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Sistema De Luz : La Elegida Del Cielo.

Sistema De Luz : La Elegida Del Cielo.

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Viaje a un mundo de fantasía / Aventura / Completas
Popularitas:287
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Elena Vásquez es una joven común con una vida gris hasta que un meteorito azul cae del cielo y la elige como usuaria de un misterioso sistema de evolución personal. A partir de entonces, desbloquea habilidades basadas en la empatía y la sanación, y descubre que no está sola: otros elegidos en distintos lugares del mundo comparten dones complementarios. Juntos deberán restaurar el equilibrio energético de la Tierra, enfrentar a una organización que busca controlar sus poderes y, sobre todo, despertar a la humanidad antes de que la energía vital del planeta se extinga. Es una historia de crecimiento, cooperación y pequeños actos de bondad capaces de cambiar el mundo.

NovelToon tiene autorización de piscis 1 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Red de Elegidos.

Elena y Mateo se encontraron al día siguiente en la misma biblioteca. Esta vez, no fue una casualidad. Habían quedado por mensaje, coordinando sus horarios, y cuando Elena llegó, Mateo ya estaba sentado en la misma mesa del rincón apartado, con dos cafés y una libreta llena de anotaciones. Sonrió al verla, y Elena sintió esa calidez extraña en el pecho que empezaba a asociar con él. No era amor, o al menos no estaba segura de que lo fuera. Era complicidad. Era la sensación de que, por fin, alguien la entendía.

—Buenos días —dijo Mateo, empujando uno de los cafés hacia ella—. Te pedí un latte con canela. Espero no haberme equivocado.

Elena tomó el vaso y dio un sorbo. Estaba perfecto. —No te equivocaste. ¿Cómo lo supiste?

—Visión Lógica. Es un patrón simple: te gustan las cosas dulces pero no empalagosas, prefieres la canela al chocolate, y siempre pides lo mismo cuando vas a un café. Lo vi ayer.

Elena lo miró con una ceja levantada. —Eso es un poco espeluznante.

—Lo sé. Perdón. A veces no puedo evitarlo. El sistema me muestra los patrones incluso cuando no los pido.

—¿Y no puedes... desactivarlo?

Mateo negó con la cabeza. —No del todo. Puedo ignorarlo, pero sigue ahí. Como un ruido de fondo. Aprendí a convivir con él.

Elena se sentó frente a él y sacó su propia libreta. Había pasado la noche pensando en cómo organizarse. No tenía experiencia liderando nada, pero el sistema le había dado una misión clara: reunir a todos los usuarios de la región. Y para eso, necesitaba un plan.

—El sistema me dio acceso a un mapa parcial —dijo Elena—. No muestra a todos los usuarios del mundo, solo a los que están en un radio de cincuenta kilómetros. He contado siete señales, incluyéndonos a nosotros dos.

Mateo abrió su interfaz. —El mío muestra algo similar. Cinco señales claras, dos débiles. Las débiles podrían ser usuarios que aún no han activado sus habilidades o que no han aceptado el sistema.

—¿Se puede rechazar?

—Aparentemente, sí. El sistema no obliga a nadie. Si la persona no quiere participar, la conexión se debilita hasta desaparecer.

Elena lo pensó. —Entonces tenemos que encontrar a los que sí quieren. A los que están dispuestos.

—¿Y cómo los convences? —preguntó Mateo—. No puedes llegar y decir: "Hola, tengo un sistema alienígena en mi cabeza y tú también. ¿Vamos a salvar el mundo?"

Elena sonrió. —No. Pero puedo acercarme. Escuchar. Ofrecer ayuda. El sistema se alimenta de bondad, ¿no? Entonces empecemos por ahí.

Mateo asintió lentamente. —Me gusta. Nada de discursos grandilocuentes. Solo... estar ahí para los demás.

—Exacto.

Pasaron la mañana trazando un plan. Decidieron dividirse las señales. Mateo iría a las dos más cercanas a la universidad; Elena se encargaría de las tres que estaban en su zona. La séptima señal, la más lejana, quedaba para cuando tuvieran más información. El sistema les dio una nueva misión: "Establecer contacto con al menos tres usuarios en los próximos cinco días. Recompensa: Mapa Global de Usuarios."

Elena empezó por la señal más cercana a su apartamento. Estaba a solo diez minutos a pie, en un edificio de departamentos antiguos. La interfaz la guio hasta el tercer piso, departamento C. Elena dudó antes de tocar el timbre. ¿Y si la persona no quería hablar? ¿Y si pensaba que era una vendedora o algo peor? Respiró hondo y llamó.

La puerta se abrió. Al otro lado había una chica joven, de unos diecinueve o veinte años, con el cabello teñido de morado y una expresión de cansancio profundo. Tenía ojeras marcadas y vestía un pijama holgado. Al ver a Elena, frunció el ceño.

—¿Sí?

—Hola —dijo Elena, sintiendo la emoción de la chica a través de su Percepción Empática. Era una mezcla de ansiedad, tristeza y algo más. Algo parecido al miedo—. Me llamo Elena. Esto va a sonar raro, pero... ¿has visto algo extraño últimamente? ¿Una luz en el cielo? ¿Una esfera?

La chica palideció. —¿Quién eres? ¿Cómo sabes eso?

—Porque a mí me pasó lo mismo. Y creo que necesitas hablar con alguien que entienda.

La chica la miró durante un largo momento. Luego, sin decir nada, abrió la puerta y la dejó pasar.

Se llamaba Sofía. Tenía veinte años, estudiaba biología y acababa de perder a su madre hacía tres meses. El sistema le había llegado una semana antes, en forma de una esfera verde que cayó en el patio de su edificio. Al principio, pensó que era una alucinación producto del duelo. Pero luego empezó a ver la interfaz, a recibir misiones, a sentir cosas que no podía explicar. Su habilidad era la más impresionante que Elena había visto hasta ahora: podía hacer crecer plantas. No de forma instantánea, no como en los videojuegos. Pero podía tocar una semilla y acelerar su germinación. Podía tocar una planta marchita y devolverle el color. Podía sentir la vida vegetal a su alrededor como una red invisible que conectaba todo.

—No sé qué hacer con esto —dijo Sofía, sentada en su sofá, con las manos alrededor de una taza de té—. Mi madre era botánica. Me enseñó a amar las plantas. Y ahora... ahora puedo hacer esto. ¿Es una burla? ¿Un castigo?

—No —dijo Elena, sentándose a su lado—. Es un don. Y no estás sola.

Sofía la miró con los ojos húmedos. —¿Hay más como nosotros?

—Sí. Conozco a uno. Se llama Mateo. Y estamos buscando a los demás.

Sofía asintió lentamente. —Está bien. Está bien. Creo que... creo que necesitaba saber que no estaba loca.

Elena sonrió y le tendió la mano. —No estás loca. Estás elegida.

Las siguientes señales fueron más fáciles. La segunda era un anciano llamado Ramón, de setenta y dos años, que vivía en una casa pequeña cerca del mercado. Su habilidad era la precognición: podía ver eventos futuros, aunque no con total claridad. A veces eran sueños, a veces visiones mientras estaba despierto. Había predicho el terremoto de la semana anterior, pero nadie le creyó. Cuando Elena y Sofía llegaron a su casa, don Ramón las recibió con una sonrisa tranquila.

—Las estaba esperando —dijo—. Vi que vendrían. No sabía cuándo, pero sabía que sería pronto.

Elena parpadeó. —¿Nos vio? ¿En una visión?

—Sí. A usted, joven, la vi rodeada de luz azul. Y a usted, señorita, la vi con las manos llenas de hojas verdes.

Sofía se miró las manos, sorprendida. —¿Eso significa algo?

—Significa que están en el camino correcto —dijo don Ramón—. Y que yo también quiero ayudar.

La tercera señal los llevó hasta una adolescente de quince años llamada Valeria, que vivía con sus abuelos en un barrio al sur de la ciudad. Su habilidad era la más inusual de todas: podía purificar agua. Con solo tocar un recipiente, el líquido turbio se volvía cristalino. Elena se preguntó cuántas aplicaciones tendría eso en un mundo donde el agua limpia era cada vez más escasa. Valeria era tímida, callada, pero sus ojos brillaban con una inteligencia viva. Aceptó unirse al grupo sin dudar.

—Siempre supe que era diferente —dijo—. Ahora sé por qué.

Mateo, por su parte, encontró a dos usuarios más. El primero era un hombre de unos treinta años llamado Andrés, que trabajaba como paramédico. Su habilidad era la resistencia: podía mantenerse en pie durante horas sin cansarse, podía correr distancias largas sin agotarse, podía soportar condiciones extremas sin desfallecer. Era perfecto para situaciones de emergencia.

El segundo era una mujer llamada Carmen, de cuarenta y cinco años, que dirigía una pequeña ONG de ayuda a personas sin hogar. Su habilidad era la persuasión: podía inspirar a otros a actuar, a donar, a ayudar. No era control mental; era carisma amplificado. Cuando Carmen hablaba, la gente escuchaba. Cuando pedía ayuda, la gente respondía.

En total, siete usuarios. Siete elegidos. Siete personas con habilidades distintas, complementarias, unidas por un sistema que había caído del cielo.

Se reunieron por primera vez en el café de siempre, el que estaba cerca de la biblioteca. Era un lugar pequeño, acogedor, con mesas de madera y luces cálidas. Elena llegó temprano, nerviosa. No sabía cómo reaccionarían entre ellos. No sabía si se llevarían bien. Pero cuando todos estuvieron sentados alrededor de la mesa, cuando vio sus caras, sus ojos, sus sonrisas inseguras, sintió algo que no esperaba. Sintió familia.

—No somos superhéroes —dijo Elena, rompiendo el silencio—. No vamos a pelear contra nadie. No vamos a salvar el mundo de un villano. Somos... jardineros de energía. Cuidamos. Sanamos. Conectamos.

Mateo sonrió. —Me gusta esa definición.

Don Ramón asintió. —Es sabia.

Sofía levantó su taza de té. —Entonces, ¿por dónde empezamos?

Elena miró su interfaz. La misión estaba completa. El Mapa Global de Usuarios se había desbloqueado. En él, cientos de puntos brillaban en todo el mundo. Cientos de personas como ellos. Cientos de elegidos.

—Empezamos por aquí —dijo Elena—. Por nuestra ciudad. Por nuestra gente. Y luego... luego ya veremos.

El sistema parpadeó en su visión.

"Red de Elegidos establecida. Nivel de grupo: 1. Nueva misión: Realizar un acto de bondad colectivo en los próximos tres días. Recompensa: Acceso a Habilidades de Grupo."

Elena sonrió. Miró a sus compañeros. Miró a Mateo. Miró al futuro.

—Aceptado —dijo.

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Elena se fue a dormir sabiendo que no estaba sola. Que nunca lo había estado. Que el universo, de alguna forma extraña y maravillosa, había caído del cielo para recordarle que la bondad siempre encuentra un camino.

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