Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 7
El amanecer apenas lograba colar un trazo de luz ceniza a través de las pesadas cortinas de terciopelo. Amelia pasó las primeras horas del día limpiando en silencio la habitación de Mateo. Se había cubierto la herida del brazo con una venda improvisada, arrancada de una sábana limpia, cuidando que la manga de su blusa la ocultara por completo.
El niño dormía plácidamente en la cama, recuperado tras la extenuante fiebre de la noche anterior, con el rostro sereno y el ritmo respiratorio de cualquier infante humano.
A las siete de la mañana, un golpe seco sobre la madera de la puerta quebró la calma del cuarto.
Amelia no alcanzó a responder. La puerta se abrió de par en par y la figura de la Sra. Elena apareció en el umbral. Con una mirada calculadora y carente de calidez, la anciana inspeccionó la estancia, deteniéndose apenas un segundo en la figura dormida de Mateo antes de fijar sus ojos en Amelia.
—El señor requiere su presencia en el estudio del piso inferior —dijo Elena, con el tono monocorde de siempre—. Ahora mismo.
—¿Sucedió algo? —preguntó Amelia, tratando de mantener la compostura mientras la angustia comenzaba a cerrarle la garganta.
—El Alfa no da explicaciones, señorita Vance. Limítese a obedecer.
Amelia echó una última mirada al niño para asegurarse de que continuaba dormido y salió al pasillo. Cada paso al bajar la escalinata de piedra se sintió como una caminata hacia el patíbulo. Recordó las palabras de Lian de la noche anterior y la frialdad con la que la había amenazado con enterrarla en el bosque.
Sin embargo, también recordaba la silueta que había atisbado entre las sombras mientras abrazaba a Mateo; sabía que él los había observado.
Al llegar al corredor del ala oeste, la puerta del estudio privado estaba entreabierta. Un denso vapor de incienso de sándalo y la misma fragancia a ceniza y madera quemada envolvían el ambiente. Amelia empujó la madera de roble con timidez y dio un paso hacia el interior.
Lian estaba de pie junto a un gran ventanal de arco que daba al precipicio del bosque. Llevaba una camisa negra de lino ligeramente desabotonada en el cuello y pantalones oscuros. A pesar de la luz dorada que comenzaba a filtrar el cristal, sus ojos grises permanecían fijos en un punto muerto, sin la menor reacción.
La postura rígida de sus hombros y la tensión en su mandíbula delataban que no había dormido en toda la noche.
—Cierra la puerta —ordenó sin girarse, su voz retumbando en el silencio como un golpe sordo.
Amelia obedeció. El chasquido del cerrojo metálico al encajar resonó con una claridad sofocante.
—Señor Lian... —empezó ella, manteniendo una distancia prudente cerca de la entrada.
—¿Quién te dio autorización para intervenir en el colapso de Mateo? —interrumpió el Alfa, girando sobre sus talones con una lentitud amenazante.
El tono no era un grito, sino un siseo bajo, afilado como una navaja. Lian avanzó dos pasos hacia ella. A pesar de su ceguera, caminaba con una soltura aterradora, sorteando la pesada mesa de caoba y las sillas de cuero sin rozarlas siquiera.
—El niño estaba sufriendo —respondió Amelia, conteniendo el temblor de su voz y manteniéndose firme en su sitio—. Tenía una fiebre altísima y su cuerpo estaba entrando en una mutación física involuntaria. Si no intervenía, el paro cardíaco lo habría matado.
Lian soltó un bufido despectivo, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a menos de un metro.
—Mateo es el heredero de la línea pura de los Blackwood —siseó el Alfa, inclinando ligeramente la cabeza hacia abajo para encararla—. Su cuerpo debe aprender a doblegar a la bestia a través del dolor y la resistencia. No necesita que una humana frágil lo acurruque ni lo llene de lástima. Si la manada descubre que el chico colapsa por el estrés, su vida no valdrá nada, y la tuya tampoco.
—¡No era lástima! —exclamó Amelia, sintiendo cómo la rabia y el agotamiento superaban al miedo—. ¡Era auxilio médico e instinto básico! Usted lo tiene encerrado en esa habitación como si fuera un monstruo, aterrado de su propio padre. Mateo no es un peligro para la manada, señor Lian; el peligro es la indiferencia con la que usted lo trata para esconder su propio orgullo.
Un silencio glacial cayó sobre el estudio.
Amelia comprendió de inmediato que había cruzado una línea mortal. Jamás en la historia de la manada un ser humano —y mucho menos una mujer bajo sueldo— le había echado en cara su conducta al Alfa gobernante.
Las venas alrededor de las órbitas de Lian se tiñeron de un violáceo oscuro y sus colmillos parecieron asomar apenas debajo de su labio superior. En un pestañeo, el hombre acortó el último paso que los separaba.
Su cuerpo colosal impactó contra la compostura de Amelia, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó fuertemente contra la puerta cerrada.
Lian apoyó ambas palmas a los lados de la cabeza de Amelia, atrapándola en un marco de músculos tensos y calor abrasador.
—Te estás volviendo demasiado atrevida, niña —murmuró él, bajando el rostro hasta que su aliento caliente chocó directamente contra los labios de Amelia.
La cercanía era absoluta. Amelia podía sentir el latido salvaje de la arteria carótida del Alfa en su cuello y el calor casi febril que emanaba de su torso. Los ojos apagados del hombre apuntaban directamente a su frente, pero la forma en que sus fosas nasales se dilataban revelaba que la estaba rastreando con una avidez implacable.
Lian se inclinó aún más, pegando su mejilla a la de ella. Deslizó lentamente la nariz a lo largo de la mandíbula de la joven, descendiendo hasta el cuello expuesto.
Un estremecimiento involuntario recorrió a Amelia; la piel de gallina se le erizó en los brazos mientras el hombre olfateaba la zona donde la vena yugular pulsaba desbocada.
De pronto, el Alfa se detuvo en seco. Sus labios rozaron la tela de la blusa a la altura del hombro de Amelia.
El olor a sangre humana fresca se mezcló con el aroma natural a lluvia de la joven. Con un movimiento brusco pero preciso, Lian metió dos dedos por el cuello de la blusa de Amelia y rasgó la tela hacia abajo, dejando al descubierto la venda manchada de rojo que cubría la herida del brazo.
—Te atacó —dijo el Alfa, su voz descendiendo a un susurro oscuro y peligroso—. Sacó las garras y te desgarró la carne... y aun así no huiste.
Amelia tragó saliva, sintiendo los labios de Lian a milímetros de su piel lastimada.
—No iba a dejarlo solo —susurró ella, incapaz de apartar la mirada del perfil esculpido del hombre—. Él solo necesitaba saber que alguien estaba ahí.
Lian cerró los ojos y dejó escapar un largo aire. La proximidad de la piel de Amelia y el torrente de su aroma volvieron a impactar contra su cabeza con la fuerza de un anestésico poderoso.
La tormenta constante de dolor que le devoraba los ojos pareció amainar una vez más. La bestia en su interior, que momentos antes exigía descuartizar a la humana por su insolencia, soltó un gemido sumiso y se acurrucó en su pecho, exigiendo más de esa presencia.
El Alfa permaneció inmóvil durante varios segundos, con la frente apoyada suavemente en el hombro al descubierto de Amelia, respirando su fragancia como si fuera el único aire limpio en un mundo envenenado.
—Eres una insensata... —murmuró él, aunque la dureza de sus palabras había desaparecido por completo, reemplazada por una tensión cargada de un deseo oscuro y desconocido.
—Quizás —respondió Amelia en un hilo de voz, sintiendo que el corazón se le salía del pecho ante la cercanía de la boca del Alfa—. Pero no me voy a ir, Lian.
El uso de su nombre de pila sin títulos de por medio pareció congelar el tiempo dentro de la habitación. Lian alzó la cabeza despacio, sus ojos ciegos fijos en el rostro de ella, mientras la tensión entre ambos se volvía tan densa y peligrosa que el menor movimiento amenazaba con consumirlos a ambos.