Esta historia comienza con Daniela y Marcos.
Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.
Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.
Pero la verdad es otra.
Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.
Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.
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Capítulo 5 — ¿Por qué tenía que enamorarme de usted?
Eran como las cuatro de la mañana y la fiesta ya estaba prácticamente terminándose. La música seguía sonando, pero más bajita, y varios de mis amigos estaban sentados alrededor de la piscina hablando bobadas.
Yo, en cambio, estaba completamente borracho.
Había tomado mucho más de lo que debía. Ya ni siquiera medía mis palabras y sentía la cabeza dando vueltas.
Me quedé sentado cerca de la piscina, mirando el agua.
Y entonces pensé en ella.
En Daniela.
—Daniela... —murmuré.
Me pasé las manos por la cara.
—¿Por qué tenía que ser usted?
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué tenía que ser la hija de mi mejor amiga?
Me quedé mirando el agua unos segundos.
—¿Por qué tenía que enamorarme de usted?
Las palabras me salieron sin pensarlas.
—¿Por qué?
No sabía si estaba hablando conmigo mismo o con alguien que pudiera escucharme.
Yo nunca había querido que las cosas llegaran a ese punto.
Daniela había crecido siendo parte de mi vida. Siempre había estado ahí. Para mí era la hija de Lisbeth, la niña a la que había visto crecer.
Pero ahora tenía diecinueve años.
Y yo ya no sabía cómo manejar lo que sentía.
—Parce...
Escuché la voz de mi mejor amigo detrás de mí.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
Él se sentó a mi lado y me observó con preocupación.
—Parce, ¿por qué está así?
—¿Así cómo?
—Pues... borracho, hablando solo y con una cara de funeral.
Solté una risa.
—No tengo nada.
—A mí no me diga mentiras. Yo lo conozco.
Me quedé callado.
—¿Qué tiene, pues?
Miré hacia los lados.
—No le puedo contar.
—¿Cómo que no?
—No.
—Marcos, somos amigos desde hace años. ¿Qué tan grave puede ser?
Negué con la cabeza.
—Es que si le cuento, todo cambia.
Mi amigo me miró confundido.
—¿Tiene que ver con una mujer?
No respondí.
Eso fue suficiente para que entendiera.
—Ahhh... con que por ahí va la cosa.
—Cállese.
—¿Quién es?
—No le puedo decir.
—¿Es alguien que conozco?
Volví a mirar el agua.
—Sí.
—¿Lisbeth?
Abrí los ojos.
—¡No!
Él soltó una carcajada.
—Entonces sí es alguien cercano.
—Parce, deje la preguntadera.
Me levanté tambaleándome.
—¿Para dónde va?
—Al agua.
—¿Está loco?
No le presté atención.
Sin pensarlo dos veces, me lancé a la piscina.
El agua fría me golpeó de inmediato y me hizo respirar profundamente.
Pensé que eso iba a ayudarme a despejar la cabeza.
Pero no.
Seguía borracho.
Salí a la superficie y me quedé apoyado en el borde de la piscina.
Mi amigo se acercó.
—¿Usted sí es muy bruto, o qué? ¡Está haciendo frío!
—Necesitaba refrescarme.
—Pues se va a enfermar.
Me quedé mirando el agua.
—Ojalá pudiera olvidarme de todo.
—¿De ella?
Lo miré.
—No empiece.
Él suspiró.
—Parce, sea lo que sea que tenga, mañana lo piensa con la cabeza fría.
No respondí.
Sabía que tenía razón.
A esa hora y en ese estado no podía tomar ninguna decisión.
Después de unos minutos salí de la piscina. Mi amigo me pasó una toalla y me ayudó a sentarme.
—Usted no va a manejar así.
—Yo puedo...
—No. Ni por el berraco.
Intenté protestar, pero ni siquiera tenía fuerzas para discutir.
Mi amigo tomó las llaves de mi carro.
—Yo lo llevo.
—Pero...
—Nada de peros.
Al final acepté.
Me llevó hasta mi casa mientras yo iba prácticamente dormido en el asiento del copiloto.
Cuando llegamos, bajé con cuidado y entré.
La casa estaba completamente silenciosa.
Subí las escaleras despacio, intentando no hacer ruido.
Pero antes de llegar a mi habitación, escuché una voz.
—¿Tío?
Me congelé.
Daniela estaba parada en el pasillo.
Tenía cara de sueño y me miraba preocupada.
—¿Dónde estaba?
La miré sin saber qué responder.
—Por ahí.
Ella se acercó un poco.
—¿Usted tomó?
Bajé la mirada.
—Un poquito.
Daniela frunció el ceño.
—Huele horrible a alcohol.
—Ya sé.
Ella se quedó mirándome.
Y yo sentí nuevamente ese nudo en el pecho.
Porque después de toda una noche intentando escapar de mis pensamientos, la primera persona que encontré al regresar era precisamente aquella de la que estaba intentando huir.
Daniela.
La hija de mi mejor amiga.
La muchacha de la que no debería estar enamorándome.
Y, aun así, ya no podía negar lo que sentía.