Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 23: Un encuentro inesperado
Oriana.
Cuando llegamos a la galería, no pude ocultar mi emoción.
Jonás me ofreció su brazo y entramos juntos.
En cuanto cruzamos las puertas, noté que algunas personas dirigían sus miradas hacia nosotros y escuché algunos murmullos.
No quería que aquella noche se arruinara por lo que otros pudieran pensar de nosotros.
—¿Estás bien? —preguntó Jonás, inclinándose hacia mí.
—Sí. Es que todo esto es precioso.
Sonrió y me condujo hacia las primeras obras.
—Mira estos detalles —comenté, señalando una parte de la pintura—. El artista utilizó diferentes tonalidades para darle profundidad. Es increíble cómo consigue transmitir tanto con tan pocos elementos.
Jonás me observaba con una sonrisa.
—Sabía que te gustaría.
Continuamos recorriendo el lugar. Yo me detenía frente a cada obra que llamaba mi atención, intentando descubrir qué había querido expresar el artista. En algunos cuadros podía reconocer tristeza, en otros esperanza, nostalgia o incluso soledad.
Era maravilloso.
Por unos instantes olvidé las miradas, los comentarios y los problemas con la familia de Jonás. Solo existían las pinturas y aquella sensación tan especial que siempre me acompañaba cuando estaba rodeada de arte.
—Algún día quiero ver mis pinturas exhibidas así—dije casi en un susurro.
Jonás se volvió hacia mí y tomó mi mano.
—No tengo ninguna duda de que lo conseguirás.
Lo miré y sonreí.
—Gracias por creer en mí.
—Siempre lo haré, pelirroja.
Seguimos caminando por la galería, deteniéndonos frente a cada pintura. Jonás permanecía a mi lado, aunque podía notar que mi atención estaba completamente concentrada en las obras.
Había cuadros de diferentes estilos, tamaños y técnicas. Algunos representaban paisajes llenos de color; otros mostraban retratos tan detallados que parecían cobrar vida. También había pinturas abstractas que me hacían detenerme unos segundos más, intentando descubrir lo que el artista había querido transmitir.
—¿Qué te parece esta? —preguntó Jonás, señalando una pintura.
Me acerqué un poco para observarla mejor.
—Me gusta cómo utiliza la luz. Parece que quisiera darle movimiento a algo que, en realidad, está completamente quieto.
—¿Y eso es bueno?
Sonreí.
—En el arte no siempre se trata de que algo sea bueno o malo. A veces simplemente se trata de lo que consigue hacerte sentir.
Jonás me observó con una sonrisa.
—Podría escucharte hablar de esto durante horas.
Me volví hacia él.
—¿Aunque no entiendas la mitad de lo que digo?
—Aunque no entienda absolutamente nada.
Solté una carcajada y continuamos recorriendo la exposición.
Me detuve frente a otra pintura, esta vez un paisaje que mostraba una casa pequeña rodeada de árboles. Había algo en aquella imagen que me transmitía una tranquilidad difícil de explicar.
—Me encantaría que algún día mis pinturas pinturas sean reconocidas —comenté casi en un susurro.
Jonás se colocó detrás de mí y apoyó las manos suavemente sobre mi cintura.
—Pintas hermoso pelirroja.
—Todavía me falta mucho por aprender.
—Eso no significa que no seas buena.
Sonreí, sin responderle. Sabía que él siempre intentaba animarme, pero todavía me costaba imaginar mis propias obras expuestas ante tantas personas.
Seguimos observando cada una de las pinturas, disfrutando de aquella tarde sin prisas. Jonás no parecía aburrirse ni un instante, aunque sabía que el arte no era precisamente su mayor pasión.
Cuando terminamos de recorrer aquella sección, me volví hacia él.
—Voy a ir al tocador. No tardo.
—Te espero aquí, pelirroja.
Le di un beso en la mejilla y me alejé entre los invitados, sin imaginar que aquel pequeño momento de tranquilidad estaba a punto de convertirse en un encuentro desagradable.
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Cuando salí del tocador, me encontré frente a una mujer que reconocí inmediatamente.
Estaba apoyada cerca de la entrada, con los brazos cruzados y una expresión que dejaba bastante claro que no estaba allí por casualidad.
—Vaya, vaya. Si es la esposa del heredero —comentó con una sonrisa cargada de desprecio.
Me detuve.
—Buenas noches.
—No tienes vergüenza, ¿verdad? —soltó, ignorando mi saludo—. Has avergonzado a Jonás y a toda su familia. ¿No te das cuenta de que no perteneces a ese mundo?
Respiré profundamente.
—No pienso discutir contigo.
—Pues deberías escucharme. Yo soy la mujer adecuada para Jonás. Nuestras familias comparten la misma posición, los mismos intereses y el mismo estilo de vida. Tú no tienes nada que ofrecerle.
La miré con tranquilidad, aunque por dentro comenzaba a molestarme su actitud.
—Si eso es lo que piensas, es tu problema.
Bárbara soltó una risa despectiva.
—Dime, ¿qué quieres para irte? ¿Cuánto dinero necesitas para pedirle el divorcio y desaparecer de su vida?
No pude evitar sonreír.
—Créeme, no llegarás a mi precio.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo que escuchaste. No todo se compra con dinero, aunque parece que en tu mundo eso sea lo único que importa.
—¡Estás confirmando que eres una oportunista! ¡Una cazafortunas! —exclamó, elevando la voz.
Di un paso hacia ella, sin perder la calma.
—No te confundas, Bárbara... ¿verdad?. No me conoces y no tienes ningún derecho a juzgarme.
—Sé perfectamente quién eres. Una mujer que apareció de la nada y consiguió casarse con un hombre que debería estar con alguien de su misma categoría.
—Jonás no es un premio que puedas reclamar porque sus padres hayan decidido que debía casarse contigo.
Bárbara apretó los labios.
—Él y yo habríamos sido perfectos juntos.
—Pero no fue así. Jonás me eligió a mí.
—¡Porque lo engañaste!
Negué lentamente con la cabeza.
—No necesito convencerte de nada. Puedes seguir inventando historias si eso te hace sentir mejor, pero hay algo que deberías entender: Jonás me ama y por ti no siente nada.
Su rostro se endureció.
—No sabes de lo que soy capaz.
—Y tú no tienes idea de lo que significa amar a alguien de verdad. Estás tan vacía por dentro que crees que puedes conseguirlo todo quitándole a otra persona lo que tiene.
Bárbara abrió la boca para responder, pero continué antes de que pudiera hacerlo.
—Escúchame bien: ni tú ni nadie podrá separarnos. No voy a renunciar a mi matrimonio porque una mujer que no acepta un rechazo haya decidido que merece ocupar mi lugar.
La dejé allí, sin esperar su respuesta.