con tal de no tener que escuchar la voz chillona de mi prometida por un minuto más.
—La fábrica es el patrimonio que sostiene a nuestras familias, Clarisa —sentencié con una frialdad que congeló la sonrisa de su rostro—. Deberías mostrar un poco más de respeto por el trabajo que financia tus lujos.
Mi padre carraspeó, intentando suavizar la tensión del momento y cambiando rápidamente de tema para hablar de las acciones de la bolsa. Clarisa cruzó los brazos, indignada por mi respuesta, y se dedicó a mirar su teléfono de alta gama durante el resto de la cena.
Aproveché el silencio para mirar a través del ventanal del restaurante hacia las luces de la ciudad. Me pregunté qué estaría haciendo Christine en ese momento. Una extraña necesidad de volver a verla, de mantener otra conversación inteligente con ella y de perderme de nuevo en la profundidad de sus ojos almendrados se instaló con fuerza en mi pecho. Sabía que el contrato que nos unía era puramente profesional, pero esa noche, rodeado de la falsedad de la alta sociedad, me di cuenta de que la nueva jefa de contabilidad se estaba convirtiendo en mi único refugio mental contra la tormenta que se me venía encima con la boda.