«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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¡Por favor, es que esto ya superó cualquier nivel de locura! No han pasado ni veinticuatro horas desde que estalló la bomba y la niña ya tiene un chingo de solicitudes sobre la mesa. Pero bueno, siendo completamente honestas, no es para menos. Nuestra Tessa es, sin lugar a dudas, la joya de la corona de la mafia y de toda la alta sociedad europea.
A ver, les cuento un poco el trasfondo para que entiendan el revuelo. La niña es más buena que el pan . Sí, ya sé que es la hija del mafioso más sexy, guapo, comestible, despiadado y brutal de toda Italia —ay, Donato, sigo pensando en ti, mi amor—, pero ella es todo lo contrario a su progenitor. Aunque sea la princesa indiscutible de la casa Barone y su dinastía esté manchada de sangre hasta los cimientos, Tessa es una luz brillante en medio de tanta oscuridad. Claro que la niña no es tonta; ella sabe perfectamente cómo se maneja todo lo turbio del negocio familiar. Sin embargo, su papi decidió desde que ella era una bebé que no participaría activamente en ese mundo. El mayor miedo de mi casi marido es que Tessa pueda morir o salir lastimada en una guerra de clanes, así que, con todo el poder de sus armas y sus millones, le ha construido un mundo rosa e impecable entre tanta mierda. Sí, sé lo que están pensando: es una idea muy incoherente y hasta sobreprotectora, pero un padre hace lo que sea por salvar a sus hijos de sus propios monstruos.
Pero volvamos a la biblioteca de la mansión Marchesi, donde el drama está a punto de alcanzar niveles catastróficos.
Luciano bajó las escaleras arrastrando los pies, vistiendo unos jeans oscuros y una playera negra que, por supuesto, le marcaba la espalda ancha a la perfección, aunque su rostro reflejaba que prefería que lo atropellara un tren antes de estar ahí. Al entrar a la biblioteca, sintió que el piso se le movía, y no era por la resaca.
Sentada en el gran sofá de cuero estaba Tessa, luciendo un vestido sencillo de color pastel que la hacía ver todavía más angelical. Tenía las piernas cruzadas y estaba rodeada de lo que parecían montañas de carpetas, cartas con sellos de cera y fotografías de hombres en trajes impecables .
—Buenos días —pronunció Luciano con la voz pastosa y ronca, clavando la mirada en el desastre de papel.
Tessa levantó la vista y sus ojos brillaron con una emoción pura, completamente ajena al tormento interno del gigante que tenía enfrente.
—¡Luciano! Mira cuántas solicitudes han llegado —exclamó ella, levantando una carpeta de piel negra—. No pensé que fuera tan... bueno, que hubiera tanta gente interesada.
Donna Francesca, que estaba sentada al otro lado de la mesa disfrutando de su segundo café del día, soltó una risita elegante y miró de reojo a su hijo, disfrutando cada segundo de su tortura.
—Cariño, todos estaban esperando pacientemente a que salieras al mercado —comentó la matriarca con un tono deliciosamente venenoso—. Lo que pasa es que tu perro guardián no dejaba de rondar la zona, ¿verdad, grandote? Pero ahora que las puertas están abiertas, la fila le da la vuelta al continente.
Luciano apretó los dientes, sintiendo una punzada de dolor salvaje en las sienes. Ignorando olímpicamente el comentario de su madre, caminó directo hacia el sofá y, sin pedir permiso, se sentó justo al lado de Tessa. Pero cuando digo al lado, es al lado. Su enorme cuerpo bloqueó el espacio, y de inmediato pasó su brazo largo por encima del respaldo, atrayendo a Tessa hacia él en un agarre sutil pero sumamente posesivo. Le dolía el alma, le quemaba el pecho saber que alguien más, un completo extraño, podría llevársela de su lado y ponerle un anillo en el dedo
Tessa, acostumbrada a las libertades y los mimos de su amigo , simplemente se acomodó contra su pecho, sintiéndose segura entre sus brazos, sin notar que el corazón de Luciano estaba latiendo a mil por hora.
—Hola, preciosa —le susurró él en el oído, intentando forzar una sonrisa que pareció más una mueca de dolor—. Claro que llegarían tantas... Eres hermosa, Tessa. Quien sea el... el afortunado... será...
Mírenlo, por favor. Está a un milímetro del colapso nervioso y la embolia cerebral. Ven, guapo, ven con confianza que yo te presto mi hombro para que llores tus penas, pero que te quede perfectamente claro que tú, y solo tú, tuviste la culpa por andar de lento y ofrecer conventos en Palermo.
—¡Mira, nena! —interrumpió donna Francesca, abriendo dos carpetas que tenían banderas grabadas en oro—. Aquí hay una solicitud que viene directamente de Rusia, del heredero de los astilleros de San Petersburgo. Y otra más de México, del hijo mayor del principal exportador de plata del continente.
—¿Oh, por Dios? A ver... —Tessa se estiró para alcanzar las carpetas, emocionada—. Pensé que serían italianos todos.
Don Vittorio, que acababa de entrar a la biblioteca con un cigarro apagado entre los labios, soltó una risa ronca desde la puerta.
—Mi amor, en cuanto las demás familias internacionales se enteraron de que la princesa de los Barone busca marido, esto se volvió pólvora. Todos quieren una alianza con tu padre.
¡Huy, lo que nos faltaba! Medio planeta en busca de la aprobación del hada. Ahora sí la tienes difícil, mi queridísimo Luci. Ya no estás compitiendo contra modelitos de pasarela a los que Marcelo puede asustar ; ahora estás compitiendo contra rusos que toman vodka como agua y mexicanos dueños de minas de plata. El tiempo corre, el orgullo pesa, y tú sigues abrazándola como a una hermana mientras el mundo entero hace fila para robártela.