Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
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Secretos
Estaba sentada en la sala de la casa de mis padres junto a mi madreo. Ella parecía especialmente feliz aquella tarde y no dejaba de mirarme con una sonrisa que me llenaba el corazón.
—A veces me cuesta creer lo mucho que has crecido, Anastacia —dijo, tomando una de mis manos—. Parece que fue ayer cuando eras una niña que corría por toda la casa. Ahora mírate. Eres una mujer maravillosa, has conseguido tantas cosas y estás a punto de casarte con un hombre que te ama.
Sonreí, conmovida.
—Mamá…
—Estoy muy orgullosa de ti, cariño. De la mujer en la que te has convertido, de todo lo que has trabajado para llegar hasta aquí y de cómo siempre has intentado cuidar de nosotros. Sé que no todo ha sido fácil, pero nunca te has rendido.
Me incliné para abrazarla.
—Gracias, mamá. No sabes cuánto significa para mí escucharte decir eso.
Ella me estrechó entre sus brazos. Sin embargo, cuando nos separamos, noté que sus ojos se habían llenado de lágrimas.
—¿Qué sucede? —pregunté, preocupada—. ¿Por qué lloras?
Mi madre se secó las mejillas con un pañuelo, pero las lágrimas continuaron cayendo.
—Esta mañana me enteré de algo que me tiene muy triste.
—¿Qué pasó?
Respiró profundamente antes de responder.
—El señor Harryson murió.
Me quedé inmóvil.
Durante unos segundos, fui incapaz de pronunciar una sola palabra. Sentí un peso en el pecho y, de pronto, su rostro apareció en mi memoria con una claridad que me hizo bajar la mirada.
El señor Harryson.
—No puede ser… —murmuré.
—Al parecer, llevaba un tiempo delicado de salud —continuó mi madre—. Me duele mucho saber que ya no está con nosotros. Siempre fue un gran hombre, Anastacia. Nunca olvidaré lo que hizo por tu padre.
Apreté los labios, intentando contener las lágrimas.
—Sí, mamá. Era un gran hombre. Una persona de buen corazón.
Ella asintió y me tomó nuevamente de la mano.
—Siempre estaré agradecida por habernos ayudado cuando más lo necesitábamos. Gracias a él, tu padre pudo operarse.
Sentí que la garganta se me cerraba.
Mi madre creía que el señor Harryson nos había prestado el dinero para la cirugía de papá. Mi padre también lo creía. Durante años, ambos habían guardado un profundo agradecimiento hacia aquel hombre, sin imaginar que la historia que yo les había contado escondía una verdad muy distinta.
Harryson había sido la única persona que conocía mi secreto.
Y ahora se había ido.
Recordé aquella mañana, cuando mi teléfono sonó y vi su nombre en la pantalla.
Contesté de inmediato.
—Buenos días, señor Harryson.
—Buenos días, Anastacia. Te llamo porque tengo buenas noticias.
Me incorporé en la cama, sintiendo que el corazón comenzaba a latirme más rápido.
—¿Qué sucede?
—He estado haciendo algunas gestiones y finalmente aprobaron el préstamo para la operación de tu padre. El dinero estará disponible pronto. Ya puedes estar tranquila, hija.
Cerré los ojos. Durante semanas había vivido con el miedo de no conseguir la cantidad necesaria para salvar a mi padre. Escuchar aquellas palabras debería haber sido un alivio inmenso.
Pero yo ya había tomado una decisión desesperada.
—Señor Harryson… —murmuré.
—¿Qué ocurre?
Miré hacia el otro lado de la habitación, donde estaba la maleta que contenía el dinero que había conseguido.
—Ya tengo el dinero.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—¿Cómo que ya lo tienes? —preguntó, sorprendido—. ¿Quién te dio ese dinero?
Sentí un nudo en la garganta. No podía contarle la verdad por teléfono. Ni siquiera sabía cómo comenzar a explicarle lo que había hecho.
—Por favor, no me pregunte ahora. Es complicado.
—Anastacia, necesito saber qué ha pasado.
Cerré los ojos con fuerza.
—Cuando llegue el momento, se lo explicaré todo. Pero, por ahora, diré que usted me dio el dinero.
—¿Qué?
—Solo necesito que me ayude a sostener esa historia. Se lo suplico. Después le contaré la verdad.
Harryson permaneció en silencio durante unos segundos.
—Está bien, Anastacia. Pero quiero que vengas a verme. Hablaremos con calma.
—Sí, señor. Se lo prometo.
Colgué con las manos temblorosas.
No sabía cómo iba a mirarlo a los ojos después de aquello, pero en ese momento solo podía pensar en mi padre y en la operación que necesitaba.
Cuando llegué a casa con el dinero, mis padres estaban en la sala. Mi madre se levantó de inmediato al verme entrar con la maleta.
—Ana, ¿qué es eso?
Dejé la maleta en el suelo y los miré.
—Tengo el dinero para la operación de papá.
Mi padre se incorporó lentamente, sorprendido.
—¿Qué? ¿Cómo lo conseguiste?
Respiré hondo, obligándome a mantener la calma.
—El señor Harryson me ayudó. Consiguió el dinero para nosotros. Es un préstamo que podremos devolver más adelante.
Mi madre se llevó una mano a la boca y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Anastacia…
Se acercó y me abrazó con fuerza.
—No sé cómo vamos a agradecerle lo que ha hecho por nuestra familia.
Mi padre también me abrazó. Sentí sus brazos alrededor de mí y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no derrumbarme.
—Algún día se lo agradeceré personalmente —dijo con la voz emocionada—. No olvidaré lo que ha hecho por mí.
Sonreí como pude.
—Lo sé, papá.
Pero, mientras los abrazaba, sentía que la culpa me estaba consumiendo.
Ellos estaban felices. Mi padre tendría la oportunidad de recuperarse y mi familia podría respirar tranquila.
No pude permanecer mucho tiempo en casa. Necesitaba hablar con Harryson, contarle lo que había ocurrido y pedirle perdón por haber utilizado su nombre sin explicarle nada.
Así que, después de asegurarme de que mis padres estaban tranquilos, tomé un automóvil y me dirigí a su casa.
La esposa del señor Harryson fue quien abrió la puerta.
En cuanto me vio, su expresión cambió.
—¿Tú? —exclamó, mirándome de arriba abajo—. ¿Qué haces aquí?
Tragué saliva.
—Necesito hablar con el señor Harryson.
Ella soltó una risa seca, carente de amabilidad.
—¿Hablar con él? ¿Después de todo esto todavía tienes el descaro de venir a esta casa?
No entendí a qué se refería hasta que vi su mirada descender hacia la maleta que llevaba conmigo.
—¿De verdad crees que puedes presentarte aquí y pedirle dinero como si nada? —continuó—. ¡No tienes ninguna relación con esta familia! Eres la hija de un amigo suyo, nada más. ¿Por qué tendría que hacerse responsable de tus problemas?
Me quedé callada, soportando cada palabra.
—Señora, por favor. Solo necesito hablar con él.
—¡No! ¡Ya has causado suficientes problemas!
Su voz resonó por el recibidor. Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos, pero me negué a llorar delante de ella.
Entonces apareció el señor Harryson.
—¿Qué está pasando aquí?
Su esposa se volvió hacia él, indignada.