Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 8: Un paso fuera de casa
Durante varios días, Valentina no salió más allá de la puerta.
La casa se convirtió en un refugio y, al mismo tiempo, en una caja llena de recuerdos. Cada objeto de Gabriel parecía guardar una parte de su voz: su taza en la cocina, las botas junto a la entrada, el reloj que dejaba sobre la mesa de noche. Valentina había pensado en guardar algunas cosas, pero no lograba decidirse. Cuando se acercaba a ellas, sentía que estaba borrándolo. Cuando las dejaba en su lugar, esperaba encontrarlo al volver.
Los niños tampoco habían regresado a la escuela. Sus maestros llamaban para preguntar cómo estaban y enviarles las tareas. Isabella contestaba poco. Emilia se quedaba cerca de ella, aunque a veces intentaba hacer bromas como antes. Los trillizos alternaban entre jugar, discutir y preguntar cuándo volvería su padre.
Valentina respondía con la verdad, incluso cuando le costaba decirla.
—Papá murió. No va a regresar —les repetía con suavidad—. Pero podemos hablar de él y recordarlo juntos.
Algunos días bastaba con eso. Otros, los niños necesitaban llorar o quedarse callados.
Una mañana, la directora de la escuela llamó a Valentina.
—No quiero presionarte —le dijo—, pero los niños preguntan por sus compañeros y creemos que podría ayudarles retomar la rutina cuando se sientan listos. Podemos recibirlos con discreción. Sus maestros están al tanto.
Valentina miró hacia la sala. Isabella dibujaba en una hoja. Emilia leía sentada en el sofá. Tomás y Samuel construían una torre; Julieta coloreaba en el suelo.
—Voy a hablar con ellos —respondió.
Cuando colgó, se sentó junto a sus hijas.
—La directora dice que pueden volver a la escuela cuando quieran. No tienen que hacerlo hoy.
Isabella dejó el lápiz.
—¿Y si todos me preguntan por papá?
—Podemos pedirles a los maestros que estén pendientes y que no permitan que los demás insistan.
—No quiero que me miren como si fuera distinta.
—No eres distinta, Isa. Estás pasando por algo muy doloroso. No tienes que explicarle nada a nadie si no quieres.
Emilia dobló la hoja que tenía entre las manos.
—Yo sí quiero volver. Quiero ver a Camila.
Isabella la miró, sorprendida.
—¿No te da miedo?
—Sí —dijo Emilia—. Pero también extraño estar con ella.
Valentina miró a las dos. No quería obligarlas, pero tampoco quería que el miedo decidiera por ellas.
—Podemos intentarlo mañana. Si alguna se siente mal, me llama y voy por ustedes.
—¿Y nosotros? —preguntó Tomás desde el suelo.
—También pueden volver.
Samuel dejó una pieza de plástico.
—No quiero ir.
—No tienes que decidir ahora —dijo Valentina—. Podemos hablarlo después.
La conversación se extendió durante la tarde. Cada niño reaccionó de manera diferente. Isabella aceptó acompañar a su hermana, aunque pidió sentarse con ella durante el almuerzo. Tomás dijo que no quería que sus compañeros lo vieran llorar. Samuel guardó silencio. Julieta preguntó si podía llevar el dibujo de su padre.
—Puedes llevarlo si te ayuda —le dijo Valentina—. Pero no estás obligada a mostrarlo.
Esa noche prepararon los uniformes. Las tareas más sencillas parecían complicadas. Valentina revisó que cada mochila tuviera cuadernos, lápices y las cosas necesarias para el día siguiente. Al encontrar un papel doblado en el bolso de Isabella, descubrió una nota escrita por Gabriel meses atrás.
No olvides que eres capaz de hacer cosas difíciles. Papá cree en ti.
Valentina reconoció la letra de inmediato. Seguramente él la había dejado después de que Isabella se preocupara por una exposición escolar.
La niña leyó el papel en silencio.
—¿Me lo escribió papá?
—Sí.
Isabella lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo delantero de su mochila.
—Lo voy a llevar conmigo.
Valentina asintió. No trató de ocultar las lágrimas que le llenaron los ojos.
A la mañana siguiente, el desayuno fue más silencioso de lo habitual. Nadie discutió por el último pedazo de queso ni por quién se sentaría junto a la ventana del carro. Los niños comieron despacio, atentos a la hora.
—Podemos quedarnos en casa si cambian de opinión —les recordó Valentina.
—Quiero ir —dijo Emilia.
Isabella asintió, aunque mantenía los hombros tensos.
Tomás pidió que su madre lo acompañara hasta la puerta del aula. Samuel aceptó salir, pero no quiso hablar de lo que sentía. Julieta se llevó el dibujo doblado dentro de una carpeta.
En la entrada de la escuela, la directora los esperaba. No había un grupo de personas ni saludos exagerados. Solo algunos niños que se acercaron a sus compañeros con timidez.
—No tienes que hacerlo todo de una vez —le dijo Valentina a Isabella—. Si quieres estar un rato conmigo antes de entrar, puedes.
—No, mamá. Voy a entrar.
—¿Segura?
—Sí. Emilia entra conmigo.
Las gemelas se tomaron de la mano. La directora las acompañó hasta su salón.
Tomás se quedó junto a Valentina.
—No quiero que me pregunten nada.
—Puedes decir: “No quiero hablar de eso ahora”.
—¿Y si siguen preguntando?
—Se lo dices al maestro.
Tomás apretó la correa de su mochila.
—¿Vas a esperar aquí?
—Voy a dejarte con tu maestra y luego me quedo cerca por si me necesitas.
Él lo pensó un momento y asintió.
Samuel no pidió que lo acompañara, pero tampoco se adelantó. Valentina caminó a su lado hasta el aula. Antes de entrar, el niño se volvió hacia ella.
—Si me siento mal, ¿puedo llamarte?
—Claro que sí.
Julieta fue la última. Le entregó a la maestra el dibujo doblado y pidió que lo guardara en su escritorio.
—No quiero que se arrugue —explicó.
La maestra prometió cuidarlo.
Valentina permaneció en el patio unos minutos, mirando hacia las ventanas. No podía ver a sus hijos desde allí, pero le costaba marcharse. La escuela le parecía demasiado ruidosa, demasiado normal. El timbre sonó y ella se estremeció.
La directora se acercó.
—Hiciste lo correcto al traerlos. No significa que ya estén bien. Solo les estás permitiendo avanzar a su ritmo.
—Tengo miedo de que sufran más.
—Van a sufrir. Pero no tendrán que hacerlo solos.
Valentina respiró hondo. Se despidió y caminó hasta el carro. Cuando cerró la puerta, las lágrimas le corrieron por las mejillas. No era solo que los niños hubieran entrado a la escuela. Era la primera vez que se separaba de ellos desde la muerte de Gabriel.
Encendió el vehículo, pero no arrancó de inmediato. Apoyó las manos sobre el volante y se quedó quieta hasta que logró respirar con más calma.
El teléfono vibró. Era un mensaje de Mariana, su antigua compañera de universidad.
Supe que hoy los niños volvían a clases. No quería llamarte sin saber si era buen momento. ¿Te gustaría que pase a verte? No tienes que conversar si no quieres.
Valentina leyó el mensaje un par de veces. Desde que Mariana le había escrito, no había encontrado fuerzas para responder. Ahora, tal vez necesitaba escuchar una voz que no fuera de su familia ni de alguien que viniera a ofrecerle condolencias.
Puedes venir después de las tres, contestó.
Mariana llegó a la hora acordada con una bolsa de comida y una expresión prudente.
—No sabía qué llevarte —dijo al entrar—. Así que traje algo que no tienes que cocinar.
—Gracias.
Se abrazaron. Hacía años que no se veían, pero el abrazo no resultó extraño. En la universidad habían compartido trabajos, noches de estudio y más de una discusión por campañas publicitarias.
—Lo siento muchísimo, Valen.
—Gracias.
—No tienes que contarme nada.
—No sé qué contarte.
Se sentaron en la mesa. Amalia y Elvira se quedaron en la sala, dándoles espacio, aunque sin alejarse demasiado.
Mariana preguntó por los niños y escuchó mientras Valentina le contaba cómo cada uno estaba viviendo el duelo. No intentó arreglarlo con frases fáciles. Cuando Valentina se quedó callada, ella también guardó silencio.
—Volviste a estudiar Publicidad, ¿verdad? —preguntó Mariana después de un rato.
Valentina la miró con sorpresa.
—¿Cómo sabes?
—Me lo contaste hace años, cuando Gabriel te había guardado información sobre un curso. Dijiste que no sabías si tendrías tiempo.
—Encontré un folleto entre sus cosas.
Mariana no preguntó más. Valentina agradeció que no convirtiera el tema en una oportunidad para decirle que debía empezar de inmediato.
—¿Sigues trabajando en la agencia? —preguntó.
—Sí. Ahora coordino un equipo pequeño. Las cosas han cambiado mucho desde que nos graduamos. Se trabaja con campañas digitales, redes sociales, contenido audiovisual. Pero las ideas siguen siendo importantes, y tú siempre tenías ideas brillantes.
Valentina bajó la mirada.
—No sé si todavía sería capaz de hacer algo así.
—No tienes que decidirlo hoy.
—No estoy buscando trabajo.
—No te lo estoy ofreciendo.
Mariana le tomó una mano.
—Solo quería que supieras que, si algún día te interesa actualizarte o conversar con alguien de la profesión, puedes llamarme. No tienes que demostrarme nada.
Valentina sintió que algo dentro de ella se aflojaba. No era esperanza, todavía no. Era apenas la posibilidad de que, en algún momento, pudiera volver a pensar en una vida que no consistiera únicamente en resistir.
—Gracias —dijo.
Mariana permaneció un rato más. Antes de irse, dejó su número actualizado y le prometió que volvería a visitarla, sin exigirle respuestas.
Cuando los niños regresaron de la escuela, cada uno contó su día de una manera distinta. Emilia habló primero y dijo que Camila la había abrazado. Isabella había pasado parte del almuerzo en silencio, pero aseguró que quería regresar al día siguiente. Tomás comentó que nadie le preguntó nada porque su maestro había hablado con la clase. Samuel apenas contó detalles. Julieta recuperó su dibujo y lo guardó con cuidado en la carpeta.
—¿Te sentiste bien? —preguntó Valentina a Samuel.
Él se encogió de hombros.
—No sé.
—Está bien no saberlo.
—Mañana puedo volver.
—Claro.
Valentina los escuchó mientras preparaba la cena. Habían pasado unas horas fuera de casa y el mundo no se había terminado. El dolor seguía allí, pero también estaban las voces de sus hijos, sus preguntas, sus pequeñas historias de la escuela.
Esa noche, cuando todos se durmieron, Valentina encontró el mensaje de Mariana guardado en el teléfono. Lo leyó una vez más y luego dejó el aparato sobre la mesa.
No estaba lista para regresar a la universidad, ni para buscar empleo, ni para hacer planes. Pero ya no sentía que salir de casa fuera una traición a Gabriel.
Por primera vez desde el accidente, había dado un paso fuera del dolor, aunque solo hubiera sido por unas horas.
Y al día siguiente, intentaría dar otro.