La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 21: El Abismo que Llevamos Dentro
Harriette flotaba y a la vez se hundía, suspendida en un espacio sin techo ni suelo, donde la luz era cegadora y el agua sólida, pesada, llenándolo todo, presionándola desde fuera y desde dentro como un recuerdo que no se puede ahogar. Sentía el frío en los huesos y un fuego que la consumía por dentro, dos extremos que la desgarraban a la vez, y en esa confusión de sensaciones, la mente se le desató, regresando, arrastrándola sin piedad a lo que creía haber dejado atrás.
Lo vio a él. El príncipe. El hombre al que había entregado todo: su confianza, su ternura, los años más tiernos de su juventud, la esperanza de que el mundo pudiera ser amable. Lo amó tanto que no vio lo evidente: que él solo la tomaba, nunca daba. Que su sonrisa era una máscara, que sus palabras eran hilos para tejer una trampa, que cada caricia era un cálculo frío y calculado. Y cuando ya no le sirvió, cuando el tratado se firmó con otro nombre, cuando ella dejó de ser útil, la verdad cayó sobre ella como un manto de plomo.
Lo vio tal cual era: ojos que no veían a una mujer, sino un obstáculo; labios que no decían la verdad; manos que habían sabido sostenerla solo para empujarla después. Y entonces llegó aquella noche. La luna alta, fría e indiferente sobre el jardín que ella misma había amado, el brillo de la hoja de acero desenvainada sin prisa, sin vacilación. Lo sintió todo de nuevo: el paso rápido hacia ella, la mirada que la atravesó antes que el acero, el sonido —seco, vil, nítido— de la punta penetrando la carne, el calor repentino y tibio que se derramaba entre sus ropas, el dolor que no era solo en el cuerpo, sino en cada latido, en cada respiración, en la certeza de que quien la había herido era precisamente quien debió protegerla. El sabor metálico en la boca, la debilidad que la doblaba las rodillas, la última imagen: él de pie, impasible, sin una sola lágrima, sin un solo gesto de arrepentimiento, mientras ella caía hacia la oscuridad.
—No... —gimió en el sueño, y la voz se le rompió—. No otra vez...
Despertó de golpe, jadeando, tragando aire como si llevara horas bajo el agua. El corazón le golpeaba las costillas con violencia, desbocado, y por un instante no supo dónde estaba: la habitación era sombría, extraña, el fuego de la chimenea lanzaba sombras que se movían como espectros, y el miedo la atenazaba con garras heladas. Quiso huir, alejarse de aquel lugar, de aquel recuerdo, de aquel dolor que sentía tan vivo que podía jurar que la herida aún sangraba. Se impulsó hacia arriba, las manos buscando apoyo en la cama, pero sus piernas no respondieron; flaquearon, y cayó de rodillas sobre la alfombra gruesa, suave, que amortiguó el golpe pero no el temblor que la sacudía entera.
Allí quedó, inclinada hacia adelante, las manos aferradas a los tejidos con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas, un dolor agudo y pequeño que no bastaba para borrar el otro, el antiguo, el que sentía en cada respiración. Las lágrimas brotaron sin aviso, calientes y abundantes, resbalando por las mejillas hasta caer gota a gota sobre la lana oscura, dejando manchas húmedas que se ensanchaban despacio. Sollozó, bajito al principio, luego con un quejido que le subió desde lo más hondo del pecho, un sonido roto, desgarrador, primitivo: el sonido de alguien que ha soportado demasiado en silencio y ya no puede contenerse. Se encogió sobre sí misma, abrazándose el cuerpo, haciéndose lo más pequeña posible, como si pudiera esconderse de su propia memoria, de aquel hombre, de aquel cuchillo que la había atravesado y que seguía ahí, años después, latiendo en el centro de su ser.
Estaba viva. Se lo repitió una y otra vez, apretando los ojos, sintiendo el suelo bajo las rodillas, el frío real en la piel, el dolor real en las manos. No estaba allí. No estaba muerta. La luna no la veía caer. El acero no la había llevado. Había escapado. Había sobrevivido. Y sin embargo, el recuerdo no se iba; vivía en ella, latente, listo para abrirse paso de nuevo, como una herida que nunca termina de cerrar.
A unos pasos de la puerta, Aleric permanecía inmóvil.
Había estado a punto de entrar, con una taza entre las manos, movido por la inquietud que no lo había dejado apartarse de su lado ni un instante. Y entonces la oyó. Aquel sonido... no era un llanto suave, ni un lamento de niña. Era algo mucho más profundo, más antiguo, más desgarrador: el sonido de un alma que se deshace. Se quedó clavado en el sitio, la taza fría entre sus dedos, viendo cómo ella caía al suelo, cómo se aferraba a la alfombra como si fuera lo único que la sostenía en el mundo, cómo su cuerpo temblaba con espasmos que le dolían a él en los huesos. No sabía qué la atormentaba, no sabía qué sombras la perseguían hasta el punto de hacerla gemir así, pero verla así —tan pequeña, tan rota, tan desprotegida— le desgarró algo en el pecho que no sabía que tenía. Quería avanzar, quería detener aquel sufrimiento, quería arrancarle de la memoria lo que la lastimaba, pero no sabía cómo. No conocía las palabras para sanar lo que estaba tan profundamente herido. Nunca se las habían dicho a él, tampoco.
Se acercó despacio, sin prisa, sin hacer ruido, tomó una manta gruesa que estaba al borde de la cama y se arrodilló a su lado, sin tocarla aún, dándole tiempo, aunque no sabía si era para ella o para sí mismo. La envolvió con la manta, despacio, con manos torpes y temblorosas, como si temiera que se rompiera bajo su tacto. Y cuando ella no se apartó, cuando solo se acurrucó más bajo la tela, él la rodeó con sus brazos, la atrajo hacia sí con una ternura que le dolía en cada músculo, sintiendo su fragilidad, lo ligera que era, lo mucho que temblaba. Ella no se resistió. Se dejó sostener, apoyó la frente contra su hombro, y su llanto se convirtió en un temblor continuo y silencioso que lo sacudía a él también.
Entonces ella levantó la vista.
Sus ojos estaban hinchados, brillantes y empapados, azules oscurecidos por el dolor, las pestañas pegadas entre sí por las lágrimas, las mejillas surcadas y enrojecidas, los labios entreabiertos y temblorosos. Y Aleric pensó que jamás había visto rostro tan hermoso, y que jamás le había dolido tanto ver a alguien así. Quería apartar de ella toda tristeza, borrar cada lágrima, hacer que aquel rostro solo conociera la luz, y no sabía cómo. No era bueno con las palabras. No era bueno con la suavidad. Pero puso la mano en su mejilla, grande, cálida, con el pulgar acariciando suavemente la piel húmeda, limpiando una lágrima que aún caía.
Harriette cerró los ojos con fuerza, inhaló con un sollozo ahogado, y cuando los abrió de nuevo, lo miró directamente, y en aquella mirada había confusión y vergüenza y algo más, algo que se parecía a un refugio.
—Perdonad... —susurró, la voz quebrada y débil—. No quería... que me vierais así.
—No os disculpéis —respondió él, y su voz fue grave, profunda, un susurro que parecía salir de muy dentro—. No hay vergüenza en sentir. En llorar. Yo también he llevado penas que no podía decir.
Ella parpadeó, sorprendida, y sus ojos se llenaron de nuevo.
—Veáis... —murmuró—. Hay cosas... que no se van. Aunque uno corra, aunque uno huya... siempre vuelven.
Aleric asintió, y su mano siguió allí, en su mejilla, firme y suave a la vez.
—Lo sé —dijo, y la sinceridad de sus palabras era tan grande que dolía—. Las sombras no se van solo porque cambiemos de casa. Se llevan dentro. Pero no tenéis que cargarlas sola. No aquí. No ahora.
Ella lo miró largo rato, y algo en su expresión se ablandó, como si por fin dejara de resistirse, como si permitiera que alguien la sostuviera un instante. Asintió, levemente, y una lágrima más se desbordó, resbalando hasta la mano de él. Aleric la apartó con el pulgar, despacio, y entonces la alzó en brazos, con toda la delicadeza que le era posible, sintiendo su peso ligero contra su pecho, y la llevó de vuelta a la cama, acomodándola entre las mantas, arropándola bien, asegurándose de que estuviera cálida, segura.
Se quedó sentado junto a ella, y esta vez no hubo distancia. Sus manos se encontraron sobre la colcha, y los dedos de ella buscaron los suyos, con timidez pero con certeza, aferrándose a ellos como a un ancla.
—Gracias —susurró ella, y sus ojos se cerraron lentamente, el sueño venciéndola de nuevo, pero ya no con aquel terror desesperado—. No sé qué haría...
—Descansad —respondió él, apretando su mano suavemente—. Estoy aquí. Nada os hará daño mientras yo esté aquí.
No supo si ella lo oyó del todo. Su respiración se hizo pronto más lenta, más tranquila, y sus dedos se aflojaron, aunque no soltaron la mano de él. Aleric se quedó allí, inmóvil, escuchando su respiración, sintiendo el calor de ella contra su costado, y comprendió que algo había cambiado, irrevocablemente, en el silencio de aquella noche. No era solo deber. No era solo compasión. Era algo más profundo, más oscuro, más peligroso: el reconocimiento de que ambos llevaban heridas que no sanaban, y que tal vez, solo tal vez, podrían aprender a no sangrar solos.
La observó a la luz vacilante del fuego, el cabello esparcido como oro sobre la almohada, las pestañas aún húmedas, y prometió en silencio, a la sombra de las vigas, a la noche que los rodeaba, que quienquiera que la hubiera lastimado, quienquiera que la hubiera roto, no volvería a tocarla. Que mientras él viviera, ella no volvería a caer sola.
Y fuera, el viento aullaba entre las torres, pero dentro, por primera vez en mucho tiempo, el frío no parecía tan capaz de entrar.